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lunes, 29 de junio de 2026

(El médium es el mensaje). RUDOLF STEINER (1861-1925): GOETHEANUM (BASILEA, 1925)
















































 

Fotos: Tocho, Basilea, junio de 2026


Rudolf Steiner fue un ocultista o un espiritista austro-húngaro de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, originario de lo hoy es Croacia. Filósofo y místico, su influencia fue decisiva en el naciente arte abstracto de principios del siglo XX, sobre todo en Kandinsky, Mondrian y especialmente en su seguidora más entregada -aunque acabó por romper con Steiner-, la pintora de arte místico Hilma auf Klint , hoy considerada como la primera artista abstracta.

Steiner sostenía que en el ser humano confluye, como sostenía la cultura faraónica, entre otras, el cuerpo y el espíritu,  que el ser humano, todo ser humano, mediaba entre los mundos visible e invisible. Ninguna caída o el mal no impedía que el hombre fuera una divinidad en la tierra, si los espíritus le alentaban y le desvelaban el camino, claves que los artistas, como médiums, podrían plasmar.

El arte no cumplía una función placentera, sino iluminadora. En la obra de arte la voz del más allá se volvía comprensible. Los espíritus se ponen en contracto con quienes pueden prestarles atención a través de las huellas trazadas en el lienzo, y con toda su plenitud, en la arquitectura.

Los proyectos nacían de las voces del mundo sobrenatural, y los volúmenes recreaban dicho mundo que solo se alcanzaba a descubrir y recorrer a través de marcas, indicaciones y voces plasmadas en cuadros y determinadas construcciones.

El Goetheanum, dedicado al poeta que unió ciencia y arte, es una obra maestra expresionista, moldeada en hormigón, proyectada al dictado de los espíritus -un proyecto que sucedió a una construcción de madera que se incendió-, por quien no había estudiado las artes edilicias, sino las que le permitían descifrar las voces del más allá. 

Steiner no era arquitecto. Había estudiado filosofía, teología (que sostenía que la divinidad era el sumo arquitecto del mundo) y matemáticas. Quizá por eso proyectó y construyó una extraña obra maestra en hormigón armado que parece haber sido esculpida en la roca por el tiempo. 

El edificio, aún un centro de estudio espiritista, dibuja un lento recorrido ascendente desde las entrañas del mundo hasta la sala que rememora el empíreo, un ascenso con estaciones que invitan a ir abriendo puertas hasta la revelación final, cuando la grisura del hormigón estalla en los fuegos deslumbrante de todos los colores que Goethe estudiara.

El ascenso al Goetheanum es dificultoso. El edificio se ubica en lo alto de una esplanada, rodeado de edificios similares de menor tamaño, que albergan bibliotecas y museos que preparan al fiel al encuentro con la luz y con las voces encapsuladas en un edificio que evoca a la vez un cráneo, el primer ser humano, el centro del mundo en el que confluyen todos los saberes del mundo, y una montaña sagrada, la montaña mágica que alberga el conciliábulo de los espíritus que se dirigen a quienes quieren y pueden prestarles atención.  


Agradecimientos a Giuseppe Acconcia por la visita y las explicaciones cuando el centro estaba cerrado.

lunes, 6 de abril de 2026

El arquitecto en casa

 







Hace años, a principios del siglo XXI, el Colegio de Arquitectos de Barcelona organizó una exposición sobre la imagen de la arquitectura en la llamada prensa del corazón o prensa rosa: fotografías casi siempre de interiores, acompañadas de vistas del exterior,  en las que los propietarios, debidamente trajeados para la ocasión, exhibían, con todo lujo de detalles, sus moradas, desvelando orgullosamente sus gustos, y sus trofeos.

Este tipo de imágenes no se suelen dar entre músicos, pintores y escultores y escritores. Se suelen fotografíar estudios de artista, y se percibe el despacho de un escritor cuando, con motivo de una entrevista, se le retrata en su lugar de trabajo.  El hogar, por el contrario, el espacio doméstico no suele mostrarse -salvo en casos como el de Picasso para quien todo el espacio de la casa (la mansión) era un estudio. 

En la primera mitad del siglo XX, arquitectos como Le Corbusier, conocedores del poder de la prensa, y de los beneficios económicos que aportaba, abrieron las puertas de sus casas, y ya no solo de sus estudios. Las casas eran el vivo resultado de lo que tramaban en los talleres, la materialización de sus proyectos. 

Desde entonces, arquitectos gustan de desplegar imágenes de sus propias casas. Dichas imágenes constituyen casi un género fotográfico: la casa del arquitecto con el arquitecto en el centro. Arquitecto o arquitecta.

 La casa, el espacio privado, íntimo, deviene un escaparate, un espacio público; un escenario teatral donde el arquitecto se muestra rodeado de su creación. Todas las estancias son fotografiadas con todo detalle, y se enumeran cada uno de los bienes creados o adquiridos; denotan el buen gusto del autor -y su poder económico, lo que inspira confianza en el posible cliente . Cada cosa está en su sitio -incluso algunos complementos pueden haber sido dispuestos para la fotografía-, y la casa posa, junto a su artífice. Una imagen de perfección, sabiduría y buen gusto, una imagen modélica, tentadora a la vez que inalcanzable, que se ofrece como ejemplo, pero es a la vez exclusiva. Nada está dejado al azar. El interior tiene que sorprender -no puede ser vulgar, anodino, semejante a cualquier entorno casero-, pero a la vez tiene que ser previsible, es decir, contener todo lo que se espera escoja y posea un arquitecto, sobre todo si es una obra suya. Así los sillones, los sofás, las otomanas, los útiles de cocina, no son enseres anónimos. Tampoco requieren ningún pie de foto. Son reconocibles. Su elección y su disposición  no son casuales. Los objetos nos representan. Son los emblemas que nos identifican, que proclaman lo que somos y lo que podemos hacer. Son los blasones o escudos actuales. Somos lo que poseemos. Nos proyectamos en lo que construimos y adquirimos. La imagen ofrece así, “proyecta”, comunica, una cuidada visión armónica, transmite confianza en la capacidad y el poder del arquitecto. Revela buena mano. Gusto no adocenado, y enuncia que se puede tener confianza en sus ideas y sus logros. Escogiéndole, uno podrá entrar a formar parte de su círculo, exclusivo, sin cometer ninguna falta de gusto. 

El arquitecto cumple así dos funciones antagónicas. Se muestra no como un profesional, sino como un vecino cualquiera, retirado en su casa, descansado, apartado, en su espacio y en sus horas de ocio, y a la vez, como un arquitecto que proclama sus habilidades, su saber estar y hacer. Lo público y lo privado se conjugan en la imagen del arquitecto en su casa, que hace ver que no trabaja, relajado, absorto, tranquilo -sonriente, sentado o no, pero sin nada en manos que denote su actividad profesional. Tan exitoso es que puede dedicarse un tiempo al dolce farniente. La imagen de un arquitecto abrumado, desbordado por el trabajo  -lo que denota falta de previsión y una deficiente organización, cuando no la imposibilidad de disponer de ayudantes eficientes que solventan los trabajos ideados por el maestro-, no es “glamurosa” y no destila confianza, como si el arquitecto no tuviera los medios y los conocimientos suficientes para que los proyectos “anden” por sí mismos: el arquitecto tiene que excusar charme y nonchalance,  que no es lo mismo que desinterés o hastío. Savoir faire, savoir vivre. Mas, la imagen es, en verdad, la de un vendedor al acecho, vestido para la ocasión, a la espera de un cliente, con la confianza en el poder publicitario de la imagen. La mirada hacia la cámara así lo denota. Los ojos del arquitecto taladran a quien contempla la fotografía. Así serás si me contratas, aunque nunca llegarás a ser lo que soy..

Los arquitectos somos grandes actores. Desplegamos aura. Por eso, los dioses siempre han sido arquitectos. Requiescat in pace.