jueves, 27 de agosto de 2026

El pasillo


 Su nombre lo dice todo. El espacio se nombra por la función a la que atiende. Se trata de un lugar de paso. De paso apresurado: corredor. 

El pasillo es un lugar que se desmarca de las estancias que componen una vivienda. En estas, como su nombre indica, se está; se mora, se habita, se descansa. La forma de la sala, la distribución y el tipo de mobiliario, la luz, los elementos decorativos, prescindibles o no, tratan de componer un lugar acogedor. 

Un pasillo, en cambio, solo tiene una dimensional. Es unidireccional. Paso oscuro, sin ventilación, carente de muebles. Algún cuadro que no se sabe dónde ubicar cuelga de una de las paredes. Solo algunas puertas pautan, casi siempre a un lado, el espacio. Nadie se detiene, se instala en un pasillo. Se recorre a toda prisa y se abandona. Es un lugar desangelado, aunque no vacío. Lo pueblan nuestros miedos. Las películas de terror dan buena cuenta de esta espina que acongoja, y no solo de noche, como también aterra el sótano de luz parpadeante. 

Los pasillos suelen ser rectilíneos. Se descubre desde el acceso la otra punta. Se comprueba que nadie acecha. Pero precisamente la luz artificial -que interrumpe la oscuridad-, una luz que siempre nos parece lóbrega, amarillenta, con un tono enfermizo, el silencio y la soledad encogen el ánimo. Los pasillos siempre conducen a un lugar de donde es difícil o o imposible regresar. El corredor de la muerte señala un espacio sin retorno. Un túnel desemboca en el exterior, donde se puede respirar tras haber contenido el soplo. Un pasillo es un espacio siempre interior. 

Los pasillos se organizan horizontalmente. O descienden. Un espacio de tránsito, una tierra de nadie que desemboca, como en las tumbas egipcias, en la última morada. Así como las estancias de una casa susciten impresiones de seguridad, la muerte ronda el pasillo. De ahí el paso apresurado, sin mirar a los lados, sin detenerse, con el que se recorre, esperando llegar lo antes posible en una estancia donde relajarse. Los pasadizos son incluso más inquietantes. Son angostos. No siempre están documentados en los planos. Son lugares ocultos, que unen secretamente estancias. Solo se recorren tratando de pasar desapercibido, sin hacer ruido, con pasos sordos. Sr siente que somos unos intrusos. Nos sentimos observados aunque nada observemos. En cualquier momento nos pueden descubrir. Hollamos un espacio que no nos pertenece, aunque recorre nuestro hogar. El pasillo es escurridizo. Siempre se nos escapa. Siempre desconocido, cerrado, enigmático. No invita nunca a explorarlo. Se transita con pasos rápidos. Nunca se mira atrás. La vista hipnótica mente dirigida hacia adelante, queriendo ver y no ver.

El pasillo suscita, pues, tensión. En ocasiones, difícilmente soportable. Recuerdo el interminable corredor de la residencia de estudiantes de la universidad de Alcalá de Henares, cuyo final, sumido en la oscuridad, no se distinguía. A medida que se avanzaba, una luz amarillenta se encendía  súbitamente, como un fogonazo que cegaba y provocaba un vuelco en el corazón por el chasquido que acompaña el encendido. Se caminaba lentamente temiendo el siguiente encendido que nunca se sabía cuándo y dónde iba a contener. El pasillo que recorre cada planta de la Unidad de habitación de Le Corbusier es sin duda el espacio más terrorífico que existe, del que el cineasta Kubrick dio buena cuenta, sin duda, en la película El resplandor. Las imágenes que un corredor suscita, que flotan en la penumbra, y son inalcanzables, son  espectros borrosos que parecen aguardar nuestra temerosa venida.

Recorrer un pasillo se asemeja a un rito de paso, nunca mejor dicho. Pone a prueba nuestra entereza. Sobre todo de noche. Habitado solo por los rumores y las voces sordas detrás de las puertas cerradas de las estancias, un pasillo, siendo un elemento necesario para estructurar la planta de una vivienda, podría considerarse como un no-lugar: un lugar donde no estar, pero que no podemos evitar. La intimidad y el recogimiento que las estancias brindas se alcanza gracias al previo temor que el pasillo despierta. Si en un dormitorio respiramos y descansamos es a costa del encogimiento que el pasillo causa. Un temor que Charlotte Brönte describió con exactitud en la novela Jane Eyre: la protagonista era incapaz de abrir la puerta de su dormitorio porque daba a un pasillo negro recorrido por ruidos que no sabía si eran reales o fruto de su imaginación. Un pasillo nos enfrenta a nuestros miedos. Una confrontación de la que siempre salimos cabizbajos y con el pulso acelerado. El pasillo nos domina. Hasta el último recorrido. 

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