HIMNO ÓRFICO LXVI: A HEFESTO
“HEFESTO de ánimo bronco, vigoroso, incansable fuego que brilla con ígneos resplandores, deidad que trae la luz para los mortales y la genera, de manos poderosas, eterno artesano. Obrero, porción cósmica, elemento irreprochable, voraz, que todo lo doma, el más alto de todos, que todo lo recorre; firmamento, sol, estrellas, luna, luz pura. Porque todos éstos son miembros de Hefesto que se manifiestan a los mortales; toda casa, toda ciudad y los pueblos todos son tuyos, y los cuerpos de los mortales ocupas, muy dichoso y poderoso. Escúchame, pues, bienaventurado, te invoco a la piadosa libación, para que siempre acudas amable a nuestros alegres trabajos; extingue la rabiosa locura del fuego incansable, manteniendo la llama de la naturaleza en nuestros cuerpos.”
Los himnos órficos, supuestamente compuestos por el mítico poeta griego Orfeo, son unos textos redactados posiblemente en Asia menor hacia el siglo III aC.
Están dedicados a los principales dioses griegos.
Hefesto era el dios del fuego utilizado en técnicas artesanas como la cerámica y la forja.
Se trataba de un fuego vital. El fuego que Zeus negó a los humanos -porque el dios Prometeo, tan cercano a los humanos, se negaba a predecir a Zeus quien sería el hijo que tendría que lo suplantaría a la cabeza del panteón- fue recuperado y devuelto a los humanos por Prometeo, un fuego cuyas llamas el dios robó de la forja de Hefesto.
El fuego de Hefesto no era la lumbre del hogar, sino la chispa con la que dioses, héroes y magos configuraron o recrearon el mundo. Todas las mansiones de los dioses fueron forjadas por Hefesto.
Fuego de la vida que se oponía al fuego destructor que todo lo consume. Fuego necesario, contrario al fuego condenable que destruía las creaciones -hogares, y útiles, entre otros- que preservaban la vida.
Quizá haya llegado el momento de invocar e implorar a este dios.
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