jueves, 6 de abril de 2023

Procesión (antorchas humanas)



Henryk Siemiradzki (1843-1902): Las antorchas de Nerón, o Las luces del Cristianismo 1876, 385 x 704 cm (Galería Nacional, Cracovia)

Tiempo de procesiones; enlutados ceremoniantes, entre cirios macilentos, cargan, en silencio, o bajo el atronador martilleo de los tambores y las hirientes fanfarrias de las trompetas de la muerte, con el inhumano peso de las tarimas cubiertas de gruesas telas carmesíes, sobre las que se exhiben descomunales dolientes tallas sanguinolentas de la torturada corte celestial, componiendo un lúgubre desfile fascinante y aterrador por las oscuras callejuelas de las principales ciudades españolas.
Las procesiones, herederas de las ceremonias paganas en honor de una divinidad, como los desfiles de las Panatenaicas atenienses, o las  nocturnas procesiones báquicas a la luz de las antorchas, durante las cuales se los fieles se laceraban (como también ocurre en procesiones cristianas y chiitas), rememoran la primera procesión cristiana , la subida al monte Calvario, cruz a cuestas, de su divinidad, Jesucristo , cuyo primer recordatorio legendario (seguramente imaginario), según  cuenta el historiador romano Tácito (quien difícilmente habría podido  contemplar el supuesto horripilante espectáculo, ya que tenia doce años y vivía quizá en Narbona, muy lejos de Roma, cuando aquél habría tenido lugar), fue la procesión de teas humanas, suplicados cristianos clavados en la cruz, cubiertos de brea, a los que se prendió fuego, convertidos en los primeros mártires, y que iluminaron los siniestros jardines de la Domus Aurea, el palacio del emperador Nerón en el centro de Roma, como castigo por haber causado el devastador incendio de la ciudad, según las acusadoras palabras del emperador, como cuenta la leyenda que buscó ensombrecer el legado de Nerón, cruel, sin duda, como todo ser humano (pero no más cruel que quienes han encendido las actuales guerras de Iraq, Palestina, Yemen, Siria, Eritrea o Ucrania), y el primer gran urbanista de la caótica Roma, incendiada por un accidente.

“Mas ni con los remedios humanos ni con las lar­guezas del príncipe o con los cultos expiatorios perdía fuerza la creencia infamante de que el incendio había sido ordenado [por Nerón]. En consecuencia, para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llama­ ba cristianos, aborrecidos por sus ignomias. Aquel de quien tomaban nombre, Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pi­lato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad, lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas. El caso fue que se empezó por detener a los que confesaban abiertamente su fe, y luego, por denuncia de aquéllos, a una ingente multitud, y resultaron convictos no tanto de la acusa­ción del incendio cuanto de odio al género humano. Pero a su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por los perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran como iluminación durante la noche. Nerón había ofrecido sus jardines para tal espectáculo, y daba festivales circenses mezclado con la plebe, con atuendo de auriga o subido en el carro. Por ello, aunque fueran culpables y merecieran los máximos castigos, provocaban la com­ pasión, ante la idea de que perecían no por el bien público, sino por satisfacer la crueldad de uno solo.”

(Tácito: Anales XV40, 2-5)
 

5 comentarios:

  1. No estoy seguro de la verdad de aquel episodio que acaso es más que nada verosimilitud. Y de los testimonios de los seguidores de aquella secta no me fío. Se ha manipulado la historia desde el primer momento y sobre todo desde Constantino, por mor de los triunfadores que ya sabemos. Y como bien se indica Nerón no era más cruel que cuantos se encuentran como responsables tras la devastación de los citados países u otros menos citados (de Äfrica, de Asia...) pero donde el sacrificio humano ha seguido en vigor.

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    1. La imagen tan negra de Nerón de aclara y se matiza hoy. Ya se sabe que el bulo del incendio de Roma causado por Nerón fue una manera eficaz de desprestigiar este emperador fascinado por oriente, y su crueldad sin duda fue cierta pero posiblemente no superior a la de Adriano, casi santificado, por rl contrario.
      Tácito tuvo acceso a documentos originales y a testimonios de primera mano, pero eran eso, afirmaciones no contrastadas. Si hiciéramos caso de lo que se dice hoy sobre ciertos políticos su imagen no saldría muy beneficiada, pese a que se puede comprobar que lo afirmado no siempre es cierto.

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  2. Nada puedo comentar de la autenticitat de los hechos que Tácito narra. Y las víctimas merecen compasión (aún milenios después). Pero no comparto ese ensalzamiento del sufrimiento que muestran las procesiones.

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  3. Nada sé de la veracidad de los hechos históricos narrados por Tácito. Las víctimas siempre (aun milenios después) merecen compasión. Pero no comparto ese valor que da al sufrimiento la religión y que en muchas procesiones muestran como espectáculos.

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  4. En efecto, el retrato de Nerón por Suetonio debe de estar muy ennegrecido y sin duda lo que cuenta no es cierto. Los que se infringen castigos corporales lo hacen voluntariamente pero no queda claro que su pública exposición sea necesaria ni conveniente. Tiene cierto grado de exhibicionismo

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