lunes, 12 de octubre de 2026

La magia del arte

 



Foto: Tocho, norte de Iraq, octubre de 2026


Contrariamente a lo que acontecía en la Grecia antigua, los dioses no solían poseer a sus portavoces en Mesopotamia. Apenas se hallan ejemplos de sacerdotes y sacerdotisas en trance, enunciando enigmáticas palabras que tenían que ser anotadas e interpretadas para conocer el destino.

Los dioses conocían la suerte de los humanos. Ésta se enunciaba en una serie de objetos o de situaciones: el nacimiento de un animal monstruoso, la mirada de una serpiente, la posición inesperada de un astro, el triple canto de un gallo, una piedra en el camino.

Quienes se topaban con estos extraños sucesos se detenían. Éstos les tomaban por sorpresa. Sabían que tal acontecimiento no era casual, sino significativo. Obviamente, en raras ocasiones, estaban adiestrados en la interpretación de esta  rara, singular manifestación. 

Si no podrían acudir a un adivino que supiera discernir el mensaje tras la escena, existían una larga serie de libros que guiaban la lectura del mensaje cifrado.

Debían  contemplar lo que acontecía ante sus sentidos; fijarse en las condiciones de aparición. El lugar, el momento, la posición de lo que observaban no podían ser pasados por alto.

Sabían  que la verdad emanaría de lo que percibían. Mas lo que se les presentaba no daba pie a una lectura inmediata. No existía una relación evidente entre lo visible o lo sensible y el contenido. La señal no ofrecía un contenido unívoco, que se alcanzaba sin un previo estudio, sin detenimiento. El hígado de un animal sacrificado con varios lóbulos no implicaba que el observador fuera a sufrir una enfermedad hepática.

El mensaje se comunicaba a través de un objeto o un acontecimiento. Se alcanzaba tras una debida reflexión. No cabía esperar una iluminación sobrenatural. El esfuerzo recaía en la lucidez humana. El fenómeno extraño ponía a prueba la sagacidad del observador. Mas éste podía contar con la ayuda de libros que podían suministrarle ejemplos y evitarle falsas lecturas. Desde luego, la impaciencia, el temor o el cansancio no eran de rigor. Se trataba de reflexionar con la eventual ayuda de un texto. Si el mensaje hubiera sido evidente, al alcance de cualquiera y de modo inmediato, su significado, es decir la luz que podía echar sobre el destino, hubiera sido de escasa entidad. Su validez, su alcance limitados y posiblemente prescindibles. El juego mental al que el enigma daba lugar colmaba una vez resuelto. 

Los libros no resolvían todos los casos. No todo estaba escrito. La intuición o la perspicacia del intérprete eran los mecanismos que, en último término, y tras una atención sostenida ante el fenómeno, y la debida reflexión, permitían entender qué significa aquel/

La ganancia, la tranquilidad de ánimo, la apertura de miras, la confianza alcanzada daban sentido a la vida. La resolución del misterio, el desciframiento del lenguaje secreto del objeto misterioso -que se intuía era relevante o esencial para entender donde uno se encontraba y la razón de una vida- colmaban: ilustraban sobre lo que uno podía esperar, con tranquilidad.

¿Acaso la interpretación de una obra de arte, como se empezó a practicar casi tres mil años más tarde y se sigue llevando a cabo, al menos en occidente, se diferencia de la videncia mágica? La adivinación mesopotámica no era un acto sagrado, sino profano, científico o racional en gran medida, salvo -una salvedad no desdeñable, sin duda- por el hecho evidente que la búsqueda del destino incumbe más a la magia o a la religión que a la ciencia. 

Dificultad, sorpresa, iluminación, ¿no son conceptos que pautan la comprensión de la obra de arte? Los tratados de adivinación mesopotámicos, para bien o para mal, parecen proyectarse -se proyectan efectivamente- sobre los tratados de arte y las críticas del juicio occidentales. El pasado remoto nos es abismalmente lejano, siendo al mismo tiempo casi excesivamente cercano. 

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