lunes, 10 de agosto de 2026

Color

 Una próxima exposición sobre el color en Barcelona da pie a que le demos una vuelta a dicho tema.

Aunque sabemos que el color nace en nuestro cerebro cuando éste interpreta los rayos reflejados que llegan al ojo -rayos que resultan de una parte de la luz descompuesta cuando llega a un objeto y una parte de la misma rebota en la superficie, sin la parte que el objeto absorbe-, solemos considerar  que el color es una materia o tiene un fundamento material: el color es un pigmento, sólido o licuado, y no un rayo de luz descompuesto. El color se toca, se palpa y tiñe los dedos. El color es un polvo imperceptible, una pasta o un líquido que recubre las cosas. 

Color, en latín no designa exactamente lo que nombramos color. El latín, color se traduce más bien  por tinte como por tono. El color es una substancia que por un lado impregna, es decir se adentra en la materia, el interior de las cosas, pero por otro se queda en la superficie que recubre. El verbo coloro se traduce por disfrazar. El color es una máscara que cambia la apariencia de las cosas.

Tiene así el color, en latín, una connotación estética. Así como no existe una palabra que se pueda traducir directamente por belleza o bello -una cualidad estética siempre asociada a un valor ético-, lo que más se acerca a lo que entendemos hoy por belleza, en latín, es color. El color embellezca, o, mejor dicho, otorga una cualidad a las cosas que las hace atractivas.

La máxima atracción posible es la sensación de vida: el tono, uno de los significados del latín color, es el tono vital. Y es cierto que distinguimos a los vivos y del muertos por el color: blanco, lívido en un caso, vívido en otro. A los muertos, precisamente, se los maquilla, se les colorea el rostro con colorete, para producir una ilusoria ilusión de vida durante el velatorio.  Detectamos que una persona está enferma, no se encuentra “bien”, algún mal la afecta, cuando percibimos que tiene “mal” color: un color apagado, gris, mortecino. El “buen” color, que implica viveza y brillantez, claridad, luminosidad, que estalla o irradia, está asociado a la vida.

A un tipo de vida. El color, en Roma, se asocia a la urbanidad. Las personas educadas, civilizadas, hechas a las normas urbanas que regulan las relaciones y dictan lo que está escrito y lo que está proscrito, lo aceptado y lo prohibido, tienen un color determinado. Los malhechores, los maleducados, los fantasmas no tienen color. Son oscuros, sombríos, opacos; no circulan a plena luz; actúan a la sombra; no presentan el barniz, el color, que invita a establecer buenas relaciones porque suscita imágenes placenteras. El color es una muestra de urbanidad; determina la cualidad, la “bondad” de las relaciones que mantenemos con los demás. Tenemos que poner o tener buena cara para evitar conflictos, que siempre nacen de la ausencia de color, de la oscuridad, de la cerrazón. 

 

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