miércoles, 4 de marzo de 2026

Lo más destacado de ARCO (Madrid, 2026)

































 Fotos: Tocho & HT, Feria de Arte Contemporáneo ARCO, Madrid, marzo de 2026

Ars imitatur naturam

 El profesor imparte una lección. Da clase, una clase. En una clase o aula. Habla frente -o en medio- de los oyentes, los estudiantes, vestidos para ir a clase . Se esfuerza en ser lo más claro posible. Apoya sus explicaciones en datos e ilustra eventualmente lo que cuenta con textos (citas), referencias bibliográficas e imágenes -casi siempre fotografías que exhibe o que proyecta, o filmaciones. Puede recurrir a la música. 

La lección se estructura: una introducción, en la que anuncia el tema y detalla las partes, recordando o explicitando qué relación guarda esta clase con las anteriores, cómo se articula con éstas, y cómo anuncia las que vendrán en días o semanas sucesivos; un desarrollo ilustrado, acompañado de ejemplos; y una conclusión. Explícita la bibliografía utilizada, y responde a las eventuales preguntas o dudas de los estudiantes. En cualquier caso, busca ser claro, didáctico, convincente, educado, evitando subidas de tono, pero en lo posible huyendo del tono monocorde. Trata de no ser el centro de atención, sino que la atención recaiga en lo que explica. Algunos, pese a los esfuerzos, no lo consiguen -no lo conseguimos. A la salida, recoge sus apuntes, y se despide hasta la clase siguiente. Al final del mes, cobrará menos de doscientos euros si es un profesor asociado. Su suerte, y el tema que deberá impartir,  dependerán del humor del catedrático.

Un artista contemporáneo habla en público. Lo que hace no recibe el nombre de clase o de lección, sino de “performance”. Interviene en un “espacio museal o musealizado”: centro de arte, museo, galería, o en la calle previamente acotada. Habla frente -o en medio- de los oyentes, que no son estudiantes, sino críticos, galeristas, comisarios y coleccionistas trajeados de negro. No tiene porque  ser lo más claro posible: cualquier palabra, cualquier balbuceo, cualquier silencio, intencionado o no, forma parte de la “obra performativa”. Son acciones voluntarias o no “significativas”, que tienen que ser “descodificadas”. Apoya sus explicaciones en datos e ilustra eventualmente lo que cuenta con textos (citas), sin referencias bibliográficas y con imágenes -casi siempre realizadas, manipuladas o seleccionadas por él, tengan o no relación con el tema. El misterio, el desconcierto siempre son aportaciones que rehúyen de la obviedad. Puede recurrir al sonido. 

La performance se estructura o no: una introducción que no lo es -no introduce-, que no anuncia el tema y no detalla las partes, recordando o explicitando, o no, qué relación guarda esta performance con “acciones” anteriores, cómo se articula o se desarticula con éstas, y cómo anuncia -o calla sobre- las que vendrán en performances sucesivas; un desarrollo ilustrado, acompañado de ejemplos que chocan con lo contado; y una conclusión abierta. No explícita la bibliografía utilizada, y responde o no, amable o condescendientemente, a las eventuales preguntas o dudas de los asistentes, siempre admirativos . En cualquier caso, no busca ser claro, didáctico, convincente, educado, evitando subidas de tono, pero en lo posible no huyendo del tono monocorde. Es el centro de atención. Algunos, pese a los esfuerzos, no lo consiguen. A la salida, no se despide hasta la actuación  siguiente. Los asistentes aplauden, y comentan extáticamente la obra que han visto u escuchado, o no. Al final del mes, el artista cobrará de la galería por la eventual venta de la performance o de partes de ella -que no pueden ser fotografiadas ni registradas-, una cantidad que puede incluir un cierto número de ceros detrás de una cifra que excluye el cero. La suerte (económica) del galerista dependerá del humor del artista.  …. El fascinante mundo de las ferias de arte contemporáneo y de las temporadas artísticas que las acompañan.



martes, 3 de marzo de 2026

MIGUEL FISAC (1913-2006): PARROQUIA DE SANTA ANA (MORATALAZ, MADRID, 1965)





























 Fotos: Tocho, marzo de 2026


Una indiferente exposición de arte contemporáneo, promovida por una acaudalada coleccionista en un templo , dentro del marco de las actividades de la feria de arte contemporáneo ARCO en Madrid, ha permitido la apertura de las puertas y la visita hasta los últimos recovecos de una notable iglesia parroquial de hormigón, del mejor arquitecto español del siglo XX, Miguel Fisac, en un polígono, asentado en un terreno con pronunciados desniveles, en el barrio de Moratalaz, en la periferia oriental de Madrid.
El cuerpo central, que se despliega en un volumen de planta rectangular, se asemeja a una capa extendida o un ave de alas extendidas, cuyos límites ondulados están formados por entrantes y salientes que, por un lado evitan la reverberación del sonido y, por otro, abren concavidades detrás del altar mayor que acogen un crucifijo, reducido a un rasguño que flota en la curva que el ábside apunta, un púlpito y un sagrario, dispersando así la figura y la voz de la divinidad. 
De lejos, la iglesia apenas se reconoce. La planta y el volumen evitan que la singularidad de un templo se perciba en favor de un edificio más integrado en un barrio modesto.. Apenas un delgado campanario se otea desde lejos, desdibujado por las ramas de los árboles y en parte oculto por los muros de los servicios adheridos al santuario, desde la casa parroquial hasta aulas y patios que configuran un centro religioso y cultural inicialmente rodeado de jardines. 
Dicha parroquia fue el resultado de la primera aplicación de los edictos del concilio del Vaticano II que pedía que el ritual aconteciera en la tierra y entre los humanos, y no en las distantes alturas de los príncipes de la Iglesia. El color ceniza del hormigón, la ausencia de ornamentación, y el uso de jácenas de hormigón pretensado acentúan la humanidad del templo y su horizontalidad, a la altura de los fieles sobre los que no se impone una parroquia concebida como un centro comunitario.


Estudiantes de arquitectura en el París del siglo XIX

















No sé sé si la lectura de una novela (escrita hace más de un siglo) puede ser un refugio seguro o una manera de olvidar temporalmente lo que ocurre en el presente. 

Me excuso por la mala calidad de las imágenes.

El inicio de La obra, de Émile Zola, publicada en 1886, es uno de los más electrizantes que existe, y una descripción fulgurante de una gran ciudad -París- bajo una violenta tormenta. A través de los rayos que no cesan de caer como flechas parecen, por el deslumbramiento que los fogonazos suscitan, incendiar el corazón de la capital. 

En este escenario dantesco, un joven se apresura, en medio del agua sucia y del barro, bajo una lluvia que corta el hálito y la vibración del suelo sacudido por los constantes truenos que reverberan en las agrietadas fachadas.

La novela es casi un diario que narra, apenas disimuladamente, la decepción que Zola tuvo a medida que contemplaba la evolución del arte de su antiguo amigo de infancia, Cézanne, unas pinturas cada vez más abocetadas de unas figuras deformadas, casi irreconocibles, no se sabe si voluntariamente o por la creciente incapacidad del pintor -ciertamente poco dotado para el retrato naturalista. 

Tres protagonistas se enfrentan: tres jóvenes, un pintor, un escritor y un arquitecto.

Zola recurrió a un texto de su amigo, el arquitecto belga afincado en París Frantz Jourdain, sobre la formación y el trabajo del arquitecto que reproduce con pocos cambios. 

Gracias a la novela sabemos de la dureza y de la amplitud de los estudios de arquitectura-que los planes de estudio decimonónicos que se conocen confirman-, de la organización de los estudios de arquitectura y del trato que recibiendo los estudiantes y los recién titulados, y de un evento -ya comentado en este blog hace años- que culminaba la carrera de arquitectura: el transporte en carreta de todos los planos de grandes dimensiones, enmarcados, que los estudiantes debían llevar a última hora, presos de los nervios y de noches de insomnio -y orgiásticas, señala Zola-, a la Academia de Bellas Artes donde el proyecto final de carrera iba a ser valorado severamente. 

El centro de París se llenaba de carros y carretas, casi siempre tirados por jóvenes, de los que podían caer algunos planos amontonados de manera inestable, formando piras que se tambaleaban. 

Una costumbre que hoy se reduce a enviar telemáticamente el proyecto a una imprenta, en la que se recogen los planos sobre papel que se cuelgan durante unas pocas horas en los corchos que cubren los muros de las salas de grado. Una evidente pérdida de heroicidad.

Una novela aconsejable en los estudios de arquitectura 

domingo, 1 de marzo de 2026