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miércoles, 1 de abril de 2026

GLEN BAXTER (1944-2026): EL SUBLIME MUNDO DEL ARTE BAJO LA PLUMA INOCENTE DE GLEN BAXTER


















































 

El dibujante inglés Glen Baxter falleció ayer y ya percibimos los efectos de su ausencia: un escritor con boina proclama por tierra, mar y aire que se retira se retira a Venecia -falta  que comunique por redes y programas de tele realidad su dirección- cansado de tanta exposición; la Casa Blanca se convierte en una pista de baile dorada (o naranja); unos arquitectos explican que su modesta vivienda de cuatrocientos metros cuadrados se vincula a la práctica del loft como paradigma de la libre apropiación del espacio, en un sentido tectónico, político y temporal, con un suelo topográfico; y así.

Inspirado por ediciones baratas de novelas en las que la compaginación coloca una ilustración junto a un párrafo que nada tiene que ver con la imagen, produciéndose un curioso efecto, Glen Baxter puso en práctica la definición de una mirada surrealista al mundo, o una mirada que desvela situaciones surrealistas, entendida como un delicado encuentro entre dos situaciones que chocan entre sí, que parecen oponerse o rechazarse, pero que acaban por desvelar una realidad entrañable, despejada de grandeza y presunción, humana, cercana, vagamente ridícula y muy justa. 

El mundo del arte, las proclamas de los artistas y las elaboradas interpretaciones de los teóricos, componen una mina inagotable de encuentros absurdos entre lo que se hace y lo que se dice, entre lo que se pretende y el resultado. El mundo de la arquitectura no es infecundo, sobre todo desde los años ochenta del siglo pasado, pero Glen Baxter ha buceado menos en él.

Sus imágenes no son agrias, no denuncian, el sarcasmo no es de recibo, tan solo emiten un ligero comentario sobre lo que se muestra, que pone en evidencia cierta distancia entre el propósito y el logro, un comentario como de pasada, ligero, amable y demoledor.  

Imágenes de otra época de vaqueros y boyscouts, a menudo, de trazo limpio y nunca caricaturesco, se conjugan con títulos que no hacen una referencia directa a la actualidad -tan sólo alusiva al confinamiento durante la pandemia en 2020-2021- pero que echen luz sobre los humos que a veces nos impiden ver la realidad y su trasfondo. 

El rey nunca quedó más desnudo como en las viñetas que Glen Baxter publicaba regularmente en la prensa. 



lunes, 30 de marzo de 2026

Transparencia

 La transparencia es el pecado original de la arquitectura moderna y contemporánea. La connotación religiosa no es gratuita. Las metáforas sobre las primera construcciones de vidrio, proyectadas o construidas, no rehuían, a principios del siglo XX, las alusiones a la luz divina y la inmaterialidad de la obra, vista y no vista, tangible y reflejada, capaz de acoger en su superficie las imágenes de todo lo que lo rodeaba, sin discriminar nada. 

La transparencia está ligada, en efecto, a la noción de pecado. Lo pecaminoso se practica a ocultas. Quien algo que esconder se escabulle o se recubre. El mal físico o moral, lo que no casa con la moral convencional, no puede practicarse a plena luz del día, a la vista de todos, so pena -pues la penalización, el castigo es ineludible y de rigor- del repudio, la exclusión, la condena. El disimulo, la ocultación, real y moral, el engaño son los recursos que cubren lo que no se puede mostrar. La noche, un pesado manto, envuelve lo que contradice lo que la ley moral impone. Apenas canta el gallo, la verdad se impone.

Quien está libre de pecado no tiene nada que esconder. Puede, debe, por tanto, actuar y mostrarse sin máscaras. No se esconde. La plena visibilidad de su figura y de sus actos es la prueba de su transparencia. No tiene una doble cara. Actúa a cara limpia, con la cabeza bien alta. No baja la mirada, como si temiera revelar lo que no se puede ver ni saber.

Frente al matiz jesuitico, según el cual existe una extensa gama de grises entre el brillo de ls verdad y la negrura de ls mentira, y existen razones que la razón no conoce ni debe hacerlo, propio del barroco católico, preso de las media verdades y la política de la buena cara al mal tiempo -tiempo habrá de la confesión y del perdón divino-, el rigorismo protestante exige que se sepa y se vea todo para que no cunda la sospecha ni el oprobio. 

Las celosías, propias de la arquitectura árabe, también imperan en el espacio doméstico católico. Permiten ver sin ser visto. Insinúan lo que puede ocurrir. Velan la luz para que no lo exponga todo crudamente. Vela a fin que nada sea hiriente a la vista. Permite que el mundo propio no sea de dominio público, sin que el filtro sea un escondite ni una muestra de hipocresía. La fragilidad, los sentimientos, las dudas  necesitan de cierta protección. No se pueden exponer descarnadamente, como si fueren decisiones o mandatos divinos. La celosía permite una vida personal, libre del peso de la mirada ajena, cuya comprensión puede llegar a ser una carga, como si nada pudiera realizarse sin el juicio ajeno. 

El espacio doméstico, cerrado entre cuatro paredes, segregado del espacio público, es un espacio peligroso, donde la tentación de hacer lo que no segregado pueda hacer visiblemente reina. No se ve ni siquiera se oye siempre lo que ocurre en el espacio privado. La imaginación, ante la falta de evidencias, se desata, así como la murmuración que va socavando el buen nombre del sospechoso. ¿Por qué baja la persiana, cierra los postigos, corre los pesados cortinajes, apaga la luz si no es para que nadie vea y sepa lo que está a punto de cometer?  La mala reputación solo se combate con la visibilidad: ventanas sin filtros que permiten que la vista hurgue y husmee lo que acontece en el interior de las casas, y certifique que nada contrario a la norma se ejecuta. El espacio privado debe hacerse público. No pueden existir zonas en sombra. El secretismo está proscrito.

La transparencia es un antídoto contra el engaño. Parte del principio de la falacia humana. El ser humano es por definición sospechoso, tanto si hace como, sobre todo, si no hace. Está expuesto siempre a la condena moral. La única protección es la ausencia de protección: la vida a plena luz, la ausencia de mundo interior, la exposición constante de lo que que hace y piensa hacer, es decir, la inhumanidad. 

La transparencia solo tiene sentido para los dioses, no porque no tengan nada que ocultar, sino porque estén por encima del bien y del mal. Nada les importa. El oprobio no les preocupa. No tienen conciencia. Los humanos, por el contrario, sabemos que no siempre seremos comprendidos, ni tenemos porque serlo. Un mundo propio requiere quietud, ensimismamiento , protección, duermevela. Necesita filtros para no quedar expuesto y disolverse. La transparencia es lo contrario al pensamiento, a la vida interior.

La arquitectura occidental a partir del siglo XX devino puritana. El hombre nuevo era puro. No temía nada. Estaba cargado de razones. La razón estaba de su lado. ¿Pars qué entonces la ocultación, signo de debilidad y de doblez? Abajo los muros, que siempre incitan a la tentación. Luces y cristales. Que la vida se exponga. El oprobio como criterio de conducta: quien se aparta es un peligro. Debe de ser devuelto a la luz que no atiende a matices. La peor condena es siempre la exposición pública. La arquitectura moderna como el mecanismo más eficaz de control de los ciudadanos: que sientan que están desnudos, que siempre serán juzgados y condenados. El arquitecto como juez supremo. La perversidad de la arquitectura. Ls transparencia ciega.



domingo, 22 de marzo de 2026

El diluvio cesó en El Cairo

 





























Fotos: Tocho, mezquita de Ibn Tulun, El Cairo (Egipto), marzo de 2026.



Después de cuarenta días y cuarenta noches, el arca de Noé, zarandeada por las aguas embravecidas y la lluvia que batía, se detuvo de pronto. Las aguas se aquietaron. Noé abrió con cuidado la trampilla y observo que una roca apenas sobresalía sobre las aguas que cubrían el orbe enteros. Esta roca se llamaba Jabal Yashkur.

El destino que le aguardaba era casi milagroso. El dios de los hebreos puso a prueba al mítico profeta Abraham. Le ordenó, para validar su confianza en la divinidad, sin explicación ni justificación algunas, que sacrificara a su hijo Isaac, solo porque se lo mandaba. Y Abraham inclinó la cabeza. Cogió a su hijo de la mano, ascendió al Jabal Yashkur, y se aprestaba a degollarlo cuando la divinidad le retuvo la mano. Abraham no dudaba ante las órdenes divinas.

Eras más tarde, el pueblo de Israel regresaba a la tierra prometida tras el exilio en Egipto. Tras vagar perdido en el desierto durante cuarenta años -o cuarenta días y cuarenta noches que equivalían a cuarenta años, una eternidad, la duda se infiltraba. La divinidad parecía haber abandonado a sus fieles. Fue entonces cuando el abanderado, el mítico Moisés, ascendió por el Jebel Yashkur para implorar la ayuda divina.

Tres veces la cumbre del Jebel Yashkur fue llamada en ayuda de los dejados de la mano del dios. Y tres veces rescató a quienes habían perdido la fe o podrían perderla.

Es sobre esta roca, entonces, milenios más tarde, en tiempos ya humanos, en el siglo IX, que el gobernador abassida Ibn Tulun -de origen turco, nacido en Bagdad-mandó que se erigiera una mezquita perfecta: un patio cuadrado, en cuyo centro se ubica una construcción perfecta -como si la piedra no hubiera lastrado el dibujo geométrico- que las aguas purificadores, con las que el fiel renace; un cuadrado tangible y sin embargo hecho con la cálida luz de la piedra que el sol aureola,  rodeado de arcadas, cuya fila, en un lado, se multiplicaba para componer la sala de oraciones, teniendo en frente el minarete, concebido a imagen de la Torre de Babel -para que nadie olvidara lo que aconteció cuando los humanos decidieron ascender a los cielos como si de dioses se tratara-, en verdad, a imagen del minarete en espiral de la mezquita de Samarra, no lejos de donde se alzó la torre de Babel.

Abandonada y restaurada hace un cuarto de siglo, la mezquita Ibn Tulun es una de las cuatro más hermosas del islam. En el patio y bajo las bóvedas de la sala, impera el silencio absoluto. El tiempo se ha detenido. La perfección de la geometría acalla cualquier rumor.