sábado, 1 de mayo de 2021

La restauración de monumentos

La expresión restauración de monumentos, que designa, por ejemplo, una asignatura de la carrera de arquitectura, o el contenido de la misma, al mismo tiempo que se refiera a una de las funciones o trabajos del arquitecto, especialmente si trabaja en la administración pública, procede de dos palabras latinas: los verbo statuere (relacionado con el latín status) y monere (de ahí monumentum).

¿Qué significan ambos verbos?

Statuere se traduce por fijar, determinar; establecer, por ejemplo, un status, es decir una posición fija, la inmovilidad de los soldados que forman (status pertenece al vocabulario militar). Dicha fijación es consecuencia de una decisión "firme", y tiene consecuencias en el objeto de tal determinación: el ente o el ser se detiene en seco. Ya no puede desplazarse ni evolucionar. Quieto, está ahí, delante de nosotros, conteniendo el aliento, semejante a una estatua, pues la estatua es el modelo de todo lo que está estacionado. Su forma, su posición son inmutables. No pueden cambiar. El "estatus" es también propio de las cosas y las personas que han sufrido un encantamiento que las ha paralizado. La firmeza, la fijeza son forzadas, impuestas. Una fuerza superior se ha apoderado de aquéllas y no las deja vivir. Su vida ha quedado petrificada. se han convertido en figuras de sal.

Mientras, monere significa advertir. Un monumento no es solo un recordatorio de lo que ocurrió, sino un aviso de lo que puede ocurrir o volver a ocurrir. Un monumento implora, exhorta. Invita a reconsiderar una situación, a recordar lo que aconteció, para no caer en el mismo error. El monumento es una luz que guía por el buen camino. Señala las consecuencias de decisiones y actor equivocados, que llevaron a la pérdida: lo que muestra puede ser doloroso: un hecho del que nada queremos saber, que preferimos olvidar (lo que ha llevado a la retirada de estatuas que recuerdan un pasado indeseado de una comunidad). Lo que el monumento cuenta afecta a la comunidad en la que se inserta y a la que representa. Pero aquél no se refiere solo a su entorno. También habla de sí mismo: muestra, hace ostensibles lo que ha vivido o padecido. Su piel guarda las marcas de la acción de las incurias del tiempo, y de las decisiones equivocadas o mal llevadas. En si mismo, en su propia figura, un monumento en un testimonio de lo que se ha hecho bien o mal; de acciones que no han sido inconsecuentes. Si el monumento no presentara marca alguna, si luciera como el primer día, si no se hubiera insertado en el tiempo, el monumento no serviría de nada, pues nada nos contaría ni nos recordaría. Sería una señal muerta, sin sentido; una señal sin contenido, vacía.

La restauración restaña heridas; devuelve la prestancia; anula los efectos del tiempo tanto como sea posible; elimina añadidos, intervenciones, curaciones consideradas ineficaces, dañinas o inútiles. Borra todas las trazas de la vida que el monumento ha tenido o padecido; todo lo que el cuerpo del monumento exhibe se alisa, se difumina, hasta crear la ilusión de que el monumento es inmune al tiempo, estando, pues, por encima de nosotros. Pero un monumento así tratado parece no haber vivido o tenido experiencias. ¿De qué entonces, nos podrá avisar, dónde podremos aprender de nuestros errores, de nuestra ceguera.?

Un monumento entero, sin un rasguño, es una maravilla. Pero es inhumano. Es la señal que no se ha comprometido con la vida, que ha estado y está por encima de las penalidades humanas. Poco puede servirnos, porque nada sabe de lo que nos ocurre; no ha vivido en carne propia los errores y las ilusiones humanos.  Restaurar es curar, ciertamente, pero no maquillar, haciendo ver que no ha pasado nada.

Una discusión más "viva" que nunca que afecta las decisiones sobre el "futuro" de tantos monumentos y tantas ruinas.  


Para AS, GS, TS...

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