Desiertos, tierras áridas esculpidas por el sol, cielos de titanio, cactus carnosos y flores impúdicas erectas como tótems fueron temas de predilección de la pintora norteamericana Georgia O’ Keeffe, convertida en el equivalente plástico de Virginia Woolf: una artista cuya obra, que bordeó la caricatura de sí misma, es reconocible desde lejos. Una obra singular, única, que no buscó gustar, orgullosa de cómo era y de lo que mostraba, plasmada en colores contrastados y planos, convertidos en “iconos”, que solo puede asociarse a ella.
Casas y rascacielos constituyen el otro gran tema que O’Keeffe trató: construcciones que no se mostraban como la antítesis de la naturaleza incontaminada, sino como perfectos ejemplos de estructuras minerales; casas de campo silenciosas como lomas, y rascacielos abruptos erguidos sobre angustias calles como paredes rocosas entre las que se abren hondas gargantas. La arquitectura entendida como una construcción del mundo, que no se opone a él. Rascacielos inclinados como si siguieran secretos ritmos naturales, en calles solitarias, bajo luces espectrales. Las vistas nocturnas que el lívido óculo lunar, que rememora los círculos ciegos de la luz de las farolas, dota de una fantasmagórica iluminación que no es diurna ni de noche; una ciudad, Nueva York, y unos haciendas en Nuevo México que parecen existir desde siempre, imperturbables ante el estrépito de la masa humana que no es digna de ser representada, como si distrajera de la inmutable o inmemorial presencia de construcciones verticales u horizontales, presentes antes del origen de los tiempos. Porque el tiempo está detenido en la visión del mundo deI’Keeffe. La luz no parpadea, el humo de las fábricas se convierte en los tiesos pliegues de unos pesados cortinajes que nadie puede abrir, y el temblor de la multitud empequeñecida ante el frío y desnudo empaque de los acantilados arquitectónicos no merece ser tenido en cuenta, un imperceptible rumor opacado por el imperturbable silencio que emana de las escenas.
Una exposición, hoy, recuerda todo lo que la arquitectura debe a Georgia O’ Keeffe, que naturalizó y ennobleció la intervención artificial humana, extrayendo la gratuidad del gesto creador, dotándole de sentido: la gran ciudad erizada de rascacielos, y los campos bajo el acecho de las granjas del mismo color que las rocas de fuego petrificado.
Si las pinturas estaban marcadas por la época, los espléndidos dibujos, de limpio y continuo trazo, que apenas circunscriben los perfiles de los rascacielos, como si estos no invadieran el espacio sino que emanaran de él, constituyen la aportación más hermosa, que escapa a la huella del tiempo, de la visión de la ciudad de O’ Keeffe.


































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