lunes, 14 de junio de 2021

Señales...

Estamos en el año ciento veinticinco antes de Cristo. Roma está que arde -y eso que las Guerras Púnicas, durante las que Roma estuvo a punto de perecer ante los ejércitos cartagineses, habían concluido con la victoria de Roma, lo que había traído cierta tranquilidad y esperanzas de un porvenir mejor. Los Gracos, hermanos, de la familia de los Escipiones, que son los tribunos de la plebe -los representantes del tercer estado, encargados de defender su causa ante el aristocrático senado-, tratan de reorganizar el estado, en contra de los dictados del tribunal del Senado. Quieren otorgar la ciudadanía romana a los pueblos itálicos y proceder a una revolución agraria, otorgando tierras cultivables, en manos a la aristocracia, a la plebe -que hasta ahora nada tiene-. El Senado reacciona. Les acusa de poner en peligro el estado. La revolución social y política socava el orden establecido. 

Inquietantes señales anuncian nuevas catástrofes. Llueven piedras; el trigo crece en los árboles y no se puede segar. Hasta pájaros agoreros y nocturnos como las lechuzas sobrevuelan la ciudad.  Y un andrógino, incapaz de reproducirse, nace. El fin se acerca.

La guerra civil late sordamente. Un bando acusa al otro de querer fracturar Roma. El bando opuesto ,amenaza, violentamente a veces, con revueltas y edictos ilegales. Uno de los hermanos, Cayo Graco, es asesinado. Los pueblos itálicos acusan a Roma de imponer su voluntad y sus leyes -pese a que éstas pretenden neutralizar las diferencias sociales entre romanos y periféricos latinos.

Es entonces cuando el Senado ordena acudir a los libros sibilinos. Éstos recogen oráculos del dios Apolo a su sacerdotisa, la Sibila de Cumas, años ha, cuando los etruscos mandaban en Roma. Caso por caso, los libros sibilinos interpretan toda clase de señales enigmáticas que aluden al destino que aguarda a Roma, y que solo los dioses conocen. Con los libros sibilinos, debidamente interpretados, se puede intuir qué ocurrirá. Las señales son reveladoras que el porvenir se ha torcido; quizá para siempre.

Nunca sabremos lo que estos libros revelaron -ni lo que podrían decirnos aún hoy. Depositados en el templo de Júpiter Óptimo, fueron quemados, cinco siglos más tarde, por un general vándalo. Sus enseñanzas, si hubiéramos sabido interpretarlas y aplicarlas, se han perdido para siempre.

Pero sí sabemos uno de los consejos que al parecer Apolo contó. Todas las mujeres romanas, todos los romanos, aristócratas y plebeyos, en verdad, tuvieron que tejer un colorido manto para revestir la estatua de culto de la diosa Perséfone, la diosa de los infiernos que, tras el invierno, asciende y anuncia el año nuevo, con la primavera. Hilos de distintos colores y calidades, tramados de múltiples maneras, tejidos al unísono, como una obra colectiva, laboriosamente trabajada, durante la cual las diferencias se anulan, todos, lejos de separarse en bandos enfrentados, decidieron ponerse a trabajar en pos del bien común, sabiendo que si Perséfone no se sentía debidamente arropada, el invierno, y las relaciones congeladas, no se detendrán. 

Y es así cómo, aparcando las diferencias en pos de un proyecto común, cómo Roma ha sobrevivido a la más trágica escisión que la amenazaba. 

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