Luis Buñuel: El fantasma de la libertad, 1974
Aunque podemos echar el pestillo en casa o cerrar con llave la habitación -habitualmente la puerta cerrada ya indica que no se puede entrar en el dormitorio, un código que se suele respetar, aunque la llave no haya sido dada- por las razones que sean (miedo, rabia o deseos de preservar la intimidad), el baño, el cuarto de baño (llamado así aunque poca gente se bañe, un nombre incluso aplicado a la estancia que solo contiene un sanitario, llamado toilettes en francés, una palabra que también significa vestido de gala, una palabra que acoge desde lo más íntimo a lo ostentoso, desde la suciedad hasta el resplandor, desde el rechazo a la aprobación) es un espacio del que siempre cerramos la puerta, asegurándola con el pestillo: una estancia en la que nos encerramos a cada vez que la “usamos”.
El cuatro de baño es una habitación muy distinta de las demás de una casa. Las paredes, a menudo, se recubren de azulejos -que también sueles ascender por las paredes de las cocinas, si éstas se ubican en salas independientes- o de pintura inmune al agua.
Es cierto que podemos “usar el baño” en compañía -hijos y/ o pareja, raramente con amigos y familiares, una situación que puede ser secreta o visiblemente incómoda-, pero lo más habitual es acceder a dicha estancia solo.
Una estancia en la que nos hallamos desnudos, en todos los sentidos: desvestidos y confrontados a nosotros mismos, a nuestra imagen en el espejo. El baño invita al cuidado del cuerpo. Es el lugar donde -amén quizá del dormitorio- donde descubrimos que tenemos, que somos un cuerpo: donde lo vemos tal como otras personas pueden en ocasiones verlo. El baño es un espejo que nos devuelve la imagen que solemos ocultar o transfigurar con la ropa. Pese a que el baño es el lugar de los afeites, nos descubrimos sin nada que altere nuestra imagen. El baño es el espacio del desengaño. Cae la máscara. Se devela, se descubre, se desviste lo que no estaba a la vista de todos y sobre todo de nosotros mismos: lo que no querríamos ver, como si nosotros existiera.
Podemos tener una radio encendida, cantar, hablar por teléfono. Mas, el baño es un espacio donde reina el silencio, donde operemos sin decir nada, concentrados en nosotros mismos, aunque la tarea sea casi mecánica, la misma que repetimos del mismo modo diariamente.
Estancia en la que, entre los gestos conocidos, puede saltar la sorpresa, a veces bienvenida, a menudo temida: una mancha, un grosor, una arruga, una herida que había pasado desapercibida, se expone con crudeza y puede que con preocupación. Y el agua y le jabón no siempre nos liberen de esta imagen. El baño es donde tratamos de liberarnos de lo que nos constituye, a pesar nuestro.
Reino del cuerpo, de las miserias, limitaciones y virtudes del cuerpo. Un cuerpo que no alcanzamos a ver en su totalidad, algunas partes del cual no podemos tocar si no es a través de artilugios que prologan el gesto.
Un cuerpo que requiere útiles y productos específicos, que solo se despliegan -o se esconden hasta que el uso se hace necesario- en el baño. Un ejército de botellines y útiles más propios de la cirugía se extienden por superficies duras y lo más limpias posibles.
Un baño tiene que estar limpio, impoluto, como si de un sagrario o una cámara a la que no se accede se tratara. Una estancia desordenada, un dormitorio revuelto no echan inevitablemente para atrás; pueden incluso suscitar una sonrisa de complicidad o de comprensión. Un baño sucio repele. El lugar donde nos exponemos tiene que estar libre de máculas. Pero tiene que ser humano; posee muestras, indicios de uso. Un baño tiene que mostrar que se trata de un espacio pensado para el trato, el cuidado del ser humano. Un baño excesivamente puesto, en el que la luz demasiado blanca parece amenazar a quien accede -una luz de interrogatorio- inquieta. Casi parece una trampa, un engaño.
Los baños no pueden estar a media luz. Quedarse desnudo en la penumbra, a solas, encojo el ánimo. Pero la luz suele ser eléctrica, artificial. La cámara en la que descubrimos la realidad de nuestro cuerpo no suele tener ventanas. Algunos preceptos de la arquitectura moderna han aconsejado apartar los baños de las fachadas. El baño suscita miradas ensimismadas, hacia adentro, no hacia el exterior. Y cuando éstas se producen, a menudo son miradas temerosas: nos preocupa que nos vean. El único espectador de lo que ocurre en el baño somos nosotros: actores y espectadores , sujetos y objetos de escrúpulo.
El baño es al mismo tiempo una cámara de verdad y un camerino donde el uso de los aceites ocultan -o realzan-, en cualquier caso, tomen en consideración lo que acabamos de descubrir. El baño es la estancia donde se revela cómo somos y cómo querríamos ser, donde se produce el despojamiento y la transformación. Nos desvestimos, nos purificamos, quedamos desnudos, y nos aprestamos a cambiar de imagen, aunque solo sea con un simple vestido que dice cómo queremos mostrarnos, cómo queremos que se nos vea.
Estancia de dimensiones modestas, asociada a veces al dormitorio; usada pocas veces al día. Una estancia con una forma, una imagen y un uso distinto del que las demás estancias de una casa manifiestas y suscitan. La singularidad del baño es tal que se trata del ámbito en el que una vez al día, habitualmente, nos confrontamos con lo que, con quien somos, para asumirlo o para rehuir prestamente de una verdad reveladora, que nos alegra o nos entristece, pues nos permite intuir cómo se nos ve en sociedad, es decir, en el fondo, como somos aunque no lo queramos. Somos lo que los ojos de otros, y nuestros ojos en el espejo, descubren, lo queremos o no. El baño es el espejo de la madrastra.
Lectura recomendada: Emanuele Coccia (2021): “Salles de bain et toilettes”, Philosophie de la maison. L’espace domestique et le bonheur. Paris: Payot.
Edición original en italiano. Traducción al castellano: Madrid, Siruela, 2024.
Existe también edición en inglés




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