Fotos del mapa rupestre y de la documentación que lo acompaña: Tocho, Abril de 2026
Un guijarro pulido, de forma alargada y redondeada, con entrantes y concavidades, que cabe en la mano, transportable, cuyo perfil se asemeja al de un monte cercano: el monte Navarro de Abauntz.
Guijarro grabado con imágenes de animales: imágenes usuales.
Pero otras trazas son mucho menos comunes: rayado insistente que evoca el curso de un río y un afluente, y una línea ondulada perfectamente reconocible: el equivalente paleolítico (10000 aC) de la sureña Montaña Santa Victoria que Cézanne dibujó y pintó obsesivamente a finales del siglo XIX.
Ríos y montaña componen un mapa que también indica la presencia de animales.
El grabado muestra criterios gráficos que diez mil años más tarde seguimos utilizando. Revela una percepción y una comprensión del territorio, punteado de hitos identificables que permiten la ocupación del espacio, puesto así al servicio de una comunidad o un clan. Y denota que los humanos del paleolítico eran capaces de traducir la complejidad del paisaje en unos esquemas bidimensionales de lectura unívoca.
El mapa es la expresión de la comprensión y la posición de un territorio, sometido mágica y gráficamente al servicio de una comunidad, de manera que se perciban y se reconozcan las claves que otorgan sentido a un espacio extenso. Éste, ilimitado, externo al ser humano, acaba acogido por la mano que toma posesión simbólica de aquél.
Dicho mapa es la joya del museo de Navarra y lo convierte en uno de los cuatro o cinco museos más importantes -y mejor presentados- españoles.
Para HT, la mejor estudiosa del simbolismo de los mapas.













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