domingo, 23 de agosto de 2026

Arquitectura y naturaleza

 




Casas que deben construir ese con cubiertas de pizarra, convertidas en insólitos ataúdes desperdigados en un entorno de peñascos de piedra desnuda oscura; edificios de piedra vista para “mimetizarse” con el árido “paisaje”mesetario; obras de madera en medio de tupidos bosques; casas o cajas de vidrio, tan alabadas: las normas, limitaciones y obligaciones de la construcción, que nos autoimponemos como si fueran de recibo y emanaran de la propia naturaleza, siempre buscan aminorar el “impacto visual “ de una obra; en el límite, que aquélla desaparezca de la vista, convertida en un extraño accidente natural. Como si no existiera. Como si la vida en el exterior se prolongara en el interior de las moradas y éstas ofrecieran una protección o cubrición disimulada.

Pero una casa no encapsula una porción de espacio natural. Éste no se infiltra, como si no hallara obstáculo alguno a su prolongación en el corazón de una mirada. 

La casa, por el contrario, encierra y ofrece un espacio distinto, opuesto al espacio natural. Y es por esta razón por la que se edifica. La casa aporta lo que la naturaleza no brinda: protección, cubrición, efectiva, sea una simple sensación -que permite bajar la guardia- o una defensa efectiva. La casa actúa a la defensiva. En su interior, el enemigo ya no acecha -o acecha, acaso, y en algunos casos, un enemigo que no actúa y es irrelevante en el exterior: algún familiar o toda una unidad familiar que opera a escondidas. 

La casa no nace de la naturaleza. Nace contra ella. Aporta lo que la naturaleza no puede ofrecer: una sensación de bienestar que permite dejarse ir, recogerse, cobijarse y encontrarse consigo mismo. La mirada en campo abierto siempre otea, dirigida hacia fuera, teniendo que en cualquier momento un peligro emerja, el más grave, la pérdida, la desorientación, y la consiguiente rendición ante los elementos siempre hostiles. En una casa, la mirada puede abismarse, ensimismarse, y el ser humano puede empezar a reflexionar sobre sí mismo y su lugar en el mundo. El cobijo que una casa constituye se asemeja a una matriz en el que nos recogemos para afrontar la próxima e inevitable salida al exterior.

La casa, en tanto que obra, que creación, es un producto, un artificio, que existe, que nos damos, para ganar lo que la naturaleza no puede ofrecernos  ni seguramente tiene que tendernos. La manera misma cómo accedemos al interior de una casa denota la fuerza del umbral. Nos descalzamos, nos desvestimos parcialmente, y dejamos en el suelo lo que acarreábamos. La casa invita a un comportamiento que no es propio ni conveniente en el exterior. Espacio creado por el hombre, que no complementa ni prolonga lo que la naturaleza posee, sino que constituye un entorno nítidamente desmarcado, con sus propias reglas, que exige una manera de comportarse, y de ser, impropia a cielo abierto.

En la casa las horas pasan de manera distintas. Se puede vivir como si fuera de día en plena noche. La luz interior combate la oscuridad circundante. Los ciclos de luces y sombras se alteran, se invierten o se anulan. Puede ser, a voluntad, de día o de noche permanente en una casa. Blancanieves nunca habría podido disfrutar de un sueño eterno sin que afectara a su vida, y despertar un día, sin problemas, como si la noche se hubiera prolongado durante cien años, en plena naturaleza. La casa prolonga la vida. Alienta y aporta la vida. Lo que la abate está cerca, detenida en el umbral. Contenida.

La casa es la creación más abstracta, menos mimética de las que el ser humano es capaz. Constituye un mundo que nada tiene que ver con el mundo natural. Artificial, necesariamente antinatural, extraterrestre, escribe el filósofo Emanuele Coccia, original, sin parangón con lo que la envuelve y la asedia, la casa es una cápsula en la que el ser humano  puede construir su vida, liberado del peso y del agobio de la naturaleza impropiamente presentada como la madre naturaleza.

Sobre estas consideraciones, léase a Emanuele  citado en una “entrada” anterior.



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