Las últimas salas de la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, dedicadas al siglo XXI, que la anterior dirección del centro organizó, no fueron las más acertadas: exponían pancartas, banderas y folletos políticos, convertidos en obras de arte, musealizados, momificados, perdida su función propagandística y de protesta, si bien su calculada distribución desordenada en las salas no desmerecían de la presentación del resto de la colección. Podido tener interés o suscitar desinterés, pero estaban muy bien, y astutamente, colocadas y no dañaban física y visualmente el espacio que acogía bien el material expuesto. La estructura de las salas y su articulación habían sido respetadas. Éstas, en su origen, no formaban parte de un museo, sino de un hospital o un hospicio. Pero en ningún caso, las obras entraron en conflicto con el lugar que podía ser apreciado o no, admirado o no, pero nunca negado. Se hizo lo que se pudo y se pudo mucho.
El final de la colección permanente, referida a finales del siglo XX ha vuelto a replantearse: obras, textos y montaje han cambiado.
Una exposición es una disposición de obras en el espacio, obras que tienen que relacionarse con las que las acompañan, y con el lugar en el que se manifiestan. El espacio entra o no en resonancia con las obras. Una mala relación puede silenciar las obras, y éstas ningunear las salas. Una colección no es un conjunto de obras sueltas, maestras o no. Su maestría no viene dada, sino que se construye y se manifiesta en la relación que una obra teje con las que las acompañan y con el lugar. Tienen que hallar su lugar en la secuencia de obras y de salas.
La presentación actual, definitiva, introduce paneles que se confunden con los cuadros colgados de aquéllos, y que recuerdan los que se utilizan en las oficinas, paneles de quita y pon, sin grosor, sin cuerpo, que parecen propios de un montaje provisional, y que desentonan con la arquitectura barroca, sin que se sepa muy bien porque se han instalado. Si de algo no adolece el museo es de muros con entidad, que infunden casi un excesivo respeto. Pero que merecen un respeto. Y un panel no es un muro. Es un objeto suelto, desarticulado, que no compone ni estructura un espacio. Es un recurso de última hora, útil es una muestra temporal, en una feria, pero que no tienen sentido en una construcción barroca. Sobre todo si dichos paneles se colocan como si fueran esculturas, sin relación con el lugar.
Las películas pueden ser obras de arte. Requieren un tiempo y un espacio. Una atmósfera. Una sala oscura. Proyectadas en un pasillo sobre una pantalla traslúcida, a plena luz, por la que se transita, es una muestra de involuntario desprecio hacia la película que se ve o no se ve desde una caricatura de gradas en las que casi nadie se asienta, porque la película se pierde en el espacio de tránsito.
Un museo posee pasos y salas. Los pasos configuran zonas de paso. Se circula, no se contempla. Nadie se detiene en una zona de paso. No tiene sentido. Utilizar una rampa para colgar a ambos lados fotografías significa que dichas obras no merecen mayor atención y se cuelgan como decoración o atrezzo. Lo mismo ocurre con obras ubicadas en espacios que conducen a los servicios.
Si algo caracterizaba la anterior disposición de la colección era su perfecta colocación de las obras en el espacio. Dignas o indignas, con textos claros u abstrusos, presentadas como meras ilustraciones de textos o como obras que daban pie a reflexiones, su exposición tenía en cuenta el lugar donde se exponían y en compañía de quien se mostraban. Seguramente algunas obras empalidecían en los almacenes. Tal como se presentaban adquirían dignidad y empaque y dignificaban el espacio. Todo esto se ha perdido… a cambio de, posiblemente, nada.
https://elpais.com/babelia/2026-03-07/demolicion-en-el-reina-sofia.html
Agradecimientos a HT y AM por sus reflexiones.
Y a RA por sus consideraciones sobre los llamados “no lugares”
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