domingo, 26 de julio de 2026

Educación

 ¿Puede la educación casar con una falta de educación? ¿Se puede saber y ser malhablado?

Curiosamente, la palabra educación, en latín, no significa lo que hoy significa dicha palabra, pero los dos sentidos del verbo latino educo (educare) permiten entender bien lo que la educación implica para nosotros.

La educación, en latín, no se aplica a los humanos , sino a los animales (y a las plantas). La metáfora cristiana (latina) del buen pastor quien guía por el “buen” camino a los fieles que les siguen, y evita que se pierdan, proviene de lo que educar, en latín, significa, y de quien ejerce dicha tarea. Un educador es un pastor (o un jardinero). Cuida de su rebaño -o del jardín, limpiándolo de las malas hierbas, regándolo y enderezando los tallos que se tuercen, se desvían de su recto crecimiento. El jardinero, el cultivador o agricultor, por fin, recoge las semillas y siembra, dando vida así al jardín, al campo cultivado, es decir, tratado con cuidado por la mano del hombre, que lo dispone para que la vida prenda). 

El pastor protege de las alimañas. Evita que ningún animal se pierda. Vela por su bienestar. Los lleva a pastorear y los devuelve al establo, evite al fin que queden a la intemperie. Gracias a sus cuidados, los animales crecen y llegan a la edad adulta. Se desarrollan sin problemas y llegan a “ser” lo que tienen que “ser”. Su completa transformación se alcanza gracias a los cuidados del pastor,  a sus desvelos, su función educativa.

Educar, en latín, tenía un segundo significado, que despliega matices latentes en las funciones del pastor. En este segundo significado, el educador es una comadrona: la persona que ayuda a alumbrar, y facilita la entrada de un nuevo ser a la vida. La vida de éste está en buenas manos -el gesto, y no solo la palabra, educa y orienta- depende de la presencia, y del buen hacer de la comadrona, la parturienta, más precisamente. Recordemos la para nosotros excéntrica comparación que Sócrates, en su trato con sus discípulos, establecía con una parturienta. Dicha relación no era antinatural o forzada, ni una burda metáfora, sino que emanaba de la función del educador, en latín y en griego. Un educador facilita la vida.

 Mas, su tarea no concluía con el parto. Educar es una palabra compuesta a partir de la partícula adverbial o prefijo ex-, que significa fuera, y del verbo latino duco (ducere), que significa conducir. Con lo que regresamos al primer significado del latín educo. Un educador es, además de una parturienta, un guía. Su labor es necesaria para que quien entra y transita por la vida no se confunda (confundir viene de la palabra fosco, oscuridad). El educador, a la cabeza del grupo (la clase), aporta luz. Explica -es decir despliega lo que está plegado, cerrado, para que la luz llegue a lo que, por estar plegado, estaba oculto, fuera del alcance de la vista y de su conocimiento-, y señala qué caminos u opciones son seguras. El educador, desde luego, no sigue necesariamente caminos trillados. Explora nuevas vías, a fin de hallar lo que facilitará el tránsito de quienes les siguen, ofreciéndoles el viaje más enriquecedor. Educar es invitar a un viaje por la vida, descubriendo la compleja orografía, los obstáculos, y los lugares más altos desde los cuales se percibe mejor el mundo. Advierte, señala, aconseja, pero deja entera libertad a quien desea proseguir haciendo caso o no de las advertencias o explicaciones. Educar es animar con buenas palabras -la mala educación no conduce a nada, en el sentido literal: lleva al vacío, a un vacío de contenido, nada aporta- a emprender el viaje, siendo conscientes que no siempre se llegará a buen puerto y se deberá buscar una nueva senda, sin miedo ni desánimo. 

El animador da vida a un grupo, le abre los ojos, y les descubre un mundo. El educador cuida, eleva (un significa del verbo latino educare: enderezar, ayudar a reencontrarse con el recto camino, dotando a la labor educador de un contenido ética: se busca el bien de quienes siguen, y se les desea el mejor de los viajes), rectifica y recupera a quien se ha desorientado o se ha dejado caer. 

Y recibe el premio más gratificante, cuando cede el paso a quienes le seguían y descubre que podrán llegar hasta donde  no pudo llegar -desde donde le contarán lo que no alcanzó a ver cuando, siguiendo a su propio educador, emprendió el camino. El educador, en fin, es una cadena de transmisión, y forma parte de esta cadena, es decir, mantiene unido al grupo, con el que está unido, evitando, resolviendo conflictos, desavenencias, desuniones. consciente que pronto, quienes le siguen tomaran el relevo y le sustituirán. 

Es entonces cuando sabrá que ha llegado a buen puerto, puede retirarse, cumplida la misión. Si, un docente es, literalmente, un misionero, es decir un liberador, que ayuda o invita a romper las cadenas de la ignorancia y la ceguera que entorpecen o impiden el recorrido, que eviten andar a ciegas y dar golpes de ciego: un enviado, en resumen -que tal es, en efecto, uno de los significados del latín missio, con lo que regresamos a la tarea del buen pastor y a unas imágenes que asociamos a las tareas pastorales, que no son religiosas , o lo son en sentido literal: tareas que permiten religar o unir los miembros de una miens comunidad para que juntos, emprendan la exploración y los cuidados del mundo-.

Con la duda de si hemos cumplido con la  tarea encomendada….

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