sábado, 20 de septiembre de 2025

ALEX DA CORTE (1980): LA CASA FANTASMA


 




















No, no es un error.

La casa fantasma no es una obra del artista venezolano-norteamericano Álex da Corte, sino de los arquitectos Denise Scott-Brown y Robert Venturi: una escultura y un espacio público que recrea, en su lugar de origen, la destruida morada de Benjamin Franklin, gracias a quien la colonia británica se independizó de la metrópoli, en Filadelfia.

Esta casa, sin embargo, inspiró la instalación de Álex da Corte: una casa construida -o delimitada- con neones de colores: una casa sin paredes ni puerta, donde todo está a la vista, presidida por un televisor gigante. Una casa sin secretos, donde nada se esconde, con todo a la vista de todos. Un aparente refugio en el que el único refugio para olvidar lo que acontece alrededor es la pantalla del televisor. 

La casa abierta a los cuatro vientos es un horror y una pesadilla. Un refugio requiere soledad, y un corte con el entorno; paredes que componen un mundo distinto en el que abismarse. La casa en la que todo acontece como si de un espectáculo ante todo el mundo encoge y cohibe. Lo que ocurre está sometido al escrutinio general. Los colores infantiles que se asocien con la inocencia se vuelven horribles, y la casa abierta se transforma en una cárcel, siempre iluminada, donde la felicidad es de obligado cumplimiento. Cualquier otro sentimiento aparece como una muestra de ingratitud y egoísmo: ¿cómo no se puede ser feliz en semejante entorno, en el que cualquiera, a cualquier hora, puede acceder, sin preguntar?

Las casas son lugares donde apartarse para que cada persona se “reencuentre” consigo misma, sin cuyo objetivo cumplido no puede acoger a los demás. Es necesario que cada uno haga las paces consigo mismo para poder abrirse. La casa siempre abierta, teñida con luces y colores que obligan a la felicidad, es una trampa que evita la reflexión, la vuelta sobre uno mismo, la toma de distancia que permite tener una mirada razonada y objetiva sobre lo que acontece. La ausencia de límites conlleva la falta de ordenación. Las pautas, las leyes dejan de tener sentido. Todo es posible; es decir, nada lo es. La vida se paraliza. 

La casa abierta de Álex da Corte es un sarcasmo sobre las periferias suburbiales coloristicas donde la felicidad es de obligado cumplimiento, un estado permanente y no un instante de regalo, un momento de bienestar, sin depender del escrutinio ajeno.


Véase, por ejemplo, la página web del artista: 

http://alexdacorte.com/


https://art21.org/gallery/alex-da-corte-artist-at-work/





miércoles, 17 de septiembre de 2025

Monumento

La palabra monumento, en una legua moderna de raíz latina, evoca un artefacto de grandes dimensiones que merece ser preservado y contemplado. Es objeto del orgullo de una comunidad. Tiene presencia. Se le considera y se le admira por lo que evoca -es un testimonio del pasado- pero también por su porte. Existen construcciones y estatuas que no sabemos bien qué significan y, sin embargo, son dignas de merecen nuestra atención por lo que son.

La palabra monumento deriva directamente del latín monumentum. Mas, esta palabra no designa exactamente lo mismo que nuestro moderno monumento. Un monumentum, en latín, es un artefacto que nos permite recordar. Diríamos que es un recordatorio. En sí mismo no tiene porque tener gran interés. Lo que cuenta es lo que trae a colación, el recuerdo de un hecho o una figura memorable, que sigue presente, que sigue viva gracias al monumentum: un activador de la memoria, al que solo se presta atención porque abre la puerta a lo que ya no está pero que debería estar.

Platón escribió -aunque parezca paradójico que lo pusiera paradójico- en el Fedro que el ejemplo de monumentum es la palabra oral. La palabra que se enuncia cuenta la verdad. La palabra apela a los seres y los enseres. Éstos acuden y se muestran a la llamada. La palabra invoca: monumentum también significa invocación, apelación, aviso y advertencia. La palabra enunciada llama a la presencia. Y las cosas y las personas invisibles, lejanas u olvidadas acuden. Y se muestran como son. La palabra oral no miente.

Por el contrario, Platón consideraba que la escritura, lejos de acercarnos a la verdad de las cosas y los seres, nos aleja de ellos. La escritura desdibuja, embellezca, oculta, se pavonea y miente. Pide ser considerada, evaluada, juzgada, no por lo que revela, sino por sus cualidades propias. Ante un texto escrito nos fijamos en su armonía, en la musicalidad de las palabras, y no en lo que dicen. Pueden no decir nada, ser vacuas, vacuas de sentido y, sin embargo, “sonar ” bien. La palabra escrita es bonita. Posee cualidades sensibles apreciables, detrás de las cuales posiblemente no haya nada.

 La palabra enunciada oralmente, en cambio, es bella. Tiene la rugosidad del tono, la sequedad de la precisión cortante. No se pierde en divagaciones. No usa digresiones ni soliloquios. No es zalamera. No busca despertar las pasiones. Se enuncia con voz fuerte. Tiene que llegar a muchos y despertar a quienes no están. Es una palabra que expone clara y certeramente lo que se tiene que saber. 

La escritura, mientras,  distrae. Levanta un muro, traza meandros, y el lector solo presta atención al sonido, no al sentido, sostenía Platón. 

La palabra enunciada exige atención. Se le debe prestar atención. Merece todas nuestras atenciones, porque, apenas pronunciada, desaparece. No deja una huella, como las negras trazas escritas o impresas, como pisadas de mosca, en una superficie. El oyente debe esforzarse en retener lo que oye. Si se distrae pierde el rumbo y el sentido de lo que se cuenta. Pero quien escucha, quien bebe las palabras, no olvidará lo que ha escuchado. Tratará por todos los medios de no perderse (nada), so pena de perder el hilo y confundirse. 

A un texto se puede volver en todo momento. No es necesario recordar nada, porque las palabras escritas están y seguirán estando ante nosotros. Las tendremos a mano. Para qué concentrase.

La letra, curiosamente, favorece el olvido. Leemos y apenas cerramos el libro o la pantalla, ya no sabemos lo que hemos leído. Y parece que no nos importe. Como si lo que hubiéramos leído no tuviera importancia. No tuviera nada que decirnos.

Verdad, la verdad a la que conduce la palabra enunciada, en griego se decía aletheia; una palabra que se opone a lethe. Lethe es el olvido. La verdad es la antítesis del olvido. La palabra escrita, que no merece ser recordada, es una palabra olvidable. Prescindible. Una palabra que se borra rápidamente de la memoria.

Por el contrario, la palabra enunciada es recordada. Abre a un mundo desconocido y lo pone a nuestro alcance, ampliando nuestro círculo. Abre la mente. Sea una palabra amable o no, hermosa o no, es una palabra que remite a lo que merece seguir estando entre nosotros. La escritura, por el contrario, alza un velo, atractivo, pero engañoso, pues recubre, embellece, y no cuenta, por tanto, la verdad, a veces difícilmente soportable. Miente sobre lo que nos afecta, sobre los hechos dolorosos, de los que podríamos aprender, si la escritura no nos los escondiera bajo un manto de palabras fútiles o inútiles .

Un monumento no se admira. Se admira su capacidad evocadora y lo que evoca. Es un medio, el medio para llegar a la verdad , casi siempre insoportable. Ante lo cual preferimos los cantos de sirena u desviar la mirada, como nos ocurre estos días, estos dos últimos años.


Para los estudiantes de cuarto curso de proyectos de la Escuela de Arquitectura en Barcelona, que deben estudiar un monumento, y para sus profesores y, en especial, para Félix Solaguren-Beascos, que nos ha forzado a pensar en lo que decimos cuando apelamos a la bondad de un monumento.


domingo, 14 de septiembre de 2025

El hombre-lobo






Una de las creaciones más fascinantes halladas en la península ibérica es apenas visible: tan solo un día al año, cuando la Real Academia de la Historia de Madrid abre sus puertas al público. Únicamente los estudiosos tienen autorizado el  acceso para contemplarla un día a la semana. Tampoco puede ser fotografiada. Las deficientes imágenes incluidas en este breve texto proceden de una muestra temporal de 2010 en la que se incluyó esta obra casi secreta -aunque muy conocida, sobre la que se han escrito numerosos estudios, que también proporcionan algunas imágenes. Se ha expuesto dos veces en el siglo XX, una en la Exposición Internacional de Barcelona en 1929.
Se trata de una pieza de bronce, de unos veinte por veinte centímetros. Debe de ser del siglo cuarto antes de Cristo. 
Fue desenterrada en el Cerro Matiz en la provincia de Jaén en la segunda mitad del siglo diecinueve. Se hallaron cuatro bronce similares. El conjunto fue dividido entre el Museo Arqueológico Nacional y la Real Academia de la Historia. 
Debían de formar parte de un carro de combate, enterrado junto a los restos de un guerrero de alto rango.

La obra se compone de un fragmento tubular sobre el que destaca una figura bifronte: el rostro de un joven por un lado, junto con la testa de un lobo en el lado contrario. La disposición de ambas figuras permite que las puntiagudas y amenazantes orejas del lobo asomen sobre el rostro del joven guerrero, concediéndole un inquietante, misterioso e irreal aspecto. Y, sobre todo, fascinante.
Ambos rostros, humano y animal, encajan perfectamente. Coinciden a lo largo del perímetro de unión. Están a la misma escala. Pero contrastan, al mismo tiempo que se corresponden. El joven es un lobo o, mejor dicho, el lobo es la cara oculta del joven; muestra en lo que el joven puede convertirse, simboliza los poderes del joven.

Al igual que en la cultura latina, el lobo es el animal emblemático de las culturas íberas. Debía de expresar poder e inteligencia. Las virtudes que debieren poseer o adquirir todo joven. 
El lobo, como bien se ha escrito, es un animal de los límites -como el oso en Grecia y en centroeuropa. Controla los límites. 
Éstos son imprescindibles para la salvaguarda, pero también para la composición armónica de una comunidad. Los límites protegen. Establecen una frontera mágica que impide que los peligros que acechan se inmiscuyan en los asuntos humanos. El límite, a su vez, evita que el ser humano se extralimite, y devenga una fiera, un fuera de la ley. Permite la contención. Traza un círculo en el que la vida comunitaria puede desarrollarse sin violencia. Marca la separación entre la humanidad y la animalidad, la civilización y la barbarie, entre el autóctono y el extranjero, entre quienes tienen derechos y los excluidos. En el círculo comunal se da la espalda a todo aquel, a todo lo que no tiene cabida, porque se teme que perturbe y desagregue el orden. En el círculo impera la ley. Fuera, la desmesura.
Controlar la frontera otorga un singular poder. Se puede controlar a la comunidad y se tienen relaciones con el exterior. Desde y a partir del límite lo desconocido se pone al alcance y aquél pierde su poder basado en la ignorancia en la que uno se encuentra acerca de lo que ocurre fuera del límite. De lo que no se sabe solo se espera lo peor. Por eso las dictaduras favorecen la ignorancia.
El guerrero tiene que ser un lobo, un hombre-lobo, para poder defender a su comunidad. Circula en el filo entre lo civilizado y lo indómito, entre la humanidad y la animalidad (en la que se incluye a la extranjería). Siendo un lobo podrá entender al lobo -que siempre actúa en manada, siguiendo la estela del jefe-, y preverá sus intenciones. Desactivará sus previsiones. Se anticipará a sus reacciones, y mantendrá a salvo a la comunidad, una comunidad a salvo de los lobos gracias a la presencia, siempre temible, del hombre-lobo, como bien exhibe esta maravillosa escultura, sin duda mágica, de probada eficacia, que debía de dotar de velocidad al carro sobre el que el hombre-lobo circulaba imaginariamente para otear los peligros y enfrentarse velozmente a éstos. El ser humano  es un lobo -para sus semejantes, que miran más allá de la frontera.
Bien lo seguimos viendo a día de hoy.

Agradecimientos a la RAH por la detallada visita de su espléndida y sorprendente colección -que incluye incluso dos relieves neo-asirios, los únicos en una colección española, creemos. 





sábado, 13 de septiembre de 2025

El lugar de la escalera en el arte y en la vida



 

Los templos, los dioses, los monarcas que se consideran dioses no pisan la tierra. Perderían su condición sobrenatural o inmortal (el corrector de texto, inesperadamente, se aferra a una corrección y anota, una y otra vez, la palabra inmoral)  si entraran en contacto con la materia. Devendrían mortales, perderían su condición para siempre, que les faculta para oponerse y vencer al tiempo.
Se muestran en el mundo visible, desde luego. Aparecen y se exponen. Pero desde cierta distancia. Mas precisamente, a cierta altura. Unos escalones se insertan para evitarles el mortal contacto con el suelo.

Las escaleras cumplen una doble  y contradictoria función. Ponen en relación y unen espacios, planos, estratos desconectados, separados, permitiendo, al menos a ciertas personas, ascender hasta niveles inalcanzables, o descender donde no deberían so pena de caer. La presentación de la virgen María en el templo de Jerusalén, o la primera aparición pública de Jesús acontecieron en lo alto de una escalinata. Ésta les permitió elevarse, signo de que eran humanos y no lo eran, y mostrarse. La escalera les permitió mantenerse aparte todo y revelarse.
Mas, simultáneamente, las escaleras separan. No todos pueden recorrerlas. Constituyen un obstáculo -que las agotadoras leyes actuales abolen en favor de las rampas interminables, que alejan aún más lo que debería acercarse. El largo y penoso ascenso por una rampa, como bien Dante describió en La Comedia, lleva a la fatiga, al agotamiento a quien emprende el camino, que cae exhausto a los pies de quien le espera en lo alto, manifestando así su inferior condición que la rampa interminable le ha hecho sentir. La escalera, en cambio, sortea rápidamente el desnivel físico y social.
 Pero no todos pueden abordar este viaje. La rampa iguala en la mediocridad: todos ascienden cansinamente, arrastrando lo pies. La escalera eleva al momento, pero solo a quienes se ven con fuerzas de emprender la ascensión.
Gastón Bachelard observó que aunque pareciera que las escaleras se recorren indistintamente en ambas direcciones, lo cierto es que existen escaleras ascendentes, que llevan a la luz, y otras que se adentran en las profundidades y encogen el ánimo. Nuestra visión del mundo está marcada por las imágenes que una escalera suscita. Subir eleva no solo físicamente sino que alza el ánimo y llena de gozo. El descenso, por el contrario, es ya un anticipo de la caída final.
La escalera, en suma, es el elemento arquitectónico que estructura y da sentido a la vida. Y la simboliza. Marca y pauta las etapas de la vida. El joven siempre se ubica ante la escalera, levanta la vista, y se siente con fuerzas de emprender un ascenso, marcado por descansillos, que, a medida de la elevación, invitan a una parada cada vez más larga, hasta que, alcanzada la cumbre, y descubriendo la vertiginosa escalera a nuestros pies, solo cabe emprender temerosamente el descenso, que querríamos lento pero que queda a merced de una caída sin retorno. 
Sin las denostadas escaleras , la vida sería plana. Es decir, no se avanzaría. No cabrían objetivos que alcanzar y obstáculos que debiéramos sortear sin miedo.






viernes, 12 de septiembre de 2025

DO HO SUH (1962): LA CASA NOS HABITA








 “La casa nos habita” escribió el filósofo francés Gaston Bachelard, a principios de los años sesenta, invirtiendo la frase. La casa no nos envuelve, no nos pesa. No cargamos con ella, como una cáscara vacía. Pero la casa va con nosotros, pese -o porque- a que parece un emblema de inmovilidad. Y, como un órgano interno, determina quiénes somos y lo que emprendemos. La casa nos guía. Es la casa la que nos anima a salir de ella, porque, en el “fondo” sabemos que está íntimamente unida a nosotros.

El artista coreano Do Ho Suh ha construido toda su obra escultórica y dibujada a partir del anhelo de la casa ideal, siempre un sueño íntimo. Una casa que no se busca ni se persigue en el exterior, sino que solo se alcanza introspectivamente. Un refugio al que se accede cerrando los ojos. Una casa que se construye a medida de nuestra vida, nuestras acciones y nuestros desplazamientos; nunca concluida, y, sin embargo, siempre perenne. La casa es lo único estable, lo que nos ancla en el mundo, sea una realidad o un anhelo. 

Del mismo modo que Proust quien descubrió que su obra estaba en él, aunque no la hubiera aún escrito, Do Ho Suh sabe que para construir hay que ensimismarse hasta hallar, entera, completada pero abierta, la casa en la que habitamos en sueños, que puebla nuestros sueños.


Una exposición actual en Londres debería ser el punto de partida de cualquier curso de arquitectura, o quizá deba clausurarlo, ya que solo apreciamos lo que tenemos después del viaje de una vida a la búsqueda de lo que, sin saberlo, tenemos en nosotros.

https://www.tate.org.uk/whats-on/tate-modern/the-genesis-exhibition-do-ho-suh


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Hogar maldito




 
Fotos: Tocho, téseras de maldición, Roma, Museo Arqueológico Nacional, Madrid 

Si creyéramos en la magia, cometeríamos menos atropellos y actos de violencia.

El repudio, la maldición, la proscripción, el rechazo, en Roma -y en Grecia- se llevaban a cabo mediante conjuros.

Se inscribía una maldición en una lámina de plomo que, a escondidas, y bien escondida, se clavaba en una casa denostada -de una familia a la que se le deseaba el mal-, particularmente en un espacio subterráneo, si no se lograba alcanzar los cimientos. 

Dichas láminas se denominaban tabellae defixionum.

Defixio, en latín, significa necromancia. El cumplimiento del mandato -de la maldición- incumbía a los dioses infernales a los que se conjuraba. 

El verbo latino defigo se traduce por hincar un clavo. Figo, entre otros significados, incluye el crucificar.

La maldición era una invocación a la tortura. Los miembros de uns casa quedarían inmovilizados, como si un objeto punzante los clavara. La inmovilidad evoca la rigidez de la muerte. El maldito queda encerrado en sí mismo. Ya no puede abrirse a los demás, acoger con los brazos abiertos. La casa deviene su tumba. 

Aún hoy, una de las penas impuestas a los condenados en el encierro en casa, la prohibición de salir. El hogar se vuelve siniestro. Las paredes ya no protegen, sino que encierran, ahogan. La víctima se petrifica. Su mundo se estrecha hasta encerrarlo y ahogarlo. No puede respirar -el aire exterior. La falta el aire. No puede vivir bajo la luz. Su mundo se ensombrece. Pierde el contacto con los demás. Los ligamentos que lo unían a la colectividad se rompen. Deviene un muerto en vida, una sombra de lo que fue.

Los conjuros eran eficaces porque permitían liberar el odio sin acometer una acción violenta física. La palabra escrita tenía la misión de llevar a cabo lo que no se cometería con las propias manos. Ya el ritual liberaba del deseo del mal.

Volvamos a creer en el poder de las palabras -y no de los hechos 







martes, 9 de septiembre de 2025

A poco del inicio de las clases

 El curso académico esta a punto de empezar. La semana que viene, las aulas estarán llenas. O no. Frente a los tres mil quinientos estudiantes de arquitectura, solo en una de las dos escuelas públicas del área de Barcelona, alguna carrera impartirá clase a uno o dos estudiantes.

¿Es deseable que los estudiantes puedan escoger unos estudios que probablemente no les permitirán ejercer lo que habrán aprendido, o qué universidades públicas imparten clases particulares? El dinero público ¿se puede dedicar a formar técnicos que no hallaran trabajo?

La pregunta o la duda responde a una determinada concepción de la universidad . Un centro donde se forman unos profesionales que quizá no sean necesarios. 

Pero la función de la universidad no es tanto enseñar a hacer, sino enseñar a pensar o, mejor dicho, enseñar que cabe pensar para obrar, pensar si cabe obrar.

 En este caso, el número de estudiantes siempre será insuficiente.

 Pensar, es decir, hacerse preguntas y tratar de hallar respuestas sobre lo que cabría hacer, como hacer, y qué consecuencias acarrea nuestro hacer, sea una obra o un experimento, no es irrelevante ni un lujo, sino una necesidad. 

Cabría plantearse si la universidad cumple esta función o si prefiere, quizá porque es lo que se le impone, adoctrinar técnicos, enseñándoles a hacer pero no a a preguntarse sobre lo que hacen, la función, la necesidad, los fines y la repercusión de lo que van a hacer. Pensar puede ser  -seguramente, deba ser- perturbador .  

La universidad es una escuela de pensamiento. Y es cierto que deberían tener las puertas abiertas quienes prefieren dudar a operar  (a ciegas o confiadamente). La ética y la estética, y no solo la técnica, deberían ser los los fundamentos de los estudios que acoge y promueve la universidad. 

Muy lejos de lo que enseñamos.