El diluvio, un motivo mítico común en muchas culturas, vino del cielo. Durante días o meses la lluvia anegó la tierra y ahogó a todos los seres vivos -menos unos pocos supervivientes elegidos protegidos en una nave-, como castigo, decidido por el cielo, por el peligro o el ruido que acarreaba una humanidad desbocada y que se multiplicaba.
Pero no siempre fue así.
Un poema mesopotámico tardío, del siglo VII, sobre el violento dios de la guerra, llamado Erra, y su fiel escudero, que como en toda pareja de héroe y servidor, trata de contener la furia desbocada y la crueldad sádica de su mentor, ofrece una visión distinta del cataclismo que marcó para siempre la historia de los humanos, y ofrece una lectura premonitoria de la relación entre dioses y hombres.
Erra, dios de la guerra, no podía declararla -ejercer la violencia era su misión, su razón de ser- porque el padre de los dioses Marduk velaba por la armonía del mundo. Era necesario que éste tuviera que abandonar su morada a causa de un problema grave. El problema existía: no era necesario inventarlo: su estatua de culto, su doble o su personificación material en el corazón de su morada en la tierra, el templo, estaba descuidada. Daba una mala imagen de la brillantez y la irradiación divina. Marduk tenía que tomar cartas en el asunto, le aconsejaba astutamente Erra. El descrédito, ante una efigie mortecina, le amenazaba.
Marduk no cayó en la trampa. Sabía que si se ausentaba la armonía del cosmos se resquebraría. Recordaba que una vez, furioso por el griterío humano que ascendía de la tierra, se retiró dando un portazo. Apenas desapareció, las estrellas se desplazaron y el orden celestial quebró. El diluvio se desencadenó: Marduk describió lo que aconteció fatalmente como un diluvio (abūbu, Poema de Erra, I, 132), ciertamente -y, en efecto, el mortal peligro estuvo relacionado con las aguas, pero no con un exceso, sino por su falta-: el diluvio fue, en verdad, una sequía inconcebible que acabó con toda la vida en la tierra ;al menos en una primera declaración de Marduk, que corrigió luego, o de cuyo aniquilamiento ofreció entonces una segunda causa: la subida de mû, es decir de las aguas, que causaron un illu, un diluvio (I, 171). En cualquier caso, sequía o diluvio, cara o cruz, no fue provocado por las aguas del cielo, sino de la tierra: la bajada o la subida de las aguas freáticas, resecando o anegando las tierras de cultivo, causadas por un resquebrajamiento del orden cósmico.
A la vista de la extinción de toda muestra de vida, causada por su ceguera -la rabia, la furia le cegó-, Marduk se arrepintió e intervino. Si la vida retornó fue gracias a su intervención. Actuó como un simple agricultor (ikkarum, I, 138). Sembró la tierra. Echó las simientes (zērīu). Casi que podríamos decir que se hizo hombre, y actuó como un simple mortal inclinado sobre la tierra labrándola, muy lejos de la majestuosa acción divina llamando a los seres a mostrarse ante su vista, o modelándolos con barro. La divinidad no dio órdenes ni actuó como un artesano o un artista, sino como un campesino que trabaja la tierra: una imagen que humaniza a Marduk, y equipara su obra con una tarea humana. De algún modo, Marduk recreó la vida con el sudor de su frente, si podemos arriesgarnos a esta comparación bíblica.
En cualquier caso, si Marduk no se encarnó, tampoco se disfrazó de ser humano, sino que asumió la dura tarea de los humanos que labran la tierra para conseguir su subsistencia. Y la vida retornó. El benéfico Marduk no olvidó las consecuencias de su falta y ya no abandonaría más su morada.
Aunque, hoy….
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