“Ejecuta a pequeños y a adultos,
No perdones ni a un recién nacido aferrado al pecho de su madre;
Después de lo cual, pilla todo lo que encuentres (…)
Vierte la sangre derramada, como si de agua se tratara, a las alcantarillas:
Desgarra las venas de las víctimas
Para que la sangre se derrame hacia el río (…)
Quiero golpear a los poderosos y aterrorizar a los débiles,
Degollar (…)
Socavaré los muros,
Destruiré los monumentos,
Suprimiré lo que ennoblece a cada ciudad,
Secaré los pechos
Para que ningún recién nacido sobreviva.
Taponaré las fuentes
Para que los cursos de agua se sequen
Y el agua devenga un bien escaso (…)
Haré que el resplandor de los planetas se esfume
Y borraré las estrellas del cielo….”
Estas amenazas, y otras similares -devolveré el país a la Edad Media, muy poco quedará del país, estrangularé, tomaré represalias “sísmicas” (¿?)….- no nos son desconocidas. Pero no son de hoy, como las anteriormente citadas. Datan del siglo VIII aC, aunque fueron pronunciadas en y contra tierras parecidas a las antes mencionadas .
La epopeya de Erra es un aterrador mito mesopotámico tardío, quizá la última obra maestra de la literatura del próximo oriente antiguo, escrita por Kabti-ilâni-Marduk, hijo de Dâbibu, o, mejor dicho, según las palabras del poeta, transcrita, tras el dictado en sueños recibido de Išum, el escudero de Erra, el sanguinario dios de la guerra sirio. Un poema dictado por una divinidad.
Esta impresionante epopeya narra la impaciencia de Erra, adormilado tras años de paz. Se siente minusvalorado, dejado de lado. Su fuerte es la fuerza ejercida con violencia y sin piedad. Suyos son los cataclismos y las catástrofes, las matanzas y las destrucciones, asesinatos y ejecuciones, la conversión de la tierra en un infierno, suya es la furia en el corazón de los hombres, que el pacífico Išum trata de contener.
Mas, Erra no podía operar libremente, destruyendo el mundo, si el padre de los dioses, el benéfico Marduk, estaba atento. Necesitaba que Marduk se ausentara, por lo que Erra trataba, con éxito más de una vez, de engañar al dios padre, forzándole a abandonar su palacio para ir al rescate de un incidente inexistente. En este intervalo de tiempo, Erra desencadenaba tempestades y atrocidades, sin que su escudero lograra calmarlo.
Erra era el dios modélico de los emperadores neo-asirios, como Asurbanipal. La violencia que los monarcas practicaban tanto contra potencias exteriores como Babilonia, como en el interior del propio imperio, estaba legitimada, porque Erra la había ordenado o instigado. La violencia que ejercía el emperador era una muestra de su condición casi divina. Se comparaba, se igualaba con Erra. La sangre vertida, las ciudades incendiadas testimoniaban de la supremacía, de la condición casi sobrenatural del emperador. Sus actos no eran gratuitos. Seguían las pautas que Erra, ante el que hasta los demás dioses se encogían, imponía.
Erra, al igual que el vengativo Yahve, sigue en los cielos. Y casi cada día, manifiesta su omnipotencia.
Pero ya nadie debería escudarse en dictados divinos para justificar sus actos. Ninguna tierra ha sido entregada por los dioses a un pueblo, como nadie ha nacido de las entrañas de la tierra para defender su arraigo, condenado al desarraigo a quienes migran. Erra es un comodín demasiado fácil.
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