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viernes, 14 de agosto de 2026

La destrucción de la ciudad

 Los modelos del pasado, las referencias a acciones del pasado, logradas y celebradas, no siempre -quizá nunca- explican ni justifican las acciones del presente.

Las ciudades, hoy, se bombardean, se asaltan, se toman, se incendian, se arrasan con bulldozers, obligando la población a desplazamientos durante los que también es masacrada. En la expresión no queda piedra sobre piedra solo debería cambiarse podrá por bloque de hormigón -y no siempre: el hormigón ya se usaba en Roma.

Sería fácil argumentar que la destrucción de ciudades en el próximo oriente se asemeja a una maldición divina, como si nos escudáramos en una voluntad superior ante la que nada se puede hacer y que, de alguna manera, halla una razón en el aniquilamiento.

Los soberanos mesopotámicos destacaban por su capacidad -y la autorización concedida- para repetir acciones emprendidas por los dioses. Los dioses fundaban y construían. Los reyes los honraban imitándolos.

Pero los dioses raramente destruían ciudades. La justificación sobrenatural, en este caso, no existía o era endeble. Los reyes mesopotámicos, especialmente los emperadores neo-asirios, tenían (se atribuían) la potestad de arrasar edificios y ciudades. Más que por su labor edilicia, destacaron por la furia, la crueldad, la inhumanidad con la que trataron ciudades y habitantes. La destrucción y el asesinato eran una manera de ejercitar y comunicar  su poder. Amedrentar era una exclusiva realidad. Algunos políticos hoy se aferran a este modelo.

Las ciudades mesopotámicas parecían existir para ser destruidas. El Antiguo Testamento, es , en este sentido, un fiel reflejo de esta política. Yahvé no destruye, pero autoriza o alienta la destrucción. Un dios colérico enciende la cólera. 

La manera sistemática, metódica con la que se cuidad que no quede rastro alguno de una ciudad, echando incluso sal en la tierra, seguramente nunca se produjo tal como se describe. Las horrísonas y frías descripciones -que carecen del desesperado aliento con el que Virgilio narra el intencionado incendio y las matanzas que suceden tras la toma de Troya, en la Eneida-, en los textos mesopotámicos (que incluyen a los bíblicos), quizá no fueran tales, aunque los horrores, las carnicerías no empalidecieron ante los relatos escritos, porque pocas ciudades no lograron sobrevivir, al menos un tiempo, tras su destrucción, pero los textos, históricos o no, fidedignos o no, revelan las implacables ansias destructivas humanas: unas ansias que nunca quedaron en la imaginación, en secretas intenciones no llevadas a la práctica, sino que se trataron de ejecutar (un verbo significativo en n este caso). Las ciudades eran y son (véanse los arrasamientos de Nínive, Babilonia, Susa, Dresde, Gaza, Mosul) objetivos prioritarios en las campañas de aniquilamiento que parecían y parecen tener como fin no solo la muerte del rival sino la glorificación de quien comete u ordena la cometida de la destrucción. La gloria humana parace buscarse más en la destrucción sistemática que en la construcción, ayer y hoy. Las grandilocuentes expresiones desde la madre de todas las batallas hasta el retorno a la Edad Media no son solo expresiones que se quedan en el tintero, aunque no sean crónicas históricas.

Y la paradoja es que algunas de las obras maestras del arte muestran, antes que escenas de edificación, imágenes de destrucción, desde relieves egipcios y neo-asirios, hasta Khaled Dawwa. La lista es interminable. El arte hace soportable la devastación.

Por eso, quizá, somos capaces de leer la descripción -en un prisma (el Prisma A), en escritura cuneiforme, hallada en las ruinas de Ninive (asolada por Babilonia, que Ninive había reducido a cenizas un siglo antes), a mitad del siglo XIX, que narra una interminable sucesión de campañas militares tras las que no queda pared alguna en pie-, de la destrucción sistemática de la ciudad de Susa por Asurbanipal a quien una excelente y problemática exposición -que da pie a una discusión-  le está dedicada estos días en Madrid y próximamente en Barcelona:


"Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses, sede de sus misterios, la conquisté. Entré en sus palacios, abrí sus tesoros donde se amontonaban plata y oro, bienes y riquezas ...

Destruí el zigurat de Susa. Rompí sus brillantes cuernos de cobre. Reduje los templos de Elam a la nada; Sus dioses y diosas los esparcí a los vientos. Las tumbas de sus antiguos y recientes reyes las devasté, las expuse al sol y llevé sus huesos hacia la tierra de Ashur. Devasté las provincias de Elam y en sus tierras sembré sal."


Conquisté Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses y sede de sus misterios. Entré en sus palacios y abrí sus tesoros, donde se acumulaban la plata y el oro, los bienes y las riquezas... los tesoros de Sumer, Acad y Babilonia que los antiguos reyes de Elam habían saqueado y llevado consigo. Destruí el zigurat de Susa y hice añicos sus resplandecientes cuernos de cobre. Reduje a la nada los templos de Elam y dispersé sus bienes y a sus diosas a los cuatro vientos. Devasté las tumbas de sus reyes, tanto antiguos como recientes, las expuse al sol y trasladé sus huesos a la tierra de Asur. Asolé las provincias de Elam y sembré sal sobre sus tierras


jueves, 13 de agosto de 2026

KEITH CHAPMAN (1958): BOB, THE BUILDER (BOB, EL CONSTRUCTOR (1999)



Yes, we can.
El lema de todo constructor. 
¿Lema  feliz?

La muralla de la ciudad

 





Su nombre no trasciende más allá del reducido círculo de los asiriólogos; pero su imagen, en una escena de un relieve, es una de las más conocidas del arte mundial. Se trata de una célebre composición, tallada en losas de piedra. que muestra a un emperador neo-asirio, el sanguinario Assurbanipal, estirado en un lecho, y su esposa, la emperatriz Libbali-Sharrat, sentada en un trono, celebrando una victoria sobre el rey de Elam (hoy en Irán), cuya cabeza decapitada cuelga de un árbol, en un frondoso jardín, atendido por sirvientes, bajo una parra cargada de racimos. El relieve, del siglo VII aC, hoy en el Museo Británico de londres, formaba parte de un conjunto de mayores dimensiones que  decorada la sala del trono del palacio real , en el norte de la capital imperial de Ninive (hoy en la periferia de Mosul, en el norte de Iraq).

La emperatriz, al igual que en otro relieve, está coronada. La corona representa una muralla. Posiblemente, la muralla de la ciudad de Nínive. 

Este motivo no es extraño. Abunda en el arte. Tres siglos más tarde. En época alejandrina, en efecto, nació una nueva divinidad: la diosa Fortuna. Al menos, surgió una nueva manera de representarla. Seguia sosteniendo el tradicional emblema de la Fortuna, una cornucopia -el cuerno del fecundo dios griego de los ríos, Aqueloo, fuente de vida, que Heracles arrancó-, cargada de bienes que desbordaban del cuenco, o unas espigas, signo de la riqueza de los campos cultivados que proporcionan alimentos a la ciudad. 

Pero la Fortuna helenística, vestida con un peplo, una túnica de amplios vuelos, elegantemente sentada, portaba una corona en forma de la muralla de la ciudad de la que era la divinidad protectora. La imagen de la muralla es tan realista que los estudiosos pueden saber a qué ciudad la diosa Fortuna representada (o encarnada en su efigie) protegía. No existen dos imágenes idénticas. Cada representación de Fortuna es distinta, como diversas son las configuraciones de las murallas de las ciudades.

Este motivo deriva de la representación de la emperatriz neo-asiria Libbali-Sherrat . Ésta no era propiamente una diosa, aunque el trono en el que se asienta es un atributo divino, y el relieve destaca la figura de la reina, contrariamente a la de su esposo, Asurbanipal, con la cabeza al descubierto. Pero fue divinizada como la diosa Fortuna en época helenística. 

La figuración de la diosa Fortuna, confundida a veces con la imagen de la benéfica diosa Cibeles, de origen también oriental, en el Imperio Romano -Cibeles se representaba coronada, sentada en un trono, flanqueada por leones o toros, como signo de su capacidad de dominar a las bestias (una función que la diosa llamada La Señora de las Bestias ejercía en el Mediterráneo central y oriental, como en la isla de Creta, por ejemplo, a lo largo de la edad del bronce,  desde el cuarto milenio aC), y de asegurar la paz de la ciudad, liberada de los peligros que las fieras,provenientes de la selva, el espacio no civilizado, encarnan- prosperó en el mundo romano, y revivió en Europa a partir del Renacimiento. 

Se trata, en suma, de una de los legados más divulgados y de mayor recorrido, de un motivo iconográfico de origen mesopotámico (neo-asirio), junto con, entre otros, la estructura política imperial, también  neo-asiria, y desarrollada en el imperio alejandrino en contacto con oriente, y el cristianismo, de origen levantino -con influencias tanto egipcias como persas e hindúes.