lunes, 5 de agosto de 2013

Toni Gironés (1965): Rehabilitación de las ruinas de una mansión romano-republicana en el yacimiento de Can Tacó (Mons Observans, Montornés del Vallés, Barcelona) (2012)






































Fotos: PAN & FAN, agosto 2013

Una mansión romano-republicana, del s. II aC, de estilo helenístico, única en Hispania, caracterizada por torreones de planta cuadrada en las esquinas del recinto amurallado, se levantaba sobre una colina que dominaba la vía Augusta y el encuentro de dos ríos. Construida antes que la ciudad de Baetulo (Badalona) fuera fundada, poco después de la caída de Numancia y la romanización de los íberos, permaneció activa unos veinte o treinta años antes de ser abandonada, cuando el territorio empezó a ser extensamente urbanizado, con la fundación de ciudades bien conectadas. La loma que los primeros romanos escogieron se asemejaba a la que los íberos ocupaban, en la que construyeron los oppida (o asentamientos amurallados).
Hoy, pese a la intensa urbanización del territorio, gangrenado por polígonos industriales sin planificación, la colina se divida aun desde lo lejos. Se recorta, desde tres lados, sobre una lineas sucesivas de colinas arboladas. Un camino asciende a lo que se asemeja un acrópolis. Un bosque tupido corona la loma y ciñe el yacimiento, separándolo de las laderas yermas, delimitando una zona de tránsito que esconde las ruinas, antes de que se revelen al salir por fin entre los árboles bajos.
Poco queda de la mansión: apenas la planta, algún muro que se levanta unas decenas de centímetros, y dos grandes depósitos de agua.

Parecía imposible convertir el yacimiento en un lugar atractivo y comprensible.
El arquitecto Toni Gironés lo ha logrado, de manera quizá aún más clara, sencilla, seca y escuela que en el hermoso yacimiento de la Edad de Bronce de Seró. Los materiales son parecidos, los resultados similares; la intención, empero, distinta, y el efecto aún más evocador en su austeridad.

Se han reconstruido las terrazas sobre la que se disponían los volúmenes originarios. Bien delimitados y articulados, dibujar la compleja planta del conjunto. Esta planta se levanta sobre los restos casi invisibles. La planta adquiere volumen -el volumen que dibujan las terrazas sobre la loma. El suelo y la masa de las terrazas están formados por piedras cortantes de pequeñas dimensiones, y por tierra, contenidas por un mallazo. Las armaduras metálicas, libres de piedras, conforman los perfiles y la estructura de rampas, escaleras y muros, como si de nítidos contornos dibujados se tratara, que envuelven el vacío: recuerdan una urdimbre, o la estructura interna de un organismo desaparecido.

Piedras y tierra proceden del propio yacimiento: son las que lo recubrían y fueron apartados y amontonados a un lado, cuando la excavación (las excavaciones alteran el paisaje: abren por un lado y levantan por otro). Han vuelto a su ubicación primitiva; pero, mientras antes de la intervención escondían los restos arquitectónicos, hoy los revelan, siluetándolos, dándoles forma y cuerpo, sin levantar falsos muros, empero.
El mallazo que contiene piedras y tierra se alza desde el suelo. El conjunto parece así un edificio en obras. Las ruinas se han transformado en un conjunto aún no concluido. El vector del tiempo se ha invertido. Lo que decaía, hoy brota. El edificio sigue sin existir enteramente; mas, mientras que hasta ahora se disolvía, hoy despunta. Pero su condición de ruina no se obvia: las piedras y la tierra que recubren el yacimiento bien evocan la caída  de la mansión, hecha añicos, como si hubiera quedado fulminada, mas cuyos restos hubieran sido recogidos y dispuestos para evocar aun la planta y la articulación de los espacios sobre los cuáles el volumen había crecido. La planta se convierte así en un lugar, un espacio casi habitable.
Los muretes de las terrazas, formados por las piedras retenidas por la malla de hierro, que se alza sobre las trazas de los muros originales que apenas destacan sobre el nivel del suelo, recuerdan los cortes verticales que los arqueólogos realizan. De este modo, estos alzados contienen la propia historia de la mansión, o de su desenterramiento. Se tiene la impresión que se leen estratos o niveles, el último de los cuáles corresponde al de las presentes ruinas, que manifiestan así su historia, la historia sobre la que se asientan, historia que les da sentido. Los muros son su propia historia, el testimonio de su construcción, derrumbe y rescate.

Algunos perfiles metálicos siluetan volúmenes en altura, como los que recuerdan la presencia de una torre, al menos. Es el vacío el que evoca la presencia olvidada de la torre, una presencia sugerida por su ausencia. Del mismo modo, la presencia de algunos muros también es evocada por las armaduras de hierro que sobresalen verticalmente de las terrazas, y recuerdan el muro que fue, que podría haber sido, o que será -en la imaginación del visitante.
Dos cubiertas -quizá excesivamente bajas-, cumplen una doble función: proteger algunos elementos destacables (un muro que guarda trazas de pinturas, y una cisterna bien conservada), y evocar volúmenes, de manera no mimética.
Una gran obra que ha merecido diversos premios (finalista Premio FAD 2013, y premio en la XII Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo 2013)

El recinto abre solo los domingos, de 11 a 14 horas. La página web del Ayuntamiento de Montornés del Vallés no indica que el yacimiento esté cerrado los domingos de agosto.
Sin embargo, un consejo: se puede entrar legalmente en el recinto. No diré cómo, mas sitúense ante la verja de entrada del recinto, cerrada, y miren a la derecha, pasados unos metros, en la pendiente.

La ausencia de visitantes, el aire seco del estío, y el rumor de los cigarras transportan al visitantes a los años, despiadados y felices, cuando Júpiter retumbaba.


Consúltese la siguiente página web:
http://www.montornes.cat/fitxer/17176/dossier%20de%20premsa%20Mons%20Observans%20ICAC%20web.pdf

Bocetos, planos y excelentes fotografías en: http://hicarquitectura.com/2013/05/toni-girones-can-taco/














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