Una dama noble cretense, cuyo nombre no ha llegado a nosotros, adquirió, en una época indeterminada, una casa construida en piedra por el arquitecto Hajj Mohammad Ibn al-Hajj Salim Ibn Galman al-Gazzar a mediados del siglo XVI.
Gracias a un puente cubierto, unió dicha vivienda con la casa vecina, levantada, también con sillares de piedra oscura, en la primera mitad del siglo XVI, por el arquitecto Abdel-Qader al Haddad. La doble morada recibió el nombre de la Casa de la Cretense (Beit al-Kritliyya).
Se trataba de una vivienda privada que ofrecía un servicio público. La frontera entre lo público y lo privado, lo sagrado y lo profano, tan marcada en la arquitectura occidental, se desdibujaba.
En efecto, la vivienda contenía un sabil: un aljibe cuya agua potable se distribuía públicamente. La casa atendía gratuitamente a las necesidades en agua de beber de la vecindad, que se servía en vasos de metal dispuestos en un alféizar exterior, unidos por una cadena al interior de la vivienda, a disposición quien necesitara beber.
El ofrecimiento de agua al sediento se completaba con educación a quien no supiera. Los sabil solían ser construcciones aisladas, insertadas en mezquitas y excepcionalmente en viviendas privadas. Se acompañaban de un kuttab, instalado al lado del aljibe o, más habitualmente, como en este caso, sobre el sabil. Se trataba de una sala de estudio en la que se impartían lecciones sagradas, sobre tal Corán, para los niños.
La vivienda propiamente dicha, extendida en varios pisos en dos edificios, comprendía áreas domésticas para el invierno y el verano, en función de la orientación, y para hombres que no formarán parte del clan familiar y para mujeres.
La luz se tamizaba con un complejo entramado de celosías de madera o mashrabiyas. Este útil, que permitía la ventilación pero impedía que el sol entrada directamente en la vivienda, recibe un nombre (en francés moucharabieh) derivado del verbo yashrab, que significa beber. En efecto, las celosías estaban asociadas al agua. Sobre la repisa de la ventana se disponía un búcaro de agua potable fresca. La brisa que se filtraba a través de la celosía se humedecía contribuyendo al eficaz control ambiental que las mashrqbiyas y las fuentes de metal llenas de agua brindaban.
El conjunto, un prodigiosos laberinto de escaleras, pasadizos, estancias en varios niveles como los iwanes persas, atajos secretos escondidos detrás de muebles empotrados, salas abiertas a salas que solo se descubren desde un determinado lugar, y puntos de observación detrás de oscuras celosías desde los que se controlaba la actividad en el piso inferior, fue alquilado en 1935 y restaurado por un médico jubilado del ejército británico en un tiempo en que Egipto fue una colonia del imperio de los monarcas ingleses para disponer su colección de antigüedades orientales - desde piezas arqueológicas y tejidos coptos hasta miniaturas persas y muebles incrustados-, aunque dicho médico, el colonel Gayer Anderson, vivió también en este museo -mientras su esposa se mantuvo en otra vivienda en la capital egipcia.
A la muerte de Anderson, la casa y las colecciones pasaron en manos del gobierno egipcio.
Hoy, ambas casas, las colecciones y el jardín constituyen unos de los museos más hermosos del mundo, un pequeño y grande a la vez museo de las civilizaciones orientales -según la denominación que imperó hasta hace poco.


























































