sábado, 27 de agosto de 2016

... Y vieron que estaban desnudos

"Estaban ambos desnudos, el hombre y su [sic] mujer, pero no se avergonzaban uno del otro" (Gn. 2, 25)

Adán y Eva vivían desnudos en el Paraíso. Pero no eran conscientes de la desnudez. Ésta, en verdad, no existía, porque el vestir era inimaginable. No tenían que optar por ningún modo de vida. Simplemente, vivían. Fue Yahvé quien les hizo ver, y sentir, que estaban desnudos. Se avergonzaron y se cubrieron. Se vistieron porque los ojos de Yahvé les mostró su estado: definió y calificó su estado, ante el que reaccionaron.
Nos vestimos para sentirnos a gusto; y para gustar a los demás. Escogemos la ropa que alcanzamos y que nos place, para complacer a los demás; para merecer su aprobación, para sentir, ver que gustamos, que no desentonamos o nos desmarcamos. La ropa es un medio de comunicación; funda una comunidad. Cada una posee sus códigos vestimentarios. En ocasiones muy duros: desde la escarificación hasta la deformación de miembros y la introducción de elementos ajenos.

Una fiesta, una celebración, una reunión: cada ocasión invita a -o requiere- un modo de vestir. Salvo casos excepcionales, podemos no responder a estos códigos. Pero lo más seguro es que, en estos casos, nos sintamos mal, observados, juzgados, y acabemos dejados de lado, o apartándonos porque sentimos, observamos, que no respondemos a lo que se espera de nosotros.
Los códigos del vestir se aplican en todo momento. Solemos imaginarnos cómo nos sentiremos y qué se pensará de nosotros, qué imagen proyectaremos en sociedad en cualquier momento del día. Nos vestimos, nos vestimos de un modo determinado porque vivimos en sociedad. Pero incluso los anacoretas se cuidaban de descuidar su apariencia para humillarse ante los ojos de lo Alto. Se sabían o se sentían observados.  

Estas reglas no suelen ser, salvo casos excepcionales, inviolables. Podemos voluntariamente saltárnoslas, y acudir a un acto desnudo o vestido de un modo inesperado, sabiendo que nos mirarían, buscando esta mirada. La incomodidad que podríamos sentir no nos impide cuestionar las reglas escritas o implícitas. No lo hacemos para sentirnos bien sino para que los demás se sientan mal: para que empiecen a cuestionarse sus modos de vestir, los códigos que han asumido.
Cualquier traje está dirigido hacia el otro, para complacerle o para ponerle en evidencia. Es posible que en una reunión encorsetada, "encorbatada", una presencia en camiseta -si la persona soporta las miradas sorprendidas o duras- acabe convirtiéndose en un espejo en el que los otros se miran. Cuando mujeres británicas y norteamericanas, a principios del siglo XX, se desprendieron de fajos y refajos en sociedad -estos gestos solo se practican en público-, no buscaron solo la comodidad personal sino la incomodidad ajena, hasta lograr que los otros se vieran con los ojos de quienes cuestionaban las reglas vestimentarias. Estos cuestionamientos -estas puestas en crisis- no tienen como finalidad poner fin a las reglas sino establecer -o imponer- nuevas reglas del vestir que pueden ir desde la desnudez hasta la cubrición absolutas.
Nos vestimos y nos desvestimos para los demás. Para que sepan qué pensamos de ellos. Y podemos aceptar o no los espejos que nos tienden. Los aguafiestas cumplen un papel: trastocan las reglas de juego para alterarlas; pero pueden acaban permanentemente en la reserva, y no salir más al campo de juego.

A Gregorio Luri, agradeciéndole, quién, en una cena reciente, me abrió los ojos.

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