Sí, son imágenes de rascacielos, una tipología arquitectónica que difícilmente encaja con la imagen de una casa de ensueño. El nombre que la escultura ruso-ucraniana-norteamericana Louise Nevelson otorgó, en los años setenta del siglo pasado, a un conjunto de treinta y siete esculturas de gran tamaño -la altura de la propia artista-, construidas con fragmentos de madera hallados en las calles, pintados de negro. Que sean fragmentos ensamblados otorga una insólita fragilidad y humanidad al frío deseen de un rascacielos.
Pero se trata de casas, ciertamente, y de casas soñadas: poseen amplías ventanas abiertas -y no muros de vidrio reflectante en los que las ventanas están proscritas-, en las que es posible asomarse para otear el interior. Alguna fachada dispuesta como una puerta entreabierta acentúa el carácter acogedor de estas moradas superpuestas, cuya verticalidad no es drástica, sino que presenta algún quiebro, una ondulación apenas, como si la construcción se asemejara a un cuerpo humano erguido representado no en posición de firmes sino con la técnica del contraposto, descansando más en una pierna que en otra.
Nevelson reconoció la fascinación que ejercen los rascacielos, sobre todo los anteriores al anodino estilo internacional, pero supo mostrarlos como un conjunto articulado de espacios propios abiertos al mundo -y no hieráticos, adustos, cerrados al mundo: sin duda, unas moradas ideales, que solo existen en los sueños.











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