domingo, 17 de octubre de 2021

Inmersión

 




La palabra inmersión ha saltado del vocabulario del buceo y de las clases de lenguas en países extranjeros al mundo del arte.

Su significado náutico ya da pistas sobre lo que la inmersión implica: estar rodeado en un entorno extraño y latentemente peligroso en el que se ve con dificultad y requiere estar permanentemente conectado a una máquina: es decir, la inmersión ofrece una experiencia antinatural, y expone a quien la vive a un lugar que no le corresponde.

No cabe hoy pensar en una ciudad que no ofrezca una exposición inmersiva. Éste consiste en fotografías brillantes y coloreadas de tamaño descomunal, proyectadas en cuatro paredes, el techo y el suelo en ocasiones, de obras de arte célebres o de artistas conocidos y “mediáticos” (Gaudí, Klimt, Dali, Monet, Van Gogh) en cuyo centro se ubica el espectador. Las proyecciones de imágenes fijas o en movimiento, en una estancia necesariamente oscura, se suceden a ritmo lento o mareante, y muestran, en superficies lisas y brillantes como en un espejo, detalles de un o unos cuatros.

Se ha llegado a decir que este tipo de exposiciones suplantaría a la contemplación de las obras originales.

Los artistas escogidos suelen ser autores de obras coloristicas, cargadas de detalles ornamentales, con escenas insólitas que se convierten en imágenes fantasiosas cercanas a la imaginería de la ciencia ficción. La multiplicación de proyecciones causa cierta sensación de desorientación, como si se quisiera seguir al pie de la letra el dictado según el cual el arte es una ventana que  expone a quien lo contempla ante -o, idealmente, dentro de- otro mundo. 

La inmersión ofrece por tanto la posibilidad de observar detalles agigantados de una pintura, desgajados del conjunto, u presentados como si fueran cuadros autónomos.

La publicidad juega ambiguamente con lo que ofrece este tipo de exposición. Evita reconocer que se trata de una muestra de reproducciones fotográficas por razones obvias, e insinúa que permite contemplar originales de un modo que los originales no permiten.

Lo primero con lo que juega la inmersión es con el agigantamiento de la imagen. Las proyecciones no respetan el tamaño de las obras. Tampoco lo hacen las reproducciones fotográficas en una publicación o una pantalla televisiva o de ordenador, ciertamente, pero las reproducciones nunca pretender sustituir una obra original. Solo documentan su existencia, sin querer ofrecer la misma “experiencia” que el contacto directo con la obra. La inmersión, por el contrario, pretende obviar el original, haciendo que la contemplación de aquél sea innecesaria. La inmersión ofrece “más”, suple la parquedad “emocional” que un cuadro ofrece, cuya contemplación exige tener los sentidos alertas y la razón despierta. La razón es innecesaria, ineficaz e inútil ante una inmersión. Es decir la inmersión impide pensar, busca voluntariamente la suspensión del razonamiento. Ofrece una “experiencia” sensible sin posibilidad de razonamiento, una experiencia superficial (una expresión que es un oximorón: la unión de dos palabras antiteticas, una experiencia no pudiendo nunca ser superficial, olvidarle al momento), que no puede ni quiere dejar huella, una experiencia que no puede serlo.

Lo más característico de la inmersión, sin embargo, es que anula el precepto básico del juicio estético: el mantener las distancias con la obra, la contemplación distanciada, atenta, educada, respetuosa, que reconoce que la obra no se deja poseer, que ofrece la experiencia de la alteridad, de lo que es distinto de mi, y que me obliga a desplazarme con cuidado y a detenerse para tratar de apreciar lo que se revela lenta y de manera siempre completa. Nunca se llega a apreciar, a entender completamente una obra, que siempre guarda un as en la manga, e invita a un nuevo encuentro. El arte, tal como se concibe en occidente desde el siglo XVIII, no envuelve al espectador; éste siempre queda fuera y lejos, precisamente porque la fascinación del arte reposa en su carácter enigmático, en la distancia que mantiene y el repliegue que ejerce si creemos que podremos entender lo que ofrece, y prescindir luego de él, sin que se requiera ninguna consideración posterior. El arte exige que guardemos las formas, que aceptemos que las imágenes no son como nosotros ante estén cerca de nosotros. Son un señuelo que atrae y guía, pero que debe ir siempre delante para poder seguir ejerciendo de guía. El arte está más cerca de la Laura de Dante que del flautista de Hamelin, que lejos de buscar elevar a quienes le siguen, pretende descarriarlos. En cuanto hacemos de la imagen un sayo y nos envolvemos con aquélla, la imagen se apaga. Ya no le prestamos atención.

Las exposiciones inmersivas ofrecen una experiencia -si es que de experiencia se puede hablar- contraria a la que una exposición de obras de arte proporciona. Brinda un placer fugaz, entretiene un rato, nos libra de hacernos preguntas, como en un barracón de feria. Es decir, nos vuelve más obtusos, estúpidos, al mismo tiempo que alienta las arcas de los astutos organizadores. 


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