domingo, 15 de agosto de 2021

Quince de agosto, entre la política y la religión












 Fotos: Gloria Álvarez y Arcadio de Bobes, arquitectos, o
Palma de Mallorca, 14-15 de agosto de 2021, gracias a quiénes hemos sabido de un ritual mallorquín celebrado el catorce de agosto, la exposición de una cincuentena de estatuas de María muerta o dormida en diversas iglesias: 


Aunque no era común, hubieron mortales que alumbraron a inmortales, así Sémele, madre de Dionisio, en la antigüedad, como también existieron mortales como Hércules ascendidos a los cielos.
Sin embargo, María no es una mera réplica de Sémele. Lo que tienen en común empalidece ante lo que las distingue. María es una humana ascendida a los cielos, un fenómeno, la Asunción, que se celebra el quince de agosto en el Catolicismo, que no la diviniza, sino que éste es propio de los mortales al final de los tiempos. Todos ascenderemos. Lo que distingue la suerte de María de la del resto de los mortales es que este acontecimiento se adelantó del final de los tiempos al final del tiempo personal, a los pocos días de la muerte, o del sueño eterno (la llamada dormición) de María : aunque Hypnos era hermano de Thanatos, los teólogos no han decidido sobre la suerte de María poco antes de la Asunción. No obstante, un célebre cuadro de Caravaggio, titulado La muerte de la Virgen, que muestra el cuerpo ya hinchado de la virgen en su lecho de muerte, no deja lugar a dudas sobre la condición mortal de la virgen. 
Por otra parte, María no alumbró a un dios, sino a un humano, aunque de manera milagrosa, poseída por la Palabra divina. Es decir, su maternidad la acerca y la aleja de otras maternidades singulares, que se dieron en la antigüedad, porque su hijo es un hombre, alumbrado mágicamente, aunque su hijo llegará a alcanzar una segunda  naturaleza, inmortal esta vez, tras ser poseído por el Espíritu divino tras el bautismo. Obviamente, la naturaleza divina no fue generada, ni murió. Lo que murió fue la persona humana, Jesús, no Cristo, y lo que resucitó fue Jesús, la persona humana, que se reencontró con su “doble” divino, Cristo. Queda precisar que salvo en el momento del nacimiento y la muerte, Jesucristo fue mortal e inmortal a la vez, su condición mortal permitiéndole estar entre los mortales, y la inmortal facilitándole la educación de aquéllos.
María, en todos los casos, es la dadora de la naturaleza humana de Jesucristo, fue quien lo humanizó, distinguiéndolo, por tanto, de otras divinidades paganas tardías, redentoras, anunciadoras de la vida eterna (del alma, tan solo, contrariamente a lo que proclamaba Jesucristo), tras la muerte.

Un milenio y medio más tarde, el  rey francés Luis XIII puso todas sus posesiones bajo la advocación de María. Su reino ya no era meramente de este mundo. 
Tras la temporal abolición de la monarquía, el reino francés dejó de estar divinamente protegido.
El cónsul revolucionario Napoleón Bonaparte, consagrado como emperador Napoleón I, a principios del siglo XIX, puso remedio a este abandono. Había nacido un quince de agosto. Decretó, por tanto, que su santo era el santo del Imperio. Mas, curiosamente, Napoleón -un nombre poco común, pero existente desde la Edad Media-, no tenía  santo. La iglesia gálica, anunció, tras una investigación por bibliotecas, que Napoleón era una deformación de Neopoulo, un desconocido, seguramente inexistente mártir de la época de Diocleciano, cuyo santo, sin embargo, acontecía a principios de mayo. Esta fecha fue abolida, Neopolo ( Neopoulo, Neopoulus o Neopolis) de Alejandría  se convirtió en Napoleón, y Napoleón I en la nueva encarnación del santo (y en el nuevo Alejandro), dotándolo de un rostro personalizado. Es así como, durante quince años, en Europa (el Imperio Napoleónico), la fiesta de la Asuncion se cambió por la fiesta de Napoleón, en la que un mortal daba cuerpo, de nuevo, a un inmortal, un santo a la vera de Dios.
La caída de Napoleón I restituyó el culto de María y de sus efigies en el lecho de muerte, como aún acontece hoy en Mallorca.



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