domingo, 6 de septiembre de 2026

MATHIEU CHERKIT (1982): LA ESCALERA




















 

La escalera es un extraño artilugio. Y un inquietante cuerpo. Pone en contacto dos niveles, que son dos mundos. Ascender y descender por una escalera produce cierto vértigo. No se sabe qué se va a encontrar. La aprensión no está nunca lejos. El piso superior puede estar a oscuras y la posición con la que uno aborda este piso necesariamente es la de quien se siente en inferioridad de condiciones. 

Sin embargo, para quien se encuentra en una planta superior, asomándose al hueco de escalera. apoyado en la barandilla y escudriñando en la penumbra que inunda la planta interior, y se infiltra por la escalera, saber y comprobar que alguien no duda en emprender la subida, no deja de causar angustia. La distancia prudencial disminuye. Entendemos que quien sube se siente seguro. Y asciende con un propósito marcado, del que posiblemente seamos el objetivo. El crujido de los peldaños de madera constituye un aviso, y un quiebro en nuestra seguridad, a medida que el sonido aumenta de intensidad. Y la ventaja de la que disponíamos deviene una ratonera. Estamos arriba. Y no podemos ascender más. El peligro, por el contrario, tiene vía libre para llegar a nosotros.

La vista del piso inferior, en cambio, permite dominar el espacio y la situación. Quien se encuentre en planta baja debe alzar la mirada y se sabe o se siente observado. Mas, esta aparente posición de superioridad, dominante, de quien se asoma, a través del hueco de escalera, hacia el piso inferior, no le libra de cierta incomodidad ni inquietud. Descender siempre nos pone en una situación desvalida. Perdemos importancia. Nos desvelamos. Casi se diría que nos rendimos. La ventaja de la que gozábamos disminuye a medida que, peldaño a peldaño, bajamos (de nivel). La caída, rara cuando subimos, está a la vuelta de la esquina. Y es una caída mortal, de la que, al menos, no salimos indemnes. Las películas de misterio bien lo han mostrado. 

A través de la colocación -o el descubrimiento- de pequeños objetos, o de luces que no deberían estar encendidas, en los escalones, el pintor francés Mathieu Cherkit traduce la congoja de la escalera, su misteriosa seducción, de la que es difícil escapar, y el perturbador desaliento que despierta, ya que pone al descubierto la irrealidad de la sensación de seguridad que el interior de uns casa puede albergar. Son escaleras que giran, que vemos desde donde arrancan, pero nunca donde desembocan, o son incluso escaleras de las que solo percibimos un recodo, como si se desenvolvieran ajenas a nosotros, inmovilizados en un descansillo, sin saber qué hacer, qué pasó siguiente escoger, un paso en falso que podemos cometer sin posibilidad de dar marcha atrás. 

La escalera es un cuerpo que se retuerce en el interior de una casa, desbaratando la perfecta secuencia de espacios escalonados -nunca mejor día-, poniéndolos en contacto, permitiendo el tránsito de usuarios y temores. La escalera introduce la inseguridad, revelando la falsa seguridad en la que queremos creer que descansamos cuando entramos en una casa aislada, o cuando  emprendemos el ascenso en un bloque hacia nuestro apartamento por la escalera comunitaria, a merced de una luz que tirita o se apaga súbitamente con un chasquido, dejándonos a merced de nuestra imaginación desbocada.

Una exposición en París, hoy, descubre la obra “hogareña” de Mathieu Chakit:

https://semiose.com/en/exhibition/mathieu-cherkit-tendrement-2026/

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