Fotos de la exposición: Tocho, septiembre de 2026
Barcelona fue planificada por el ingeniero Cerdá, construida (o destruida) por el alcalde Porcioles, y restaurada por la arquitecta Gemma Serch;
quien, precisamente, tras años, decenios, siglos de desidia municipal, ha podido rehabilitar inteligente, sensible y preciosamente el devastado palacio barroco del marqués de Alfarrás, cuyo origen, una torre de defensa, se remonta a la alta Edad Media, y cuya parque, un laberinto -que se restaura- que se prolonga en los bosques de la Sierra de Collcerola a cuyos pies se extiende la ciudad, es uno de los más hermosos en Europa.
La restauración preserva la condición de ruina interior que, gracias a la intervención, se transforma no en un espacio mutilado, sino en un lugar en cuyos muros cohabitan, se completan y se superponen los estratos, a lo largo del tiempo -testimonios del uso y del abuso, el interés y el abandono, los cambios de gusto que han marcado el vientre del palacio-, y se desvela la antigüedad, el pasado que ha conformado el edificio y lo ha dotado con la imponente presencia que manifiesta hoy.
Y es en este laberinto interior -así se configura el volumen, entre escaleras y salas que se abren a otras a las que no se puede acceder, un juego parecido a un juego de espejos- donde se dispone la mejor exposición que cabe imaginar.
Una exposición de fotografías que parecen imágenes de las estancias, acrecentando esta ilusión espacial, pero que son, en verdad, fotos de encargo del arquitecto y fotógrafo Adrià Goula de edificios aparentemente en ruinas, cargados de cascotes, debido a los complejos trabajos de rehabilitación llevados a cabo por conocidos arquitectos actuales, restos que se asemejan a obras -instalaciones, esculturas- de artistas contemporáneos fascinados por la destrucción, expuestos ante las fotografías, como si hubieran salido de éstas, por la ruina, por lo que queda de construcciones agotadas o abandonadas porque ya no nos sirven, justo antes de ser barridas.
Una excelente exposición en el lugar más adecuado, y un oportuno aviso el año de los fastos de la Capitalidad Mundial de la Arquitectura en Barcelona; como si la exposición, como en el primer capítulo de la novela Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, documentase lo que queda, el polvo, la caída, la decadencia y los desperdicios, cuando las últimas luces de feria se apagan, rescoldos de lo que fue o pudo haber sido.























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