“Adiós a la civilización como la conocemos”
Un mensaje recibido en el móvil ayer por la tarde, a raíz de los acontecimientos en Ceuta y Melilla, y comentarios sobre la “desaparición de la civilización occidental” pueden suscitar aplausos o rechazos, entusiasmo o indignación; pero quizá podamos recapacitar sobre “nuestra” cultura “occidental”.
Sin tener que remontarnos al lugar de origen de los homo sapiens sapiens -que no se sitúa, al menos por ahora, en Europa-, la cultura judeo-cristiana procede del Levante, marcada a su vez por cultos mesopotámicos, con influencias persas e hindúes, y se impuso por contactos y por imposiciones, en Europa occidental, en sucesivas etapas, desde conversiones hasta invasiones especialmente del norte de Europa.
Las influencias árabes proceden de próximo oriente y del norte de África. Y éstas, a su vez, son el resultado del encuentro y del choque, de la admiración, la asimilación o la imposición, el contacto casual, buscado, favorecido o forzado, con culturas y credos egipcios, hindús, centro-asiáticos, centro-europeos, y centro-africanos. Sin que nos olvidemos de las aportaciones de culturas sudamericanas, a partir del siglo XVII.
¿Acaso, entonces, no existe una (una sola, única) cultura originaria, propia de la península ibérica? Las ruinas arquitectónicas de un palacio o un santuario de Cancho Ruano son uno de los ejemplos más destacados de la antigüedad en la península ibérica. El modelo arquitectónico es conocido: procede del ámbito siro-mesopotámico. Aún no se han localizado los restos de Tartessos, la gran urbe del primer milenio en la península. Pero la cultura tartésica conjuga culturas locales con culturas fenicias, griegas y quizá etruscas. Gades (la actual Cádiz) fue el gran puerto del mediterráneo occidental: una fundación fenicia.
No existen culturas puras, propias: las culturas griegas reflejan influencias mesopotámicas, del mismo modo que la cultura asiria no escapó a la difusión de Grecia; los tallistas de los relieves de Persepolis, la tardía capital persa, eran griegos. Como procedentes del imperio bizantino eran las cofradías de pintores que trabajaron en los Pirineos, con un imaginario cristiano oriental, distinto del romano, aunque ambos resultaban del encuentro entre Roma y Jerusalén, Roma influida por Atenas, y ésta, opuesta pero fascinada por Babilonia, la ciudad más querida por Alejandro.
No existen culturas propias -lo propio es la mezcla, la interrelación-; existe el mito de la pureza, y de la autoctonía: la creencia, imperante en ciudades griegas como Atenas, en la existencia de una cultura nacida de las entrañas de la tierra, desde los orígenes del mundo, incontaminada. Una creencia que implicaba el rechazo, la exclusión, la expulsión de los “extranjeros”, los foráneos, de quienes no podían demostrar que sus antepasados ya existían en la ciudad cuando la creación del mundo, unos antepasados con una forma pre-humana de twn antigua que era, hija de las entrañas de la tierra. El rechazo, el cierre en banda, se asocia al miedo y al sentimiento de superioridad. Es decir, de aislamiento, que conduce a la ruina, la irrelevancia, y la muerte. La cultura “occidental” se apoya en Grecia y en Jerusalén. Grecia se ejemplifica en Platón y Aristóteles, padres respectivamente de la especulación y la observación, el estudio del alma y del cuerpo, del cielo y de la tierra. Mas, Aristóteles era macedonio, y nunca fue aceptado como un ciudadano por Atenas: era el extranjero, y los propios griegos consideraban que Platón, un autor helenístico, estuvo influido por Egipto -lo fuera o no: lo importante es que así fuera juzgado, como un autor que no era “propiamente” griego.
Si, podemos cerrar puertas y ventanas. Recluirnos, encerrarnos, dando la espalda al mundo. Pero si taponamos todas las aperturas, pronto nos faltará el aire: y nos desecaremos. Y pereceremos.
La cultura nace de la interacción con el mundo y con los demás; las técnicas y las reflexiones surgen del encuentro y del intercambio, de la emulación, de la escucha, de la asociación de ideas. Pensamos cuando escuchamos, leemos, observamos: a los demás. Las puertas cerradas, las persianas bajadas, las alambradas electrificadas, los muros ciegos definen un espacio característico: la cárcel. Y en la cárcel yacen los condenados, los excluidos. Mientras, la vida prosigue fuera. Cerrándonos nos condenamos. A ser irrelevantes. A desaparecer. A dejar de ser humanos.