martes, 12 de abril de 2016

HUBERT ROBERT (1733-1808) Y EL CAPRICHO ARQUITECTÓNICO, O LA DESTRUCCIÓN DE MONUMENTOS













Hubert Robert solía ser considerado un pintor menor francés. Practicaba un género escasamente considerado: el capricho de las ruinas, un sub-género del capricho arquitectónico. Ambos eran géneros que empalidecían ante géneros pictóricos mayores como la pintura mitológica o de historia y la pintura religiosa. Solía estar al cuidado de artistas que no tenían un taller propio sino que trabajaban al servicio de artistas juzgados más importantes, no tanto por su talento sino por el tipo de representación que abordaban.
El capricho arquitectónico y de ruinas, común en Italia y en la pintura occidental posteriormente, apareció a finales del siglo XVI. Los pintores producían en serie cuadros que gustaban mucho, al alcance de la burguesía naciente.

Si miramos bien los caprichos de Robert descubrimos sin embargo, un tipo de ruinas muy distintas. Robert no siempre compuso ruinas de la antigüedad, reales o imaginarias, entre las que las figuras son meros comparsas, sino que pintó edificios de su época, en perfecto estado, convertidos en ruinas en un futuro lejano o no (como la Gran Galería del Palacio del Louvre en París), así como edificios que estaban siendo derribados (como la prisión de la Bastilla). Pintó el futuro.
Las ruinas que mostraba no eran víctimas del tiempo,No evocaban la grandeza del pasado. No miraban hacía atrás. Mostraban edificios que acabarían en ruinas, y edificios arruinados por los hombres, que los hombres estaban derribando. Las ruinas romanas habían sufrido los nobles envites de la Fortuna. No poseían nada que justificara su destrucción, salvo el inevitable y destructor paso del tiempo que se cebaba en toda la creación, divina y humana, artificial y natural. Por el contrario, los hombres destruían aquellos edificios que ejemplificaban el mal, edificios abominados, contra los que se descargaba la furia por siglos de injusticia: cárceles infames donde se torturaba, iglesias en los que habían anidado toda clase a atropellos. Hubert fue el gran retratista de la Revolución Francesa. Las piedras yacen en medio de vigas de madera caídas y quemadas, bajo un cielo lívido, quizá velado por la ceniza. Por vez primera, la intencionada, violenta y actual destrucción de monumentos se convertía en un tema artístico, en un ejemplo moral de la acción liberadora que pasaba por el derribo de obras presentes que simbolizaban el pasado. Éste ya no era añorado, magnificado como en los caprichos de ruinas convencionales, sino que el pasado era denostado. Representaba todo lo que se quería olvidar, lo que se tenía que borrar. El pasado ya no daba lecciones.
Hubert Robert no fue un pintor menor, sino el gran pintor de la historia, la historia de su tiempo convertida en emblema del paso de la Historia.

Una gran exposición en el Museo del Louvre rinde, al fin, justicia a quien sacudió los cimientos del arte, dedicados. desde entonces, no a cantar un tiempo pasado, idealizado, sino a exaltar el tiempo presente convertido en modélico -trágicamente modélico.

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