miércoles, 30 de septiembre de 2026

La arquitectura a los veinte años

 Determinar, como si una regla inmutable se tratara, qué temas interesan a los estudiantes de arquitectura a punto de graduarse, es vano, presuntuoso, y, sin duda, erróneo.

Mas, en algunos casos, más numerosos de lo que podríamos pensar, ciertas propuestas aparecen cada año, sobre todo estos últimos años. Propuestas que, según lo que explican las memorias escritas, quieren estudiar la arquitectura más allá de las cuatro paredes: una concepción de la arquitectura que remonta a lo que la obra significa, a la razón no práctica que la sustenta. Trabajos que no rehúyen la realidad, sino que quieren traspasar la simple materialidad o existencia de una construcción y tratar de saber porque se construyó, a qué aspira la obra.

Dos líneas se dibujan. Ambas se apartan de la funcionalidad y de la rentabilidad. Las pasarelas de moda y los cementerios son recurrentes.

La pasarela es un espacio prescindible; una instalación temporal. Dibuja un circuito que recorre el espacio, interior o exterior, de manera no convencional. El desfile, una procesión profana, pautada, hipnótica, a la que se asiste calladamente, permite poner en evidencia aspectos insospechados de un lugar: una manera imprevista de engarzar espacios, y de recorrer éstos de manera nueva, de recorrerlos o de explorarlos que escapan a la convención. La música, el movimiento corporal, los gestos, el ondear de los tejidos apegados y despegados del cuerpo, se conjugan para que el espacio descubra aspectos que se desconocían. La manera habitual de utilizar el espacio, día tras día, impedía que se sintiera que los espacios no están condicionados ni nos sujetan, sino que, por pequeños, angostos u oscuros que sean, pueden dar rienda a nuestra imaginación y pueden ser percibidos e interpretados libres de convenciones. 

Podemos pensar, con razón, que los cementerios son construcciones de muy distinta finalidad y de muy diverso alcance. Espacios en los que la superficialidad muta en trascendencia. Sin embargo, ambos componen recorridos. En un caso, apunta a un sueño; en otro, a un mundo distinto. En ambos casos, son recorridos que van más allá de las evidencias y de las convenciones. Son espacios que trascienden las limitaciones, vitales incluso. Lugares en los que la memoria se desenvuelve, evocando procesiones -movimientos ordenados, no regulados por la necesidad, desfiles cuya razón de ser reside en su desfilar, sin motivo aparente, movimientos que acontecer para azuzar la imaginación de los asistentes y hacerles olvidar donde se encuentran y la vida que llevan fuera , antes y después del desfile, que revela el potencial oculto e inexplorado de un lugar-, y el tránsito de los espíritus, señalando que la vida plena no está condicionada por la necesidad, sino por el deseo y el sueño, incluso bajo las condiciones más duras. Queda un resquicio, una ventana entreabierta a un mundo mejor o distinto, inmaterial, hacia el que apuntan las pasarelas y los cementerios -no constituyen ni un alto ni un final, sino un tránsito-, hacia un mundo de ensueño, la ciudad esmeralda del cuento, exista o no, aunque solo exista en nuestros sueños, que es donde debe existir, de verdad.

Y esto solo se descubre antes de los veinticinco años, cuando la necesidad nos sustituye y que compone lo que se pide y no a lo que se aspira.

lunes, 28 de septiembre de 2026

BILLY WILDER (1906-2002): THE APARTMENT (EL APARTAMENTO, 1960)

MARCO FERRERI (1928-1997): EL PISITO (1958)



Con guión de Rafael Azcona.

El piso

 Por suerte, sin lugar a dudas, empleamos palabras tan comunes que no pensamos ni necesitamos hacernos preguntas sobre lo que evocan. Y, sin embargo…

¿Qué es un piso o, mejor dicho, qué cuerdas o qué notas hace resonar esta palabra. Los pisos parecen no tener misterio -salvo su precio.

Piso es, en verdad, un verbo en latín. A veces se escribe como pinso. Piso o pinso significan prensar, machacar. Designan una acción destructiva, sin duda, pero necesaria para igualar y alisar un conjunto compuesto de elementos dispares que configurar un grupo escasamente cohesionado. De ahí que, en inglés, flat signifique piso y planicie. 

Un piso es una superficie alisada, fácilmente pasable, que no ofrece dificultad alguna para deslizarse con comodidad.

El piso se caracteriza por el suelo sobre el que descansa. Un plano horizontal -o dos, más bien, ya que el techo constituye el piso o el suelo del piso superior. Un piso se extiende horizontalmente: el espacio se alarga, se intercala entre dos planos. Los muros, las divisiones verticales no definen ni constituyen un piso: su volumen se expande en todas direcciones. Un bloque de pisos resulta de la superposición de volúmenes en los que domina la horizontalidad, una línea que apacigua e inspira seguridad. Los dos planos que nos soportan y que nos cubren delimitan un espacio en el que deberíamos sentirnos cómodos, acogidos. La altura está a nuestra altura: una altura humana, que ni angustia ni encoge el ánimo. Un piso es un hogar -hoy tan difícil de conseguir.

Lo que se suele obtener con más facilidad es un apartamento. De nuevo, una palabra denota de dónde procede y qué imágenes acarrea. El verbo en latín parto se traduce más que por apartar, que también, por trocear o dividir. El plano vertical, en este caso, constituye el eje principal, que construye y articula el espacio. Un apartamento es un espacio (pequeño) segregado. Está separado de los demás, cerrado sobre sí mismo. Un bloque de apartamento es un espacio troceado, triturado. Se compone de celdas aisladas, de espacios desconectados, partidos. Un apartamento no constituye unidad alguna. No está entero. Es solo una parte, debido al deseo de multiplicar los espacios, necesariamente pequeños o empequeñecidos, en aras de una mayor ganancia. En el apartamento las paredes mandan. Constituyen barreras. En un piso, en cambio, son los pasos, que conectan espacios, los que permiten que la vida circule. 

Entre el aplanar , que facilita el tránsito, y la partición, que lo interrumpe, se dibuja dos maneras de concebir y de constituir un espacio doméstico: un espacio libre de obstáculos, por el que la imaginación se desliza, frente a la imposibilidad de ir más allá de unos límites que se alzan, evitando cualquier escapada imaginativa: un espacio bloqueado. 


sábado, 26 de septiembre de 2026

Arquitectura urbana (1929)


Foto: Tocho, Alfonso Ponce de León, Arquitectura urbana, 1929, colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, septiembre de 2026


La historia se escribe con renglones torcidos. 
Alfonso Ponce de León fue un pintor andaluz afincado en Madrid. Formado, junto con Salvador Dalí, Remedios Varo y Maruja Mallo, en la Real Academia de San Fernando, fue amigo y colaborador de García Lorca en la compañía La Barraca, de Buñuel, en su relación con el cine como director y actor, y de Picasso, tras su estancia en París.
Participó en la exposición sobre Arquitectura y Pintura Modernas, en el Casino de San Sebastián, en 1930, con los arquitectos José Luis Sert, Josep Torres Clavé y Sixto Illescas, entre otros, y la mayoría de los pintores antes citados, junto con Juan Gris, por ejemplo. El grupo GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) se fundó a raíz de esta muestra.
Era falangista. Fue hecho preso, torturado en una checa, y asesinado, junto con su familia en 1936.
Esta obra refleja bien su relación con la arquitectura moderna.
Una vista de pequeño tamaño, abocetada al óleo, inspirada por la pintura metafísica italiana, muestra, desde un punto de vista bajo, a altura de la calle, dos. altos bloques paralelepípedicos, desnudos y repetitivos -pero se sugiere que no están aislados-, de composición seriada propia de la arquitectura racionalista, representados inclinados, una orientación que sugiere dinamismo e inestabilidad, fragilidad, casi inocencia o infantilidad pese al adusto y hierático porte, bajo un cielo ceniciento, animada o humanizada por la intrusión del marco inestable de una portería de fútbol, sostenida por delgados perfiles metálicos  que sugiere la presencia de un área de juego, seguramente de niños (la portería en mal estado no es propia de un equipo profesional), un solar, un descampado o, menos probablemente una plaza, delimitados por los bloques de un nuevo barrio periférico, al parecer bordeado o rodeado por un bosque. No es una vista de un centro histórico ni de un barrio burgués. 
Luces y sombras de la nueva arquitectura entonces.


 

jueves, 24 de septiembre de 2026

A nuestros deudores

 “  Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:9-11)


Comentaba ayer noche la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París), en un debate tras la conferencia que impartió en Madrid, la importancia de esta frase que Jesús enunció -y que el cristianismo posteriormente modificó-.

Esta imploración del perdón deriva de un deseo que se encuentra en el judaísmo y, anteriormente, en la cultura neo-asiria.

Lo que denota es que las faltas que se hayan podido cometer, las deudas pendientes, pueden ser canceladas. Mientras existan, el miedo, la angustia ante un futuro cada vez más amenazador que aguarda, impide cualquier resquicio esperanzador. La deuda, causada por nuestra incapacidad por cancelarla, por nuestra imprevisión, cuelga, de manera cada vez más pesante, sobre nosotros. Nada podemos prever ni emprender. La deuda es un obstáculo insuperable que nos impide avanzar, poder hacer proyectos, aspirar a una vida mejor, a la vida, siquiera. Solo la condena, el oprobio y la muerte aguardan al deudor.

Pero, en el imaginario neo-asirio, judío y del cristianismo primitivo, las deudas pueden perdonarse. Ya no se debe nada, o mejor dicho, lo que se debe ya no es una losa. La anulación de la deuda despeja el futuro. El miedo ya no atenaza. El deudor puede volver a actuar en beneficio de su vida y deudor la comunidad. Su confianza, su libertad de acción, la mente despejada acaba por beneficiar incluso al prestamista.

Los dioses escuchan las plegarias. Los acuerdos son posibles. Y las deudas se cancelan gracias al poder de la palabra. A la petición sucede la concesión. Una palabra libera de la muerte lenta, la muerte en vida en la que se convertía la vida que no era vida del deudor. El fin del miedo, la esperanza en un futuro mejor permite que la comunidad, en confianza, pueda volver a organizarse. La red de relaciones se restablece, la ayuda mutua ya no se rompe. Nadie queda excluido. La vergüenza se desvanece.

Esta oración solo es posible si se cree en la magnanimidad de los dioses cuya actitud puede ser tomada como modelo. Se confía en ellos. Esta nueva concepción de la relación entre mortales e inmortales, y entre mortales, se forjó en el primer milenio en el norte de Iraq y se extendió por el próximo oriente antiguo. Revela una nueva faz de la divinidad concebida así como una figura compasiva, lejos del dios furibundo o distante.

Una concepción que, a la vista de recientes noticias, hoy en esta ciudad, parece haber caído en el olvido.


Agradecimientos a Mariagrazia Masetti por su lúcida lección y a Elisa Vegue y Rosa Llinás que la suscitaron. 

martes, 22 de septiembre de 2026

MAN RAY (1890-1976): LAMPSHADE (1919)



Foto: Tocho, Musée d' Art Moderne, Céret (Francia), septiembre de 2026




Lámpara de techo, a partir de una plancha metálica enrollada que simula caer desenrollándose.
La pantalla reproduce la forma, la caída de una hoja de papel sometida al mismo tratamiento. Dicha hoja procedía de una pantalla de lámpara de mesa rota, de papel, que Man Ray halló en un basurero y recogió. Realizó varias fotografías del papel colgado de diversas maneras antes que alguien inadvertidamente echara de nuevo la hoja a la basura y que Man Ray decidiera reproducir la forma en una delgada plancha de metal pintada de blanco y convertirla en una pantalla de lámpara -o le devolviera a su función primera-, esta vez de lámpara de techo. Este modelo, convertido en un inesperado icono del diseño industrial, entre una escultura y un útil -la frontera es ambigua- se ha reproducido en series limitadas varias veces a lo largo de los años.

Un brillante ejercicio de reutilización, cuando una parte del diseño industrial “transitaba” del modernismo al art déco, vagamente kitsch,  y otro se abría al severo, y a veces incómodo  racionalismo. 

Para Rosa Llinás, la mejor diseñadora de lámparas, hechas a mano, de Europa.