sábado, 21 de marzo de 2026

Obras maestras del Gran Museo Egipcio (El Cairo, 2026)







             Vajilla funeraria de alabastro, tercer milenio 









Plomada de constructor

    Tres amuletos protectores del faraón Tutankhamon




                       Insólito dibujo de cara, 1500 ac





















 Fotos: Tocho, El Cairo, marzo de 2026


La fotografía, como toda representación, puede no atender a los tamaños de las obras y exponerlas como si todas ocuparan un mismo espacio. 

Estas imágenes, en cambio, muestras algunas cabezas de estatuas de gran tamaño -las primeras mostradas-, la mayoría escogida de tamaño natural, y una terracotas últimas, romanas, de unos pocos centímetros.

La selección de obras cubre un arco temporal desde mitad del cuarto milenio hasta la primera mitad del primer milenio de nuestra era: cuatro mil años, durante los que se detectan mínimas variaciones,  aunque los modelos canónicos egipcios ceden poco a poco ante el empuje del arte greco-latino. 

De todos modos, el culto a los muertos etrusco-romano no desentona en los rituales funerarios egipcios y el culto a los dobles corporales en piedra de los cuerpos momificados, de manera que uno de los espíritus del difunto, el ka, siempre pueda encontrarse con  un soporte material indestructible, la estatua, entendida como doble del embalsamado, en el que insertarse, una concepción de la estatuaria antropomórfica que los griegos tomaron en sus representaciones de kuroi y kores (imágenes funerarias de jóvenes de pie colocadas sobre las tumbas para evitar el desamparo de las almas o psiques, tras la descomposición del cuerpo enterrado).

Elefantiasis





























Fotos: Tocho, El Cairo, marzo de 2026


La elefantiasis es una enfermedad que provoca la hinchazón y la deformación de los miembros inferiores hasta impedir el desplazamiento.

Metafóricamente, la palabra se refiere a una obra fuera de toda medida, monstruosa, que nada tiene que ver con la función que tenía que cumplir. Una obra hinchada e henchida, y en el fondo inútil, innecesaria, como si hubiera crecido sin control y sin atender a las necesidades a las que se hubiera tenido que responder.

La Roma imperial produjo templos egipcios, cuando Egipto cayó en manos romanas, que parecían seguir modelos inmemoriales, pero afectados por el gigantismo. Esta imagen desproporcionada se cultivó también  en el siglo XIX y ha acabado por convertirse en la imagen paradigmática de la arquitectura del Egipto faraónico: una arquitectura que hubiera crecido sin sentido.

Sin embargo, las tumbas eran espacios modestos, y los santuarios egipcios consistían en una adición de templos o capillas mesuradas, que se adosaban y se articulaban , siguiendo un eje a menudo longitudinal, a construcciones precedentes. El tamaño considerable de los templos era el resultado de la suma, a lo largo de milenios, de construcciones masivas pero a escala humana. No respondían a un plan premeditado descomunal.

Mas, pese a la cercanía de mastabas del imperio antiguo, en Giza, conformadas interiormente como moradas en las que los espíritus tenían la sensación que seguían en sus casas terrenales, es la Roma imperial decadente y su sueño de un Egipto monumental la que parece haber soplado en la periferia de las pirámides de Giza, un soplo diríamos que poco tenía que ver con la arquitectura egipcia, concebida no para impresionar y empequeñecer, sino para la vida doméstica cotidiana. Los muertos “vivían” como los vivos, trabajando diariamente, y los mismos dioses descansaban en moradas que no se apartaban demasiado de los modelos humanos. La elefantiasis no era imaginable. Las pirámides sí eran monumentales, como toda escalera que uniera el cielo y la tierra. Pero en la pirámide no se vivía. Se trataba de una zona de paso que mediaba entre dos mundo alejados entre sí, pero que no se daban la espalda.

El resultado es un nuevo museo, recientemente inaugurado, aunque aún no concluido -y ya decadente, entre la mastaba y la pirámide,  enfrentado a barrios misérrimos, rodeado de aparcamientos propios de zonas industriales, conectados por pesadas pasarelas, que hubiera querido rivalizar con un centro comercial (un “mall”, extendido indefinidamente) o con naves de la industria espacial, es decir fuera de escala y de cualquier función museística, saturado de guiños “piramidales”. La tumba convertida en un espectáculo (polvoriento).

El interior oscila entre el parque temático y un museo con vitrinas, pero escasos textos y apenas información sobre las obras expuestas, empequeñecidas por la desmesura de los espacios -que siguen el error de la planta libre por la que se deambula sin saber por dónde ir-, hasta haber convertido la pequeña tumba de Tutankhamon en un museo descomunal dentro de un museo aún más desaforado, logrando, debido al gigantismo espacial a anular las obras más hermosas. 

Y pronto, en Barcelona….(sin que se posean obras tan brillantes como las que tratan de levantar la cabeza en el museo de El Cairo).