Quienes visitaron el palacio mesopotámico de Mari, en Siria, del tercer milenio aC, antes que el Estado Islámico lo destruyera, recordarán el recorrido por la laberíntica trama de las estancias delimitadas por muros de varios metros de altura -protegidos por una moderna y discreta cubierta . El estado de las salas, cinco mil años más tarde, era excepcional. Como excepcional es la muralla de Babilonia salpicada de relieves de terracota en perfecto estado, o las tumbar reales de Ur, cuyas bóvedas, inmaculadas, parecen recién construidas. Este último caso quizá no sorprenda: las tumbas, aunque los accesos se adentren en la tierra a través de zanjas a cielo abierto, suelen estar bajo tierra. Mas, los palacios y las murallas se alzan orgullosos y dominan el paisaje. Salvo en los casos anteriores: lo que se visitaba en Mari y se visita en Babilonia eran o son los cimientos o son construcciones enterradas antes de las obras definitivas -que han desaparecido-, ya que nada que se edificara podía instalarse en un terreno en el que no se hubiera construido previamente. De ahí que se construyera una primera vez y se volviera a edificar sobre la obra anterior enterrada. Obra, que por haber quedado protegida, tras ser descubierta, ha llegado hasta nosotros, mientras que el palacio o la muralla que sí se descubría hace milenios han sido barridos por el tiempo desde hace casi los milenios que han transcurrido desde su construcción.
Las obras en Mesopotamia, levantadas en adobe duraban pocos años. Solo los cimientos perduran.
Así también acontece a menudo con la arquitectura de sillares de piedra. Teatros, anfiteatros y circos romanos, no suelen ser los que acogían los juegos en Roma, sino los soportes o criptopórticos subterráneos.
Los espacions que la arqueología desvela suelen estar enterrados. Son lugares que no se recorrían; solo estaban al alcance de los espíritus. La arquitectura trata la ciudad de los vivos; la arqueología, la ciudad de los muertos, a quienes les devuelve una ilusión de vida. Como en el cuento de Blancanieves, la arqueología interrumpe un sueño eterno. Lo que revive había llegado a su fin. Su vida había concluido. Su desaparición era lógica, esperable. La arqueología prolonga una vida que no debiera mantenerse.
Hoy mismo, en un yacimiento, una canalización, correctamente enterrada, monumental pero invisible, ha quedado expuesta a la vida de todos. Exhibiendo sus perfecciones y sus problemas. Desnuda y vergonzosa.
A menudo, las construcciones se revuelven contra las actos que las fuerzan. Se desmoronan, las pinturas se desvanecen en pocos minutos, relieves se desagregan como estatuas de arena, y, en general, mudas y cerradas, no libran su razón de ser, porque fueron construidas y cuales eran sus fines. Son construcciones aparecidas que nada dicen , que nada quieren contar. Se les ha despertado y quieren regresar a su sueño. Proceden de otros tiempos que ya nada tienen que ver con el nuestro. Y se mantendrán calladas, dejándonos en evidencia, asombrados ante existencia que no entendemos ni quizá podamos ni tengamos que entender. La arqueología rescata lo que posiblemente no quiere ser rescatado. Pero sin este intento, nuestra vida no tiene sentido. Otros, de aquí milenios quedarán asombrados ante lo que construimos hoy; obras que posiblemente ni siquiera hoy tengan sentido.
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