martes, 31 de marzo de 2026
Muhammad Ibn al-Muhsain (¿arquitecto?): Mezquita del sultán al-Hassan (El Cairo, Egipto, s. XIV)
domingo, 29 de marzo de 2026
Mezquita de Al-Azhar (s. X, El Cairo)
viernes, 27 de marzo de 2026
Atado y bien atado: magia y arquitectura en el Egipto faraónico
El número de diminutos útiles de construcción en el Egipto faraónico es sorprendente: pequeños trineos para transportar sillares, compases, palas, espátulas, cuchillos, sierras, todo un arsenal que parece haber sido construido para gnomos. Cuesta saber para qué sirven, toda vez que en ocasiones entre el útil y su réplica en miniatura apenas se perciben diferencias. Las réplicas parecen objetos de uso.
Su función es simbólica. Forman parte de las ofrendas que se depositan en la tierra, acto necesario que precede el inicio de las obras. Dichas miniaturas se depositan en las zanjas abiertas para hincar los cimientos.
¿A qué responde esta ofrenda?
Los útiles y sus réplicas son útiles, pero también son objetos mágicos, sin que exista diferencia entre el uso y el culto, la funcionalidad y la simbología. Los útiles sirven y son funcionales porque son mágicos. Están cargados de energía, que permite que el objeto cumpla la función encomendada.
Mas, esta energía puede disiparse; en este caso la construcción corre un peligro. Ha sido ejecutada por un útil inerte, muerto, y la falta de energía se transmite al edificio que puede decaer -si se ha logrado concluir la obras.
A fin de evitar este peligro, la deposición u ofrendas de los útiles de construcción simbólicos se acompañaba de la entrega de una pequeñas tallas de madera, ejecutadas en ébano y madera de cedro, que representaban nudos. La fuerza del útil quedaba así atada a la ofrenda de las réplicas. No se escapaba. Se aseguraba así que el edificio no decayera, que pudiera resistir los envites del tiempo.
Los nudos, en todas las culturas, son objetos peligrosos: retienen y, por tanto, atan. Impiden el movimiento. Coarten la vida. Los nudos coartan la fecundidad. La energía no se libera.
Pero los nudos también evitan el desperdicio de la misma. Los nudos, que unen maderas duras contrapuestas, expresan la unión que se busca entre la construcción y la tierra, el correcto y duradero implante de la obra bien enraizada en el interior del aquélla.
La feliz ejecución de una obra requería saber y pericia, pero también el cumplimiento de los ritos gracias a los cuales la fuerza del útil consolidaba la obra. Ésta no se desmoronaría, retenida, atada a la tierra con el vigor transmitido, permanentemente en activo tras su entrega a la tierra -por medio de los nudos perennes, dolosamente ejecutados-, a la base del edificio que podrá crecer erguido sin desmayo.
jueves, 26 de marzo de 2026
MAY, PRÓSPERO ARQUITECTO FARAÓNICO (C. 1200 aC)
Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.
domingo, 22 de marzo de 2026
El diluvio cesó en El Cairo
Fotos: Tocho, mezquita de Ibn Tulun, El Cairo (Egipto), marzo de 2026.
Después de cuarenta días y cuarenta noches, el arca de Noé, zarandeada por las aguas embravecidas y la lluvia que batía, se detuvo de pronto. Las aguas se aquietaron. Noé abrió con cuidado la trampilla y observo que una roca apenas sobresalía sobre las aguas que cubrían el orbe enteros. Esta roca se llamaba Jabal Yashkur.
El destino que le aguardaba era casi milagroso. El dios de los hebreos puso a prueba al mítico profeta Abraham. Le ordenó, para validar su confianza en la divinidad, sin explicación ni justificación algunas, que sacrificara a su hijo Isaac, solo porque se lo mandaba. Y Abraham inclinó la cabeza. Cogió a su hijo de la mano, ascendió al Jabal Yashkur, y se aprestaba a degollarlo cuando la divinidad le retuvo la mano. Abraham no dudaba ante las órdenes divinas.
Eras más tarde, el pueblo de Israel regresaba a la tierra prometida tras el exilio en Egipto. Tras vagar perdido en el desierto durante cuarenta años -o cuarenta días y cuarenta noches que equivalían a cuarenta años, una eternidad, la duda se infiltraba. La divinidad parecía haber abandonado a sus fieles. Fue entonces cuando el abanderado, el mítico Moisés, ascendió por el Jebel Yashkur para implorar la ayuda divina.
Tres veces la cumbre del Jebel Yashkur fue llamada en ayuda de los dejados de la mano del dios. Y tres veces rescató a quienes habían perdido la fe o podrían perderla.
Es sobre esta roca, entonces, milenios más tarde, en tiempos ya humanos, en el siglo IX, que el gobernador abassida Ibn Tulun -de origen turco, nacido en Bagdad-mandó que se erigiera una mezquita perfecta: un patio cuadrado, en cuyo centro se ubica una construcción perfecta -como si la piedra no hubiera lastrado el dibujo geométrico- que las aguas purificadores, con las que el fiel renace; un cuadrado tangible y sin embargo hecho con la cálida luz de la piedra que el sol aureola, rodeado de arcadas, cuya fila, en un lado, se multiplicaba para componer la sala de oraciones, teniendo en frente el minarete, concebido a imagen de la Torre de Babel -para que nadie olvidara lo que aconteció cuando los humanos decidieron ascender a los cielos como si de dioses se tratara-, en verdad, a imagen del minarete en espiral de la mezquita de Samarra, no lejos de donde se alzó la torre de Babel.
Abandonada y restaurada hace un cuarto de siglo, la mezquita Ibn Tulun es una de las cuatro más hermosas del islam. En el patio y bajo las bóvedas de la sala, impera el silencio absoluto. El tiempo se ha detenido. La perfección de la geometría acalla cualquier rumor.




































































