lunes, 30 de marzo de 2026

Transparencia

 La transparencia es el pecado original de la arquitectura moderna y contemporánea. La connotación religiosa no es gratuita. Las metáforas sobre las primera construcciones de vidrio, proyectadas o construidas, no rehuían, a principios del siglo XX, las alusiones a la luz divina y la inmaterialidad de la obra, vista y no vista, tangible y reflejada, capaz de acoger en su superficie las imágenes de todo lo que lo rodeaba, sin discriminar nada. 

La transparencia está ligada, en efecto, a la noción de pecado. Lo pecaminoso se practica a ocultas. Quien algo que esconder se escabulle o se recubre. El mal físico o moral, lo que no casa con la moral convencional, no puede practicarse a plena luz del día, a la vista de todos, so pena -pues la penalización, el castigo es ineludible y de rigor- del repudio, la exclusión, la condena. El disimulo, la ocultación, real y moral, el engaño son los recursos que cubren lo que no se puede mostrar. La noche, un pesado manto, envuelve lo que contradice lo que la ley moral impone. Apenas canta el gallo, la verdad se impone.

Quien está libre de pecado no tiene nada que esconder. Puede, debe, por tanto, actuar y mostrarse sin máscaras. No se esconde. La plena visibilidad de su figura y de sus actos es la prueba de su transparencia. No tiene una doble cara. Actúa a cara limpia, con la cabeza bien alta. No baja la mirada, como si temiera revelar lo que no se puede ver ni saber.

Frente al matiz jesuitico, según el cual existe una extensa gama de grises entre el brillo de ls verdad y la negrura de ls mentira, y existen razones que la razón no conoce ni debe hacerlo, propio del barroco católico, preso de las media verdades y la política de la buena cara al mal tiempo -tiempo habrá de la confesión y del perdón divino-, el rigorismo protestante exige que se sepa y se vea todo para que no cunda la sospecha ni el oprobio. 

Las celosías, propias de la arquitectura árabe, también imperan en el espacio doméstico católico. Permiten ver sin ser visto. Insinúan lo que puede ocurrir. Velan la luz para que no lo exponga todo crudamente. Vela a fin que nada sea hiriente a la vista. Permite que el mundo propio no sea de dominio público, sin que el filtro sea un escondite ni una muestra de hipocresía. La fragilidad, los sentimientos, las dudas  necesitan de cierta protección. No se pueden exponer descarnadamente, como si fueren decisiones o mandatos divinos. La celosía permite una vida personal, libre del peso de la mirada ajena, cuya comprensión puede llegar a ser una carga, como si nada pudiera realizarse sin el juicio ajeno. 

El espacio doméstico, cerrado entre cuatro paredes, segregado del espacio público, es un espacio peligroso, donde la tentación de hacer lo que no segregado pueda hacer visiblemente reina. No se ve ni siquiera se oye siempre lo que ocurre en el espacio privado. La imaginación, ante la falta de evidencias, se desata, así como la murmuración que va socavando el buen nombre del sospechoso. ¿Por qué baja la persiana, cierra los postigos, corre los pesados cortinajes, apaga la luz si no es para que nadie vea y sepa lo que está a punto de cometer?  La mala reputación solo se combate con la visibilidad: ventanas sin filtros que permiten que la vista hurgue y husmee lo que acontece en el interior de las casas, y certifique que nada contrario a la norma se ejecuta. El espacio privado debe hacerse público. No pueden existir zonas en sombra. El secretismo está proscrito.

La transparencia es un antídoto contra el engaño. Parte del principio de la falacia humana. El ser humano es por definición sospechoso, tanto si hace como, sobre todo, si no hace. Está expuesto siempre a la condena moral. La única protección es la ausencia de protección: la vida a plena luz, la ausencia de mundo interior, la exposición constante de lo que que hace y piensa hacer, es decir, la inhumanidad. 

La transparencia solo tiene sentido para los dioses, no porque no tengan nada que ocultar, sino porque estén por encima del bien y del mal. Nada les importa. El oprobio no les preocupa. No tienen conciencia. Los humanos, por el contrario, sabemos que no siempre seremos comprendidos, ni tenemos porque serlo. Un mundo propio requiere quietud, ensimismamiento , protección, duermevela. Necesita filtros para no quedar expuesto y disolverse. La transparencia es lo contrario al pensamiento, a la vida interior.

La arquitectura occidental a partir del siglo XX devino puritana. El hombre nuevo era puro. No temía nada. Estaba cargado de razones. La razón estaba de su lado. ¿Pars qué entonces la ocultación, signo de debilidad y de doblez? Abajo los muros, que siempre incitan a la tentación. Luces y cristales. Que la vida se exponga. El oprobio como criterio de conducta: quien se aparta es un peligro. Debe de ser devuelto a la luz que no atiende a matices. La peor condena es siempre la exposición pública. La arquitectura moderna como el mecanismo más eficaz de control de los ciudadanos: que sientan que están desnudos, que siempre serán juzgados y condenados. El arquitecto como juez supremo. La perversidad de la arquitectura. Ls transparencia ciega.



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