miércoles, 14 de octubre de 2026

El pan nuestro de cada día






 









Fotos y filmaciones: Tocho, carretera de Erbil a Mosul (Iraq), 5.30 horas de la mañana, octubre de 2026


5.20 horas de la mañana: el solitario horno de pan, en un descampado pardo y reseco, por la carretera secundaria que lleva de Erbil a Mosul, está aún cerrado. A través de una ventana, empero, se descubre el horno de gas, abierto, con el fuego ya en marcha. 

 Una luz eléctrica blanquecina inunda la estancia. Son las cinco y media ya. Aún es de noche. Una espesa niebla difumina la carretera. Un cliente coloca una esterilla en el suelo y empieza, de pie y arrodillado, la frente tocando el suelo, el ritual de la oración matutina, en silencio. Sale.

Un trabajador carga largas bandejas de madera, de más de dos metros de largo, desde un almacén. que apila hasta levantar bloques de varios metros de alto.

Extrae tres que dispone sobre una alta y alargada mesa. En cada bandeja, una veintena de panecillos de harina blanca, en forma de huso, crudos, perfectamente alineados. 

Desplaza la primera bandeja a una segunda mesa presidida por el panadero. Éste recoge los panecillos en una pala más larga que un remo, que ha limpiado con una larga estola blanca doblada, los pinta con un líquido (agua, quizá), espolvorea sésamo sin tostar, abre la  compuerta metálica de la cámara del horno a un lado del fuego y desliza los panecillos que empiezan a hincharse.

Repite la operación tres veces.

Tras lo cual, recoge los primeros panecillos insertando la pala, los extrae y, de un golpe seco, los expulsa: se deslizan a lo largo de toda la pala, y caen en un gran contenedor. Esta operación, ejecutada con mano de hierro y una precisión imposible -es la mano la que piensa-, no dura más de cinco minutos. 

Compramos veinte panecillos finísimos, tersos y abombados como el vientre de una serpiente que hubiera engullido a un elefante, dispuestos en una bolsa de plástico -una más que corre el riesgo de salpicar  el borde de la carretera . No se pueden aún coger con los dedos ni siquiera por las puntas doradas. Acaban de salir del fuego.

Y reemprendemos en dirección de Mosul hacia el yacimiento arqueológico de Qasr Shemamok, que acogió a una ciudad llamada Tu’e en el tercer milenio y Kilizu en el primero. 

Hoy un inmenso tell de tierra, de planta circular, domina los campos cultivados circundantes, ennegrecidos por los incendios controlados para limpiarlos de rastrojos, salpicados de pozos de petróleo que escupen llamaradas permanentemente que enrojecen el día naciente entre la neblina, campos minados hasta 2018 para cortar el paso al Estado Islámico asentado en Mosul tras la toma de la ciudad a sangre y fuego.

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