“ Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:9-11)
Comentaba ayer noche la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París), en un debate tras la conferencia que impartió en Madrid, la importancia de esta frase que Jesús enunció -y que el cristianismo posteriormente modificó-.
Esta imploración del perdón deriva de un deseo que se encuentra en el judaísmo y, anteriormente, en la cultura neo-asiria.
Lo que denota es que las faltas que se hayan podido cometer, las deudas pendientes, pueden ser canceladas. Mientras existan, el miedo, la angustia ante un futuro cada vez más amenazador que aguarda, impide cualquier resquicio esperanzador. La deuda, causada por nuestra incapacidad por cancelarla, por nuestra imprevisión, cuelga, de manera cada vez más pesante, sobre nosotros. Nada podemos prever ni emprender. La deuda es un obstáculo insuperable que nos impide avanzar, poder hacer proyectos, aspirar a una vida mejor, a la vida, siquiera. Solo la condena, el oprobio y la muerte aguardan al deudor.
Pero, en el imaginario neo-asirio, judío y del cristianismo primitivo, las deudas pueden perdonarse. Ya no se debe nada, o mejor dicho, lo que se debe ya no es una losa. La anulación de la deuda despeja el futuro. El miedo ya no atenaza. El deudor puede volver a actuar en beneficio de su vida y deudor la comunidad. Su confianza, su libertad de acción, la mente despejada acaba por beneficiar incluso al prestamista.
Los dioses escuchan las plegarias. Los acuerdos son posibles. Y las deudas se cancelan gracias al poder de la palabra. A la petición sucede la concesión. Una palabra libera de la muerte lenta, la muerte en vida en la que se convertía la vida que no era vida del deudor. El fin del miedo, la esperanza en un futuro mejor permite que la comunidad, en confianza, pueda volver a organizarse. La red de relaciones se restablece, la ayuda mutua ya no se rompe. Nadie queda excluido. La vergüenza se desvanece.
Esta oración solo es posible si se cree en la magnanimidad de los dioses cuya actitud puede ser tomada como modelo. Se confía en ellos. Esta nueva concepción de la relación entre mortales e inmortales, y entre mortales, se forjó en el primer milenio en el norte de Iraq y se extendió por el próximo oriente antiguo. Revela una nueva faz de la divinidad concebida así como una figura compasiva, lejos del dios furibundo o distante.
Una concepción que, a la vista de recientes noticias, hoy en esta ciudad, parece haber caído en el olvido.
Agradecimientos a Mariagrazia Masetti por su lúcida lección y a Elisa Vegue y Rosa Llinás que la suscitaron.
Los pecados son las manchas, defectos, males, faltas. El obispo de no se donde dijo que los niños retrasados son por los pecados de los padres, y tuvo que disculparse. No lo defiendo, pero se le había escapado una idea teológica medieval donde los pecados son todos los males, aquí abajo.
ResponderEliminarEl cambio de la deuda al pecado implica que se pasa de una cierta igualdad entre el prestador y el deudor que idealmente se igualan a la noción de culpa del pecador que se siente en inferioridad de condiciones ante quien le juzga.
EliminarLos delitos surgen de las ideas fijas...
ResponderEliminar— Max Stirner, Der Einzige und sein Eigentum (1844)