Fotos: Tocho, Barcelona, septiembre de 2026.
Faltaban días para que la exposición que celebraba el cincuentenario de la Exposición Internacional de Barcelona se inaugurara en la fundación Miró de Barcelona, aunque, debido a los atrasos, ya no estábamos en 1979, sino un año más tarde.
La exposición documentaba los pabellones que se construyeron en la montaña de Montjuic, e incluía una pequeña muestra, organizada por el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, dedicada al pabellón alemán diseñado por Ludwig Mies y Lilly Reich. Aún no se había decidido su reconstrucción (contraviniendo el sentido del pabellón, necesariamente una obra temporal, como cualquier pabellón ferial o los pabellones que cada verano grandes arquitectos levantan por unos meses en un parque de Londres).
La exposición comprendía también un apartado dedicado a las artes decorativas, casi todas de estilo art déco, popularizado cuatro años en la exposición de Artes Decorativas de París de 1925. Iba a ser la primera muestra sobre el art déco catalán, aún no documentado. Las obras expuestas procedían de colecciones privadas -que a menudo no daban importancia a lo que era percibido como una gastada antigualla de dudoso gusto, pasado de moda- o de los talleres de los propios artistas y artesanos, a veces olvidados y en las postrimerías de sus carreras.
La familia de un conocido ceramista modernista casualmente halló, en un desván, una obra que resultó ser una rareza de gran valor: uno de los pocos ejemplares conservados de unos raros tiestos de cerámica vidriada -unas piezas únicas, todas distintas, una treintena de variantes de un mismo modelo- que representan pabellones o mansiones de veraneo rodeadas de fuentes y jardines escalonados. Estas cerámicas, de Llorenç Artigas -una de las cumbres del arte decorativo de los años veinte-, estaban pintadas por el artista francés Raoul Dufy, y ajardinadas por el arquitecto, experto en jardines, Nicolás Rubió Tudurí. Eran unos delicados jardines en miniatura, hoy ávidamente coleccionados.
El descubrimiento era una noticia inesperada, excepcional. Mas, el tiesto no estaba pintado ni barnizado. Y desde luego no tenía plantas.
Contactado Rubió Tudurí -el ceramista y el pintor ya no vivían-, aceptó ajardinarlo. Mas, a la vista del tiesto, también se ofreció para pintarlo con esmaltes en frío que adquirió en una tienda de material artístico. Tenía noventa años. La mano le temblaba. Preguntó al estudiante de arquitectura y artista Manuel Arenas, quien trabajaba en la exposición en ciernes, si podría ser su mano y pintar el tiesto siguiendo sus precisas indicaciones, en medio de la calle. Rubió Tudurí conservaba su mirada acerada : una corta y nerviosa línea azul celeste aquí, unos puntos rojos a un lado, un detalle ocre en la punta del tejado a cuatro aguas… No se trataba de pintar todo el tiesto, algo imposible dada la premura y los medios; solo de evocar los colores y el brillo del acabado que presentaba este tipo de cerámicas. Luego, se atrevería a firmar el tiesto, con letra temblorosa pero legible, orgulloso del trabajo del estudiante. Así se hizo. Rubio Tudurí escogió entonces pequeñas plantas en una conocida floristería de la calle Balmes donde solía acudir, y ajardinó el tiesto que ahora lucía. Y se incluyó en la muestra. Meses más tarde, Rubió Tudurí fallecía.
Hoy, una pequeña exposición, muy bien montada, en Barcelona, recuerda hoy la obra teórica y práctica de jardinería y de arquitectura de Rubió Tudurí. Incluye una obra única, quizá la mejor que jamás hiciera o habría hecho este arquitecto: un desconocido diminuto tiesto, pintado y barnizado, de Llorenc Artigas, que, sin duda, habría sido ajardinado por el arquitecto. Solo por esta obra la exposición merece una visita.











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