domingo, 26 de septiembre de 2021

Bodegón

 


Julio González (1876-1942): Bodegón, 1920-1926, óleo sobre cartón, Museo de Arte Contemporáneo Sempere, Alicante

Foto (“robada”): Tocho, septiembre de 2021


Un bodegón es una obra de pequeñas dimensiones. La estrecha ventana se centra y destaca unos pocos objetos dispuestos en una superficie horizontal, una mesa, un estante, un altar, a los que destaca. Los objetos son menudos, modestos; raras veces son joyas ni piezas suntuarias. No son testimonios suntuosos, de riqueza ni abundancia. Frágiles, a menudo, e invisibles en un contexto distinto. Su agrupación parece casual, como si yacieran desordenados, pero se intuyen secretas, calculadas relaciones. Se descubre pronto que solo pueden hallarse allí del modo cómo se disponen.

El bodegón atiende a enseres que pasarían desapercibidos. No realza singularidades, objetos sueltos, sino una comunidad de piezas que han tejido relaciones entre ellas. Todas suelen estar al servicio del ser humano. Habitualmente le sirven, le prestan apoyo, ayuda: la palabra española “bodegón” pone el acento tanto en el carácter alimenticio de lo que contiene -son elementos de una bodega- como en la modestia del lugar al que pertenecen. Y, por unos momentos, el tiempo de una mirada, el bodegón les convierte en los protagonistas de una historia. Otrora -y aún hoy en ciertas culturas-, la historia era sagrada. Los objetos constituían una ofrenda, una plegaria, o una de detención. Como un acertijo, imploraban o aleccionaban, y la plegaria o la lección debía ser descifrada. Los objetos eran palabras que narraban una historia suscitando el placer de interpretarla. Cada objeto solo tenía sentido en compañía de los que lo rodeaban.

Los bodegones modernos desatienden los sentidos trascendentes. Solo presten atención a la musicalidad de los objetos, a la frase musical que componen. Un bodegón, hoy, es una frase compuesta para sonar en la retina, objetos dispuestos para resonar en nosotros, desperezando nuestra imaginación alertada, alentada por las armonías secretas que los objetos van teniendo. Un bodegón es un mundo, cotidiano y extraordinario a la vez, en el que unos pocos objetos descansan en paz -“still life”, vida quieta, tranquila, silenciosa, que ha hallado su lugar en el mundo, como la vida eterna (“nature morte”), son las expresiones inglesa y francesa, que se traducen por bodegón-, causando cierta inquietud sin embargo, como si la quietud que emana quisiera advertimos de la constante inquietud que nos embarga, proponiéndonos remansos de paz donde olvidarnos de los que nos ocurre. Un bodegón es una lección moral, una propuesta de otra vida, sabiendo que probablemente dicha lección necesaria será atendida sólo de oídas. Porque un bodegón revela objetos que no nos necesitan, ensimismados. colmados, habiendo alcanzado la paz, hecha la paz con ellos mismos, que pueden transmitirnos cierta paz moral, que existen también para ilustrarnos, a fin que nos aceptemos, asumiendo y disfrutando de escenas tan modestas y pletóricas como la contemplación de un bodegón.

El bodegón que encabeza el texto es obra, obra sorprendente, del escultor Julio González, y bien podría ser la mejor obra del arte español del siglo XX, cuya llamada hipnótica se escucha ya desde lejos, apenas se accede a la sala del museo Sempere en Alicante que preside -pese a la bondad de las obras de Gris y Gargallo que lo acompañan.

https://maca-alicante.es/

No hay comentarios:

Publicar un comentario