Se han escrito textos, como los cuatro evangelios canónicos, y una pléyade de evangelios apócrifos, atribuidos a autores que nunca pudieron haberlos redactado -por haber vivido decenios o siglos antes de su redacción. Encontramos hermosas obras cuya autoría recae en escritores que nunca existieron, se les conozca desde siempre con nombres como Homero, María Magdalena o Salomón. Existen una multitud de creaciones literarias falsas, es decir, firmadas por autores reales que nunca los escribieron, como algunos diálogos de Platón o cartas de Pablo; textos de autoría dudosa, discutida; sabemos de composiciones que incluyen párrafos de otros autores que no se citan. Se conocen obras teatrales de un escritor como Shakespeare de las que bien pudieren haber sido escritas por Marlowe. Que la duda de si grandes dramaturgos barrocos franceses plagiaban obras del rival -para acallarlas, apropiándose de ellas-, se inspiraban en ellas o trataban emularlas? Se han redactado incluso falsificaciones intencionadamente, buscando engañar. Desde el segundo Quijote de Avellaneda (un autor por otra parte inexistente), hasta poemas celtas atribuidos a Ossian, un supuesto bardo sajón, que fueron, en verdad, una (magistral) invención dieciochesca. Escritores hubo que encargaban novelas a “negros” -a autores mantenidos en el anonimato- para mayor gloria de aquellos: ¿cuántas novelas fueron firmadas, pero no redactadas por Dumas?
Mas, la concepción de la autoría en la antigüedad occidental era muy distinta a la noción moderna o contemporánea. Un texto deslumbrante solo podía ser obra de un ser superior, un dios, un héroe, un espíritu. Así ocurre con los libros de las principales religiones monoteístas. Está falsa atribución no pretendía engañar, sino honrar el escrito considerado a la altura de lo que un inmortal bien pudiera haber creado. Los derechos de autor estaban ya reconocidos en el siglo XVIII, pero solo devinieron internacionales un siglo más tarde -salvo en países colonizados.
Hoy se puede citar la obra de otro autor y reproducir fragmentos indicando la procedencia. Por este motivo, obviar la referencia convierte un original en un plagio. El trabajo de un autor consiste en la copia a escondidas de la obra de otro escritor, a menudo de menor fama. La noción de intertextualidad es un astuto intento de redimir el plagio, sosteniendo que un texto solo adquiere un determinado sentido en función del contexto en el que se inserta.
Es por este motivo que cabe preguntarse si el fallecimiento de un escritor afamado, como leemos estos días, condenado por numerosos plagios en su día, lo redime del descrédito, como si la muerte de un ladrón lavara sus faltas. Si la originalidad es un criterio para ensalzar a una obra, su ausencia conlleva el ninguneo. Por el contrario, si la existencia de plagios da la clave de la importancia de un texto, la fama debería recaer en el plagiado, no en quien plagia.
La cita, que reconoce la primacía y la importancia de un texto, es un homenaje que engrandece a ambos autores: a quien se cita y a quien tiene la inteligencia de destacar lo que otros autores ya han escrito sobre un tema. El plagio, en cambio, echa sombra sobre la creación. Los textos solo tienen sentido dentro de un contexto, en efecto, y en un texto resuena el eco de múltiples voces -que un autor que reconoce que forma parte de una tradición no acalla. El plagio, por tanto, silencia las voces que copia. Y el silencio es el advenimiento de la muerte (de la creación artística personal o colectiva).
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