domingo, 30 de julio de 2023

La imagen del poder (interiorismo)

























 


Die Kunst im Dritten Reich es una revista alemana elegante y espeluznante que se publicó entre los años 1937 y 1944. Dirigida por el arquitecto autor del interiorismo de los despachos de Hitler en Múnich y en la Cancillería de Berlín -en este caso, un despacho provisional, a la espera de un despacho de novecientos metros cuadrados-, la revista, muy bien editada, promovía un arte de exaltación aria -imágenes de campesinos entregados a las labores del campo  y jóvenes rubios en pantalón corte entregados a los designios del Führer-, y una arquitectura tan desmesurada como la inabarcable Cancillería de Berlín, en cuyo interior, al final de altísimos pasillos versallescos inacabables se ubicaban las estancias de trabajo de Hitler, destinadas a empequeñecer y acobardar el ánimo de las personas autorizadas a entrevistarse con el Führer. Un estilo neo-clásico, entre soviético, imperial y de otro Adolfo, el arquitecto Adolf Loos, forrado de mármoles , alfombras, tapicerías y cuero, pletórico de sillones como en una sala de espera en la que se achica el visitante, dominaba el interiorismo de las estancias del líder supremo, un entorno opresivo y siniestro, en el que la luz natural no entrada, de colores oscuros y techos desmedidos y que revela bien como la arquitectura y el diseño interior fue -y es- la máxima expresión del poder absoluto, una horrísona muestra de las intenciones del dueño. La visión de estos interiores que la revista publicaba ya anunciaba, en 1937, lo que iba a iniciarse dos años más tarde


Agradecimientos al arquitecto David Mesa, doctorando de la Cátedra de Historia de la Escuela de Arquitectura de Karlsruhe, y al catedrático de la misma el doctor Joaquín Medina, por la invitación, la autorización para fotografiar, a medianoche en un sótano, números de la revista de y en la biblioteca de la cátedra y de la colección personal de David Mesa, y el descubrimiento de una realidad que se debería divulgar en estos momentos para que nunca más se tuviera siquiera la tentación de echar la vista atrás. 

Muchos despachos de autoridades actuales  no se desmarcan demasiado, estilística y quizá teológicamente, de los que se ubicaban en la Cancillería alemana en los años cuarenta, perfectamente proyectadas y construidas para encoger los ánimos.




sábado, 29 de julio de 2023

Maestro artesano ( albañil, carpintero)




 La formación de un artesano, en Alemania, exige tres años de estudio: uno de teoría y uno o dos más de prácticas en un centro profesional. 
El título de maestro artesano requiere un año más: un año completo especial (similar a lo que acontece en Francia)/
Quien aspira a este reconocimiento debe de trabajar durante un año, sin cobrar dinero, tan solo en especies: alojamiento y comida, siempre a más de cincuenta quilómetros de su casa.
Debe de viajar incesantemente -o tiene billetes de tren gratuitos-, vestido con un sombrero de copa -que suele llevarse con el pelo muy largo-, una chaqueta, un chaleco (obligatorio) y pantalones acampanados, todos negros, botas de tiro alto negras con bolsillos para unos mínimos útiles de trabajo, un bastón, y un zurrón con un mínimo de ropa. 
Los maestros artesanos en formación se reconocen por su manera de vestir, por un lenguaje secreto (un saludo cifrado), y por la búsqueda de trabajo gratuito. Suelen obtenerlo dada la calidad de la formación. En el caso de no hallar trabajo, pueden acudir al alcalde quien, si son capaces de recitar un largo poema, debe ofrecerles un techo y comida a cargo del erario público.
Este largo ritual iniciático, de origen medieval, solo es obligatorio -un cuaderno de notas al día certifica las pruebas superadas- para quien aspira al título de maestro. Un artesano u operario convencional, peor pagado y considerado, no necesita este complejo aprendizaje casi religioso que, sin embargo, se sigue practicando con éxito en 2023.  
Nada de esto existe en España. De ahí la peculiar calidad del trabajo artesano, por ejemplo, en el mundo de la construcción.





miércoles, 26 de julio de 2023

Pensar, pesar


Solemos oponer la materia y las ideas. La materia es densa, opaca y pesante. Las ideas, luminosas y aéreas, y se cazan al vuelo. La primera cuesta desplazarla; por el contrario, cambiemos fácilmente de “idea”. 

Mas, pensar y pesar son acciones que poseen una misma etimología. Son, en verdad, acciones o decisiones semejantes, y que conllevan consecuencias parecidas. Un mal cálculo del peso de un edificio acarrea su hundimiento, que pone en peligro vidas humanas. Pensar “mal” causa un daño, a veces irreparable, a una persona o a una comunidad. 

 Pensar consiste en sopesar los pros y los contra, los argumentos a favor y en contra. Las afirmaciones y las negaciones se agrupan y se evalúan  a continuación. Cada una tiene su propio peso que inclina la balanza a uno u otro lado. Del mismo modo, acabamos por inclinarlos hacia un  determinado pensamiento.  

Pensar requiere tener conciencia del peso de cada decisión. Los pensamientos, las decisiones pueden pesarnos durante mucho tiempo. La elección conlleva consecuencias. Nada ni nadie se libra. Ninguna se puede tomar a la ligera. Pero no podemos ser pesados, so pena de llevar a un error en la elección por cansancio. Pensar es una acción grave. La gravedad de las decisiones, en ocasiones, puede pesarnos en exceso, sin que podamos librarnos de la carga o responsabilidad (que cae sobre nosotros). Aquélla obliga a tomar partido (tal es el significado de la palabra responsable).  No se puede bromear, ni decidir sin detenimiento. Los argumentos deben ser estudiados, palpados, medidos (la medición de la carga y el tamaño son consustanciales con un pensamiento, que exige tener ojo para calibrar, es decir ajustar la balanza, la importancia y la relevancia de lo que de usamos), a fin de tener en cuenta su coherencia. Los castigados por su falta de mesura, por su ceguera o ambición, en la Grecia antigua , estaban condenados, en el Hades, a acarrear pesos insoportables, para que fueran conscientes para siempre, cada día y noche, del daño cometido por un pensamiento, una decisión equivocada. Las consecuencias de un “mal” pensamiento pueden ser funestas. Puede pesarnos de por vida una elección errónea sin vuelta de hoja. Pensar obliga a negar las evidencias, a desechar las soluciones fáciles -cuyas consecuencias nos doblegarán de por vida-, a evitar precipitarnos, a no decir que sí de buenas a primeras, sino que exige tener claro la obligación a la que nos sometemos. 


Se recomienda el maravilloso tratado primerizo, escrito para estudiantes, de Jacques Derrida, cuando era profesor de bachillerato (y por tanto, legible) : Penser, c’est dire non, recientemente publicado, sesenta años más tarde de su redacción, un texto que comenta, en cuatro lecciones, un dicho o aforismo del escritor y pensador (nunca mejor dicho) francés Alain.



JOSEPH CRÉPIN (1875-1948): “PALACIOS MARAVILLOSOS”

























 Agradecimientos a Emmanuel Guigon por habernos descubierto a este artista.


El francés Joseph Crépin era técnico en construcción: electricista y carpintero, especialista en reparar tejados y cañerías. En sus horas libres tocaba en una orquestina de baile. Y se dedicaba al espiritismo. Curaba con la imposición de sus manos.
Pasados los sesenta años, ya en plena Guerra Mundial, recibió un aviso. Los ángeles le iluminaron. La voz de los muertos le alentarían.  Tenía que pintar , con una técnica secreta-como así fue-, trescientos cuadros. Cuando hubiera cumplido con la orden, la Segunda Guerra Mundial concluiría. El cinco de mayo de 1945 dio las postreras pinceladas a  la última obra. Aquélla misma tarde, Alemania capituló . Pintó entonces cuarenta y cinco cuadros más, con una temática distinta. Falleció dos años y medio más tarde.
Las imágenes inspiradas por los muertos representan templos y palacios. Éstos se muestran de frente. La vista es frontal. Desconocemos si son algo más que una fachada. Ésta no se alza sobre un podio, sino que descansa en la tierra. Parece accesible, como si estuviera al alcance de la mano. Tan solo, en ocasiones, unos pocos peldaños conducen a una puerta cerrada. El vacío, sin embargo, envuelve a los palacios, impidiendo saber que son construcciones tangibles y cercanas, o ilusiones. Edificios simétricos organizados alrededor de un eje, cubiertos con cúpulas. Constituyen un gigantesco telón de fondo. O una frontera. Parecen impenetrables. Nadie, salvo seres amados, ocasionalmente, los habitan o, mejor dicho, los rondan. Los palacios deslumbrantes son apariciones. Se abren al espectador. No se diría que se pudieran atravesar. No sabemos a qué abocan, qué esconden, a qué paraísos o a qué infiernos abren la puerta. No son siniestros, sino seductoramente atractivos. Pero cerrados a cal y canto. Son una barrera, un límite o una entrada a un mundo desconocido. 
En los estudios de arquitectura seguimos enseñando las siniestras ensoñaciones de autores cómo Le Corbusier -que se tienen que estudiar como un sombrío aviso-. Nada de Crépin que la mayoría desconocemos. Y sin embargo pueden ser una puerta a un mundo desconocido que quizá valga la pena atrevernos a explorar (sin red) .