Sede de la primera Escuela Mayor renacentista de Barcelona, calle Ripoll 25, otrora un edificio gótico, y hoy una construcción sin referencias a lo que fue.
El año empezaba tan mal como había acabado el anterior. El 1 de febrero de 1398, el Consejo de Ciento, que regía la política municipal de la ciudad de Barcelona, una vez más, desestimó la petición, casi la súplica del rey Martín I de Aragón el Humano o el Viejo, para que las autoridades municipales aceptaran por fin la instauración en Barcelona de una universidad, llamada entonces Estudio General y posteriormente Universidad del Estudio General, nombre que se mantuvo hasta el primer tercio del siglo XIX. El Consejo de Ciento no quería oír hablar de una universidad, considerada un contrapoder, una ciudad con sus propias leyes -benévolas- dentro de la ciudad.
La educación superior siguió recayendo en las escuelas monásticas y catedralicias, como la que el convento de Santa Catalina (hoy un mercado), en un barrio considerado de los estudiantes, acogía, así como en escuelas municipales.
Sin embargo, en 1438, el Consejo de Ciento aceptó reunir todas las escuelas municipales bajo la denominación de Escuelas Mayores, que solo se distinguían de las Estudios Generales por el hecho -sin duda no menor- que las enseñanzas ofertadas de artes liberales, filosofía, matemáticas , medicina, derecho civil y canónico, y teología, no eran homologables con las que ciudades europeas ya con universidades ofrecían. La validez de los estudios de las Escuelas Mayores, monacales, catedralicias y municipales -estudios superiores, ciertamente- no se extendía más allá de los límites de la ciudad.
Dos fueron las sucesivas sedes de las Escuelas Mayores de Barcelona. Se ubicaron en edificios alquilados.
Una, en la calle Ripoll 25, de lo que entonces era una villa distinta de Barcelona, la villa de Vilanova del Arcs, antes de su absorción por parte de Barchinone (así se denominaba la ciudad de Barcelona en la Edad Media) en un edificio gótico en mediocre estado -desde entonces ampliado y rehabilitado recientemente sin atender a su pasado-, pertenecía a un canónigo, cantor en la catedral, llamado Pau Vicenç Sorts.
La sede siguiente se ubicaba en el Call, el barrio judío destruido tras uno de los primeros pogromos en Europa. Pertenecía a un banquero, Guillem Colom, administrador del primer banco público europeo, la Mesa de Canvi, ubicado en la Llotja de Mar, quien se había hecho, gracias a una venia del rey, con numerosas y extensas propiedades que habían pertenecientes a familias judías expulsadas o asesinadas, enriquecido por el cobro de impuestos que hasta entonces obtenía la corona la cual le cedió dichos pagos. Desconozco si dicha sede existe aún.
Por fin, en 1450, y ante la pérdida de importancia de Barcelona por falta de gobernantes y legisladores debidamente formados, el Consejo de Ciento aceptó que la ciudad se dotara de una universidad, aunque pasaría un siglo antes que el municipio, el cabildo y mecenas privados, gracias al empeño del emperador Carlos V, se pusieran de acuerdo y asumieran el coste de la construcción de una sede permanente en lo que hoy es la parte alta de las Ramblas, llamada de los Estudios o de Canaletas, un antiguo torrente que recorre la ciudad antigua, bordeado por canales que traían el agua a una fuente pública -así como a la fuente en el centro del claustro de la sede de la universidad.
A PM por sus valiosos datos generosamente comunicados -cuyos errores en la transcripción sólo son imputables al redactor de esta breve crónica (base de una próxima exposición sobre la problemática historia de la universidad en Barcelona que el museo de historia de la ciudad prepara para diciembre de este año).

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